Pedro Olalla es de Oviedo, vive en Atenas y contesta a este cuestionario desde algún lugar de Grecia. Quizás porque como los griegos a los que investiga y admira desde hace décadas él es sobre todo un gran “navegante” de este mundo que a veces le asombra, otras le apena y siempre, siempre le genera una curiosidad.
Olalla es uno de los participantes en el festival “Viña y obra” que se celebrará en Cangas del Narcea entre el 4 y el 6 de julio. El profesor y escritor hablará de “Las palabras del vino” el día 5 de julio a partir de las 12.30 horas en el Monasterio de Corias. No será como los “simposio” que organizaba cada martes en su casa de Atenas para discutir y beber vino (lo que significa literalmente “simposio”) pero se le parecerá bastante.
Dice el poeta Ángel González. “Para que yo me llame Ángel González,/ para que mi ser pese sobre el suelo,/ fue necesario un ancho espacio/ y un largo tiempo:/ hombres de todo mar y toda tierra,/ fértiles vientres de mujer, y cuerpos/ y más cuerpos, fundiéndose incesantes/ en otro cuerpo nuevo”. ¿Qué ha sido necesario para que un “guaje” de Oviedo –como lo fue también Ángel González– llegue a Atenas y se convierta en uno de los mayores expertos en Grecia?
Sin duda, para empezar, la misma dinámica humana que describe con asombro Ángel González (y, en mi caso, gente de tierras bien distintas: Asturias, Cataluña, Castilla, Cuba…); a partir de ahí, causas y azares como los que intervienen en las vidas de todos; y, finalmente, una larga serie de decisiones personales, pocas veces solemnes, inadvertidas casi siempre, arriesgadas sin que lo parezca, revalidadas en muchas ocasiones y determinantes a la larga. Sé que a la respuesta le falta concreción en el detalle, pero la dinámica que me ha traído a Grecia ha sido exactamente ésa. Y, en esas decisiones, siempre ha habido esfuerzo; tal vez, en ocasiones, también ha habido mérito.
Y un hombre como tú, que desde hace más de treinta años vive en la cuna de la democracia, ¿cómo vive estos tiempos que corren, donde, cada día, parece que se pone en duda, cuando no en peligro, el poder del pueblo?
Los vive con conciencia e impotencia: es decir, con dolor. Grecia es la “cuna de la democracia” porque acertó un día a definir ese ideal, a arbitrar instrumentos para ponerlo en práctica, y a mantenerlo vivo durante mucho tiempo frente a sus numerosos enemigos internos y externos. Pero la democracia, más que una herencia, es un desafío, algo que estamos aún muy lejos de alcanzar, porque prevalece el interés particular sobre el común, el poder económico sobre el poder político, el discurso dominante sobre la verdad, y la conveniencia sobre la justicia. Y la democracia, o es el intento de construir entre todos un sistema donde no consigan prosperar estas lacras, o no es nada. O aun puede ser algo peor: un cascarón vacío, el capcioso envoltorio de una falacia. Eso, precisamente, es lo que es hoy; en Grecia, en la Unión Europea, en Estados Unidos y en todos los lugares donde se la enarbola como bandera. La democracia es aún un desafío, y es dudoso que estemos dispuestos a aceptarlo.
Si la democracia está en duda, hay otra palabra –que, como casi todas, viene del griego– que parece ya directamente olvidada: empatía. Vemos imágenes de Palestina a diario, y la conmoción parece aminorarse?
Así es. Y Palestina, por desgracia, es sólo una pequeña parte: en estos momentos, hay cincuenta y seis conflictos activos en el mundo, que ni siquiera sabríamos nombrar. Una cuarta parte de la población mundial vive actualmente en zonas afectadas por la guerra, y ni siquera lo sabemos. ¿Dónde está la empatía? ¿En nuestra política de echar al fuego ochocientos mil millones más? Hay que despegar la vista del telediario de cada día y tomar perspectiva y conciencia de la imagen global. Debemos preguntarnos seriamente si es éste el mundo que queremos, y si nuestras políticas actuales van dirigidas a cambiarlo o sólo a perpetuarlo.
