Si no fuera porque los asuntos son de nuestra incumbencia, podría hasta ser divertido. Podría apetecer sentarse en un taburete a la fresca a ver cómo evoluciona nuestro tinglado público. Quizá esta batalla contra Sánchez sea la última. Si lo tumban, se acabó y, si no, cundirá la sensación de que no se le puede tumbar y se acabó también. Lo dicho, divertido si no estuvieran en juego nuestras cosas. Nos afectan tres guerras en aspectos tan sensibles como la energía y la comida. Una mutación del fascismo tiene el poder militar (EEUU e Israel) y económico del mundo. Su reino requiere el caos para afianzarse, pero el caos de los demás, la corte de Trump no es un pollo sin cabeza. Nuestro mundo está tronzado en nuestro ánimo, partido en cachos que no forman una figura, la mayoría de la gente siente extrañeza del sitio en el que está, aunque sea el mismo sitio de toda la vida. Cuesta poner el dedo en un mapa o un plano para señalar cuál podría ser nuestro lugar en el mundo. La ultraderecha predica un pasado falso por sesgado, pero reconocible en la memoria de la gente, donde las cosas estaban en su sitio. Asociando sus valores con ese pasado tuneado en el que teníamos un lugar en el mundo y culpando a los valores democráticos del extravío que nos llevó a la intemperie, consiguen dar autoestima y calor a la gente. La batalla por recuperar lo que fuimos siempre anima más que la batalla por conseguir lo que nunca tuvimos. Así el caos de la mayoría fortalece el orden propicio para la minoría.
Los matones viven más de la intimidación que del combate. Hacerles frente no es solo el rollito retórico ese de vivir de pie o morir de rodillas y eslóganes de autoayuda similares. Es una cuestión táctica. Trasladar a los matones que no nos quitarán más libertades y dinero que el que nos ganen en combate, aunque nos ganen en combate, limita los daños. Hablo de algo que tiene mucho recorrido histórico: resistencia.
La Iglesia siempre ofende el doble diciendo la misma infamia que otros
Libertades y dinero, dije. Trump no está preocupado por nuestra seguridad ni por la suya. Quiere que gastemos en armas el dinero con el que ahora protegemos a nuestros ancianos, financiamos nuestra red educativa y mantenemos nuestro sistema sanitario. Trump quiere pasta. Cerca del 65% del gasto de la UE en armas es importación de EEUU. Trump coge por la solapa a la UE como un macarra y le dice que le dé la pasta. La deuda pública de EEUU anda por el 120% del PIB del país. Es una deuda descomunal. Cuando se emite deuda, después hay que pagar a quienes invirtieron en ella. Estamos en fechas de pagos, porque vencen los plazos. Así que Trump quiere pasta, tiene misiles, tiene la fuerza y quiere pasta. Quiere que los demás financien su deuda pública. Los economistas vienen diciendo con énfasis que la balanza comercial, es decir, la relación entre lo que ganas exportando y lo que gastas importando, no tiene por qué afectar directamente a la deuda, pero en la corte de Trump están convencidos de que sí. Así empezó a dar patadas a todo con sus aranceles. Quiere que los demás financien su deuda. Y ahora quiere que la UE le dé un montón de dinero por armas, cuando la amenaza más directa es él. Siempre se libran más batallas cuando no hay batalla. Si, mientras el macarra le da capones con los nudillos riéndose de él, Mark Rutte le lame el culo largando que Europa va a pagar «a lo grande», la pandilla del quinqui se troncha de risa y no parará de dar rodillazos a la UE para quitarle cosas. Si no hay batalla, el bravucón te reta a más batallas. La resistencia a EEUU e Israel es imperativa porque se supone que estamos en el mismo bando. Aguantar empellones de Rusia es una cosa, pero cuando te acosan desde dentro, la cobardía y la falta de entereza te encogen y te van deshumanizando. Es, a otra escala, el mecanismo de una mujer maltratada a la que se lleva al infierno en un proceso eficiente que le va quitando jirones de humanidad hasta que no quede materia humana que pueda reaccionar. Cada asesinato de Israel que no repudie la UE con boicoteos, presiones y exclusiones es una bofetada que la UE aguanta en silencio, hasta llegar a foros internacionales con la cara llena de moratones diciendo que se cayó por la escalera. La UE tiene que llamar fascismo al fascismo y crimen al crimen, porque estamos en su bando y no hacerlo nos va aplastando la autoestima y las libertades. Y la pasta.

