El lago Pergusa, en la Sicilia central, parece que surge de la nada. No hay ríos cerca, se alimenta de la lluvia y de corrientes subterráneas. A orillas de este lago estaba jugando Perséfone, según se cuenta en una de las versiones del mito, cuando Hades, emergiendo de las profundidades, la raptó. En medio de estas aguas sombrías se supone que se abría uno de los pasajes al mundo del Más Allá, y de ahí llegó Hades conduciendo su carro para espanto de la joven.
Cuando Perséfone fue raptada, el dolor de su madre Deméter fue tan fuerte que provocó que las cosechas se agostaran, que nada brotara de la tierra, que los árboles perdieran sus hojas. Su cólera fue tan violenta que Deméter consiguió de Zeus, el soberano de todos los dioses, algo nada habitual: doblar su brazo y recuperar a su hija, aunque solo fuera durante una pequeña parte del año. Gracias al amor y a la ira de su madre, Perséfone regresa unos meses cada año trayendo consigo la primavera.

Faltan pocos días para este regreso y, cuando llegue, la primavera se encontrará con que Benjamín Netanyahu ha decidido cortar el suministro eléctrico en la Franja de Gaza, lo que significa no solo la falta de luz (qué otra cosa esperar de una bestia tenebrosa), sino de agua potable (qué otra cosa esperar de un genocida). Se encontrará también con que en los EE. UU. un gobierno fuera de control retira la financiación a una universidad porque sus estudiantes se manifiestan contra el genocidio en Palestina. Qué grado de brutalidad hay que haber alcanzado para que no se censure un genocidio sino la protesta contra el genocidio. Se encontrará con periódicos y televisiones que llaman “antisemitismo” a denunciar un nuevo holocausto, esta vez perpetrado por el estado de Israel. Se encontrará con un ejército infanticida y torturador al que Europa sigue armando y contra el que no permite reproches.
Esta Europa, que lleva el nombre de otra víctima de rapto, se dispone a invertir 800.000 millones de euros en defensa
Esta Europa, que lleva el nombre de otra víctima de rapto, como Perséfone, pero ahora mismo peor parada que ella, se dispone a invertir 800.000 millones de euros en defensa. Es una cantidad considerable para que alguien que se dedica a traducir a Esquilo y a mirar al cielo a ver qué aves van y vienen consiga hacerse siquiera una mínima idea de lo que esto significa. Me hago solo dos preguntas: la primera es de quién o de qué se supone que tenemos que defendernos y la segunda, que depende de la primera, es si invertir en defensa significa necesariamente invertir en armas. Esos millones, ¿son para defendernos de las brutalidades de las que acabo de hablar, de Netanyahu, de Trump, de Musk?, ¿o de otras que podría recordar, de Milei, de Meloni, de Ayuso? Estaría muy bien, pero lo dudo, y, si así fuera, no son armas lo que necesitamos, sino una cólera como la de Deméter, una protesta cósmica, una primavera que haga brotar de nuevo la decencia.

Cada pequeño gesto cuenta. Cuando Hades se llevó a Perséfone desde el lago Pergusa, viajó con ella hasta el sur de la isla, hasta Siracusa y allí, frente a la fuente de la ninfa Ciane, volvió a sumergirse bajo el agua y la tierra para llegar a su reino, el de los invisibles. Ciane trató de impedírselo, le reprochó que se llevara a Perséfone contra su voluntad y contra la de su madre, se le enfrentó abriendo sus brazos…, pero él era más fuerte, atravesó la entrada al Más Allá y Ciane quedó desolada y llorosa por no haber podido impedir el rapto, convertida poco a poco en la fuente que lleva su nombre. Ciane no era Deméter, pero se opuso como pudo a la brutalidad. Y de su valor quedan recuerdos: una fuente y un río con su nombre y una reserva natural en la que crecen plantas de papiro. De los cobardes no queda huella.
En Sicilia, además de la primavera, florecen también los templos a las dos diosas, Deméter y Perséfone. Uno de ellos se levantaba en la ciudad de Enna y en él había una estatua colosal de Deméter. Verres, gobernador romano de Sicilia en el año 74 a.C., corrupto ladrón de obras de arte, como no pudo llevársela consigo, como hizo con infinidad de piezas de enorme valor, tuvo que conformarse con arrancar la estatua de la Victoria que la diosa portaba en una de sus manos. Los saqueadores no tienen ojos para la belleza, sino para su valor en el mercado, por eso Verres pudo destrozar una estatua para llevarse al menos un pedazo. Las guerras siempre han sido y siguen siendo un saqueo, un reparto del botín. En la antigüedad eran, además, un medio de conseguir esclavos.
Ochocientos mil millones de euros me parecerían pocos si fueran para defendernos de los modernos mercaderes de esclavos, de los genocidas, de los saqueadores, de los especuladores. Pero como dudo que sean para eso, me encoleriza que Europa decida recibir la primavera con ese gasto obsceno en favor, no de Perséfone, sino de Ares, el dios “cambista de cadáveres”, como decía Esquilo, que a cada hogar enviaba de vuelta, no un hijo, sino una urna con cenizas.
Malditas sean las guerras y sus promotores, y larga vida a la cólera de Deméter.



