Eres un hombre de mundo… ¿Hay en Grecia, país en que resides, algo –no sé si denominarlo sensación o emoción, o tal vez algo que flote en el ambiente– que haga a esta nación distinta a las demás, precisamente por su historia y por ser el origen de tantas cosas buenas de las que disfruta la humanidad?
Lo hay en esa Grecia que ha cruzado la historia como una patria del espíritu. No es un territorio, no es un Estado, no es ni siquiera un pueblo: es un pequeño acervo de conquistas y actitudes que llevan, de algún modo, el sello de lo griego. Esa Grecia –llamémosla legado y actitud humanista– es una creación plural a la que han hecho aportes muchas individualidades; no ha sido nunca el fruto de un proyecto de Estado ni de un desideratum colectivo: ha sido, casi siempre, una actitud de resistencia frente a un entorno hostil y absolutista. Como hoy lo sigue siendo. Y esa Grecia está en Grecia, pero como lo está también en otras partes; sólo que Grecia la lleva sobre su conciencia, cernida como un ave inquietante, como una corona de orgullo y de oprobio a la vez. Esto confiere a Grecia –como país y como pueblo– una marcada singularidad, un rasgo positivo, pero incómodo.
Con esto del vino pasa como con muchas cosas, el Imperio Romano se lleva la fama pero en realidad es Grecia la que marca el ritmo. Hay una sentencia, del historiador Tucídides, que dice “los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger del barbarismo cuando aprendieron a cultivar olivos y vides”. ¿Confirmas?
Confirmo el hecho histórico de que la expansión de la cultura clásica estuvo unida a la expansión del vino. A Hispania le llega con Roma, como confirma Columela, que fundamentó su obra sobre la geoponía grecorromana. En el espacio griego, el vino comienza en las profundidades del neolítico, y fueron los griegos quienes crearon para él una divinidad e hicieron de él una cultura.
Tu participación en Viña y Obra es una charla que se titula: “Las palabras del vino”. Y es que la impronta griega en la lengua española, en general, y en el lenguaje que tiene que ver con el vino, en particular, está ahí aún hoy…
Por supuesto. Seguimos hablando y pensando con palabras y conceptos griegos, de una forma casi siempre inconsciente. Pero mi participación en Viña y obra no será una disertación lingüística, sino una charla abierta y amena sobre Grecia, tirando del hilo del vino. ¡O eso espero!
En 2025, y desde mucho antes, la palabra “simposio” suena a congreso, a reunión de expertos… Pero para los griegos era otra cosa, significaba literalmente “beber juntos”, un acto y un lugar donde conversar, debatir, conspirar o, simplemente, divertirse. ¿Deberíamos volver a ello?
Sin duda, debemos cultivar el diálogo en todas sus formas. El simposio no sería la menos grata, y educa en el dominio de uno mismo. Hace algunos años, yo organizaba uno todos los martes en mi casa de Atenas, con amigos de la comunidad diplomática, y creo que todos guardamos buen recuerdo de ello.
¿Qué relación tenían los poetas, historiadores y artistas griegos con el vino?
No es una pregunta rápida de responder, pero lo que sí podemos afirmar de forma rápida es que la cultura griega no sería la misma sin el vino.
Estamos en Cangas del Narcea, la zona de Asturias que más tradición vitícola tiene. ¿Hay algo que creas que tienen en común todos los lugares del mundo donde se hace vino?
No sé, aparte del clima y el tipo de suelo, quizá la conciencia de pertenecer, de algún modo, a esa tradición refinada y hedonista.
Viña y obra marida literatura y vino. ¿Hay algún libro que recomiendes leer con una copa en la mano?
Bueno, tal vez los versos de Anacreonte o Safo; pero yo, en realidad, prefiero leer con toda la atención de mis sentidos.
¿Y escribir?
–¡Más aún, escribir! El vino es mejor para conversar y compartir. Εὔγλωσσος οἶνος, decían los antiguos: el vino que suelta la lengua…
Recomiéndanos un vino griego y una comida.
A mí me gusta el Agiorgitiko y todo tipo de ensaladas, lo que me temo que resulte demasiado frugal para el gusto asturiano…





























