“No hay una vacuna mágica contra la extrema derecha, pero la clave está en no aceptar su discurso de odio y en mantener estructuras organizadas y colectivas que den respuestas reales a los problemas de la gente”. Con esta frase, José Manuel Zapico, secretario general de CCOO en Asturias, resume uno de los factores clave que, según su análisis, han convertido a las cuencas mineras asturianas en un contraejemplo dentro del panorama europeo. Mientras en antiguos bastiones de la izquierda obrera, como el Ruhr en Alemania o el cinturón rojo parisino, la extrema derecha ha logrado capitalizar el descontento social, en las cuencas asturianas la resistencia sigue siendo firme y la presencia de Vox en estas comarcas es por ahora residual.
El caso alemán es ilustrativo y el que está más de actualidad: en las últimas elecciones el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) ha desplazado al Partido Socialdemócrata (SPD) en muchas zonas de tradición obrera. En el este del país, en la antigua RDA, el panorama es aún más drástico. Allí, casi todo el territorio se ha teñido de azul ultraderechista, con AfD convirtiéndose en la primera fuerza en muchas regiones desindustrializadas, deprimidas económicamente y no siempre con un número destacable de inmigrantes, a pesar de ser una de los temas con las que la ultraderecha ha convertido en campo de batalla, de claros tintes xenófobos, para conseguir votos.
Sin embargo, en Asturias todo este fenómeno no ha calado, a pesar de haber atravesado décadas de reconversión industrial, cierre de minas y un éxodo juvenil significativo. ¿Por qué la extrema derecha no ha logrado asentarse en las cuencas como lo ha hecho en otras regiones obreras en declive de Europa?
El papel clave de la organización territorial
Para José Manuel Zapico, secretario general de CCOO en Asturias, una de las razones fundamentales es la presencia de una estructura organizativa fuerte a nivel local. “La izquierda transformadora en Asturias no solo ha canalizado el desgaste del PSOE, sino que sigue contando con una base social bien organizada en términos sindicales, vecinales y de movimientos locales”, señala. Esta red de organizaciones permite que el descontento social se convierta en una búsqueda de soluciones colectivas en lugar de derivar en discursos de odio y fragmentación social.

Este argumento se refuerza con la experiencia reciente en Sotrondio, donde Vox intentó utilizar la inmigración como herramienta política para ganar apoyos. La respuesta fue contundente: más de 200 personas se manifestaron en rechazo a sus propuestas, mientras que el partido apenas logró convocar a 16 seguidores. “Los derechos humanos son el antídoto contra el fascismo”, rezaba una pancarta en la concentración, reflejando un sentimiento compartido en la región.
Laura Cruz: “La desindustrialización en Asturias, aunque profunda, no ha sido tan devastadora como en algunas otras zonas de Europa”
Rubén Vega, historiador en la Universidad de Oviedo, cree que “el papel de los sindicatos, que fue fundamental hasta hace poco, se ha debilitado considerablemente”, sin embargo, “hay algunos indicios que sugieren que la identidad de clase aún persiste.” Vega pone de ejemplo al feminismo que, en su opinión, ha adquirido un protagonismo en la escena asturiana que no se había visto antes: “En los últimos dos 8 de marzo, se celebraron manifestaciones por primera vez en Mieres y Langreo, en lugar de en Gijón o Oviedo, como era tradicional. Y lo interesante es que, aunque el feminismo es un movimiento social diferente, ha adoptado eslóganes obreros, como Compañera Anita, gracias por dar tira o A golpe de tacón, danto tira, lo que demuestra que sigue conectando con esa memoria obrerista. Aunque tiene una agenda diferente, no reniega de esa tradición. Este tipo de iniciativas son señales de que algo de esa identidad de clase sigue vigente.”