Sánchez sabe que hay elegir bien a los enemigos. Sabe que él vale más por lo que evita que por lo que hace. Jueces desvergonzados, una oposición estridente con odio enfermo en vez de propuestas, unos medios hostiles que parecen uñas chirriantes arañando un cristal, una Iglesia oscura acechante: son enemigos que ennoblecen aquello a lo que atacan. Sánchez lavaba su figura con la indignidad de sus enemigos. Pero llegó la corrupción. Solo podemos sentir que se ataca la corrupción cuando sucede algo que nunca sucede: que hubiera sido el propio Sánchez quien hubiera desvelado el tinglado de Cerdán y que hubiera sido él quien nos hiciera saber que había una trama delincuente en las tripas de su partido. Eso sería un aviso a los corruptos más contundente que una cabeza de caballo entre las sábanas. Pero eso nunca ocurre, nunca es el perjudicado el que desvela el pastel y por eso seguirán pasando estas cosas. Es chistosa la desvergüenza del PP fingiendo repulsa, con los costales de mierda que lleva encima. Parecía una viñeta cómica Madina reclamando un PSOE limpio, con Felipe González al lado apadrinando. Por si alguien no había entendido el chiste, luego González anunció su cambio de voto por la corrupción de la amnistía y por cómo se llevó la corrupción del trío lalalá; él, que presidió gobiernos que asesinaron, que robaron y que indultaron a personajes oscuros. ¿Recuerdan sus amigos, Craxi, Carlos Andrés Pérez, Alán García, Ménem, Pinochet? La corrupción es un líquido tóxico que borra lo demás y Sánchez se tambaleó, se tambalea. Pero volvió a acertar con el enemigo. Salió en portada en el New York Times la amenaza directa de Trump a España (no a Sánchez). Eso deja mudos a sus seguidores de aquí y tartamudo al PP, porque no mola que insulten a tu país. Sánchez singularizó su imagen internacional a partir de valores muy sentidos: límite a las armas y la guerra, servicios públicos y derechos sociales. Meloni, descolocada, se esfuerza en decir que firmó el mismo papel que Sánchez. Ya veremos cuánto dinero nos depreda el macarra, ya veremos lo que realmente hace Sánchez. Pero el hecho puramente político del momento es que se enfrentó y enfadó al insufrible Trump defendiendo valores aceptados. Aunque sea una actuación, la mera interpretación de un acto de resistencia es resistencia. Y es obvio que logró que las noticias sobre la sordidez de la corrupción suenen más mates.
La sobreactuación contra la amnistía suena a mala leche. Cataluña se normaliza. Pero algún día habrá que explicar por qué no está aquí Puigdemont. No está escondido en selvas de Tanzania. Anda a sus anchas por Europa, por países muy relacionados con el nuestro y con códigos penales parecidos. Simplemente no reconocen los delitos por los que se le reclama. Los cargos catalanes cometieron delitos graves, pero no esos con los que Marchena quiso hacerse el soldadito, algún día habrá que explicarlo. ¿Y qué dirá la Iglesia de gastarse el dinero en armas y de que un quinqui deslenguado amenace a España, tan locuaz que fue su eminencia para ir a actos de Vox y repetir su arenga de adelanto electoral? La Iglesia siempre ofende el doble diciendo la misma infamia que otros. Siempre habla como pastor orientando la fe por encima de contingencias. Por eso, en sus intereses inconfesables hay siempre una molesta capa de hipocresía añadida. La Iglesia nos cuesta un pico cada año, pero dicen que ahorran al estado mucho más de lo que cuesta. Pero no podemos ver las cuentas. Ni nosotros ni el Tribunal de Cuentas. Que nos publiquen una hoja Excel para taparnos la boca a los disconformes. Mientras tanto, permítasenos seguir señalándola como pozo insaciable de privilegios y como actor público singularmente hipócrita. Qué ameno sería este momento si no se estuviera traficando con los débiles, los derechos y las libertades.





