La periodista vallisoletana Laura Cruz, excorresponsal de El Economista en Alemania, y nieta y bisnieta de abuelos mineros en Pola de Lena, cree que es difícil comparar la situación de esas zonas obreras alemanas con las cuencas mineras: “La desindustrialización en Asturias, aunque profunda, no ha sido tan devastadora como en algunas otras zonas de Europa. A pesar de los enormes retos económicos, la cuenca minera ha mantenido una red de apoyo social y solidario que sigue funcionando, lo que ha impedido que el malestar social se canalice hacia la extrema derecha. En cambio, en muchas partes del Ruhr y el este de Alemania, la pérdida de empleo ha ido acompañada de una desintegración del tejido social, lo que ha facilitado el ascenso de movimientos ultraderechistas.” “Aunque las cuencas han sufrido los efectos de la desindustrialización, las tradiciones de solidaridad y comunidad siguen vigentes”, incide Laura Cruz.
Una clase obrera desamparada
En su obra “Regreso a Reims” el sociólogo Didier Eribon desarrolla un análisis profundo sobre el desplazamiento político de la clase obrera de Francia tomando como punto de partida su propia experiencia familiar. En su juventud, su familia y el entorno en el que creció se identificaban con el Partido Comunista Francés (PCF). Sin embargo, a lo largo de los años, Eribon observa cómo esa identificación con la izquierda tradicional se desvanece y, en muchos casos, se transforma en un apoyo creciente a la extrema derecha.
Uno de los principales argumentos de Eribon, cuya lectura recomienda Vega, es que este giro político no se debe tanto a una conversión ideológica profunda de la clase obrera, sino a un proceso de abandono por parte de la izquierda tradicional. A medida que el Partido Comunista fue perdiendo fuerza y el Partido Socialista adoptó políticas más cercanas al neoliberalismo, la clase trabajadora dejó de sentirse representada. Las reformas económicas, la flexibilización del mercado laboral y las políticas de globalización fueron percibidas como traiciones a los intereses obreros, generando una sensación de desamparo.

Según Eribon, la izquierda pasó a enfocarse cada vez más en cuestiones de derechos individuales y en políticas identitarias, dejando de lado el discurso de clase que antes era su núcleo. Aunque reconoce que estas luchas son fundamentales, el autor, gay, biógrafo de Miche Foucault y autor de varios libros sobre género y sexualidad, señala que muchas veces las izquierdas se han desconectado de las preocupaciones materiales de los trabajadores, lo que ha generado un vacío que ha sido aprovechado por la extrema derecha.
“Los fondos mineros, aunque gestionados de forma desastrosa, garantizaron un nivel de renta y bienestar”
Rubén Vega cree un factor clave ha sido el dinero público que las reconversiones de la minería y de la industria trajeron a Asturias, particularmente a las cuencas: “Los fondos mineros, aunque gestionados de forma desastrosa, garantizaron un nivel de renta y bienestar que permitió a una generación de hijos de trabajadores industriales acceder a la universidad. Esta oportunidad no existió para sus padres y abuelos. De hecho, esa generación se ha dedicado a crear una cultura y una creación artística muy rica y fértil, que está directamente conectada con la memoria de ser hijos de la clase obrera. La música, el cine, la literatura y las artes plásticas en Asturias reflejan esta conexión con la tradición obrera, con una calidad relevante.”
El factor migratorio y la memoria obrera
Didier Eribon cuenta que a través de un discurso nacionalista y antiinmigración, el partido de Le Pen ofreció una explicación simple y efectiva a los problemas económicos de la clase trabajadora: en vez de señalar las políticas neoliberales como responsables de la precarización laboral, se culpó a los inmigrantes y a la globalización. De esta manera, el Frente Nacional logró transformar la frustración social en un resentimiento dirigido hacia los extranjeros y la élite política tradicional.

La inmigración en las cuencas mineras en cambio no ha sido un fenómeno significativo, si bien los recientes datos de Alemania concluyen que la ultraderecha también ha crecido en zonas en declives que atraen a muy pocos extranjeros.
Laura Cruz afirma que “en el Ruhr, por ejemplo, hay mucha preocupación por la inmigración, no solo de trabajadores no cualificados, sino también de profesionales altamente cualificados de otros países, como Malasia, que vienen a trabajar en empresas como Bayer” por lo que “esta sensación de competencia por empleos de calidad genera resentimiento, especialmente cuando las fábricas tradicionales están en crisis y los despidos aumentan.”

Pero la falta de un fenómeno de inmigración masiva no es la única razón. Asturias cuenta con una memoria histórica profundamente arraigada en la lucha obrera. Como apunta Vega, “aunque la identidad de clase se ha diluido en muchas partes de Europa, en las cuencas mineras asturianas aún pervive en la cultura, la música, la literatura y la acción social”.
En Alemania, el pasado obrero del Ruhr no ha sido suficiente para frenar el avance de AfD, lo que evidencia la importancia del mantenimiento de redes sociales activas y organizadas, algo en lo que incide varias veces José Manuel Zapico: “Vivimos en tiempos de incertidumbre y no existe una solución mágica ni una vacuna que garantice que la ultraderecha no avance. Pero una de las cosas que hay que hacer es no aceptar el discurso de agravio hacia los inmigrantes, las mujeres o los colectivos LGTBI, ya que es en esos discursos donde la ultraderecha encuentra terreno fértil para crecer. Pero también debemos analizar el contexto de desigualdad, las bajas tasas de actividad y los altos niveles de desempleo porque es en ese marco de precariedad y destrucción del empleo de calidad donde la ultraderecha encuentra siempre su oportunidad.”

De hecho, Eribon, en su análisis criticaba la actitud de ciertos sectores progresistas que miran con desprecio o condescendencia a los votantes de la extrema derecha, considerándolos simplemente racistas o ignorantes. Para él, este enfoque es erróneo porque ignora las causas estructurales del problema. Para el sociólogo, en lugar de condenar a estos votantes, se debería analizar por qué han sentido la necesidad de refugiarse en un discurso de extrema derecha y, más importante aún, cómo la izquierda podría recuperar su confianza.
¿Se mantendrá la resistencia ante al ultraderecha?
Laura Cruz resalta que la diferencia entre Asturias y el Ruhr radica en la estructura social y la relación con la inmigración. “En Alemania, la inseguridad económica ha sido canalizada a través del miedo a la inmigración, incluso en regiones como Sajonia, donde hay pocos inmigrantes”, señala. En Asturias, en cambio, insiste en que “la comunidad obrera sigue viendo la solidaridad como un valor esencial”.
En un panorama general de crisis de la izquierda y con la llegada de la ultraderecha, esta adopta algunos elementos del viejo discurso de la izquierda, opina Rubén Vega, “apelando a los trabajadores, pero añadiendo una dimensión nacionalista: ‘vosotros, los auténticos franceses, los auténticos españoles o lo que sea, os estáis viendo perjudicados por la llegada de inmigrantes’. Este tipo de mensaje crea una identidad nacional excluyente que sustituye el viejo orgullo de clase.” Para él esto también explica el ascenso del trumpismo en EE. UU.: “Zonas muy deprimidas, con una situación social crítica, se ven compensadas por la sensación de que los auténticos americanos son los trabajadores blancos, y que sus enemigos son las mujeres, las personas de color, los nativos americanos, los inmigrantes ilegales y los refugiados.”

Vega subraya que nada de esto está sucediendo en las cuencas asturianas, “pero no se puede hacer un análisis pensando que esto es algo que puede durar sin más, no se sabe cómo va a evolucionar, ni siquiera a corto plazo porque esto es una foto fija”. Cree que aunque “la cuenca está “relativamente vacunada” contra ciertos fenómenos, no se puede cantar victoria porque, en realidad, ninguna zona está inmunizada contra este tipo de ideologías.” El historiador advierte que “la solidaridad de clase puede ser suficiente por ahora, pero la falta de movimiento obrero y la situación de crisis económica podrían hacer cambiar las cosas.” Tiene claro que “si se diluye la conciencia de clase, quienes se sienten desamparados pueden echarse en brazos de una conciencia nacional exacerbada.” Y no solo eso: “Si antes el adversario era la patronal, ahora, con el ascenso de la extrema derecha los enemigos pueden ser el inmigrante y los políticos de toda la vida. Ese el discurso que le compran a la ultradercha.”
“Es difícil predecir el futuro”, dice Laura Cruz, “pero está claro que la cuenca minera asturiana sigue siendo muy resistente.” Para ella, “la conciencia de clase y la memoria histórica es algo que está muy arraigado”, no obstante, también opina que “eso no significa que las cosas no puedan cambiar”, ya que “si el desempleo aumenta de forma significativa, o si las políticas públicas no logran adaptarse a los nuevos retos, la situación podría llegar ser algo que ahora nos parece impensable, como ha sucedido en otras partes de Europa.”

José Manuel Zapico concluye poniendo en valor el “dique” que supone la mentalidad de la cuenca en relación al fenómeno ultraderechista. Tiene claro que “quienes se oponen al aumento del salario mínimo, a la subida de pensiones o a la reforma laboral que recupera derechos en el territorio, no lo van a tener tan fácil para avanzar mientras exista este tejido social tan sólido y organizado que existe en las cuencas.”
Para Eribon, el desafío de la izquierda contemporánea es reconstruir un discurso que vuelva a conectar con las preocupaciones materiales de la clase trabajadora, en lugar de limitarse a criticar el ascenso del populismo de derecha sin ofrecer respuestas concretas. En la cuenca minera asturiana parece que esa conexión sigue viva y la resistencia es palpable. Sin embargo, será el tiempo quien determine si las bases que hoy sostienen esta resistencia son suficientes para seguir enfrentando los desafíos que plantea el ascenso de la ultraderecha en todo el mundo.



























