En el laberinto y sin Ariadna

Entre Teseo y Gaza, una denuncia del heroísmo impostor y la barbarie contemporánea.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

No todos los héroes griegos tienen un curriculum propio de lo que ahora consideraríamos un héroe, ya que esta palabra no significaba entonces lo mismo que ahora. Por eso, y porque existen muchas variantes de cada historia mítica, y porque cada una tenemos nuestras manías, a mí hay uno que me resulta especialmente antipático: Teseo. Entre sus “hazañas” está el haber raptado a Helena cuando era todavía una niña, pero ya brillaba como la más hermosa del mundo. Para ese rapto contó con la ayuda de su amigo Pirítoo, y luego se fueron los dos a raptar nada menos que a Perséfone al Hades. Esa vez la gamberrada no les salió bien y se quedaron atrapados en el infierno una buena temporada.

Pero Teseo es sobre todo el héroe que acabó con el Minotauro y yo, desde siempre, o al menos desde que leí “La casa de Asterión” de Borges, he sido del bando del pobre toro. Tampoco esta vez el “héroe” Teseo se enfrentó solo a la prueba. No lo ayudó ahora su amigo Pirítoo, sino Ariadna, que se enamoró tontamente de él, le entregó una espada y le facilitó un hilo de lana para que no se perdiera en el laberinto que era la casa del Minotauro. Acabada esta otra “hazaña”, durante el viaje de regreso a su tierra, se olvidó a Ariadna en la isla de Naxos (perdulario, que eres un perdulario, le diría a este medio héroe Chus Lampreave) y, además, se olvidó también de retirar las velas negras que llevaba su nave cuando partió de Atenas a Creta. Ese había sido el pacto con su padre Egeo, colocar velas blancas en el barco si regresaba con éxito de su empresa. El pobre padre, al ver desde las costas del Ática que la nave de su hijo volvía con velas negras, creyó que había muerto y se lanzó al mar al que entonces dio su nombre, Egeo. Perdularios todos estos hombres pese a contar con tanta ayuda desinteresada.

Matar a animales, o a seres híbridos, se supone que monstruosos, es una de las hazañas que suele aparecer en las vidas de los grandes héroes, y hasta de los pequeñitos como Teseo. Hay que decir también que, vayamos con quien vayamos (yo con el Minotauro siempre), suelen hacerlo en defensa propia. Matar animales por gusto, por deporte, por dinero, o por pura maldad, es estar más allá de la animalidad y, por desgracia, ese más allá nos rodea.

La ONG Euro-Med Human Rights Monitor denuncia que la práctica totalidad de la riqueza animal de Gaza ha sido fulminada por el ejército de Israel. La finalidad es la misma que la que persiguen arrasando con excavadoras las tierras de cultivo: asesinar por hambre a todos los palestinos, dejar inservible, inhabitable su tierra. Más de sesenta mil ovejas, quince mil vacas, diez mil cabras desde el 7 de octubre de 2023. También los burros que sirven para la reducidísima movilidad de la que disfrutan los palestinos en la Franja, esos burros con los que los hemos visto arrastrar sus escasas pertenencias cuando los sionistas de mierda los hacen ir de un lugar a otro, ordenando desalojar zona tras zona, esos con los que tratan de poner a salvo a los heridos, a los ancianos que no pueden ya caminar. Esos con los que conducen los cadáveres de sus seres queridos cuando se les permite recuperar sus cuerpos de entre los escombros.

No sólo eso. Esta misma ONG denuncia cómo, en ocasiones, el ejército israelí traslada el ganado, con el pretexto de rescatarlo del peligro, y lo envía a “refugios” en Francia y Bélgica. Lo que presentan como un acto noble es puro saqueo, puro reparto de botín. Quién se va a creer el más mínimo interés por el bienestar animal por parte de estos infraseres, estos genocidas que son la escoria de la humanidad. Saquean, roban, matan impunemente, eliminan todo rastro de vida animal y vegetal. Mientras tanto, nuestros gobiernos lo saben y son cómplices.

¿Cuántas veces habrá que repetir que van más de 60.000 asesinados por el ejército de Israel desde octubre del 2023, que se ejecuta deliberadamente, con disparos en el pecho y en la cabeza, a niñas y niños, que se tortura, se viola, se prende fuego a los refugios, se bombardean iglesias, se arrasan con excavadoras los cimientos de la casas, llevándose por delante al mismo tiempo a heridos y a cadáveres, que no se permite la entrada de medicinas, agua o alimentos, que se han destrozado sistemáticamente los hospitales y se ha asesinado a los sanitarios? Y todo esto lo sabemos y lo vemos a diario a pesar de las dificultades impuestas por el estado genocida de Israel a la prensa.

El periodista israelí Gideon Levy, columnista del diario Haaretz, denunció en un artículo del 3 de agosto la burla que supone reconocer un estado palestino “que no existe ni existirá en un futuro próximo, incluso nunca”. Es una vergüenza, una forma de hacer como que se hace algo, una alternativa engañosa a lo único efectivo y a lo que no se atreven los estados europeos: imponer sanciones. Europa no solo no detiene el infierno genocida, sino que se enriquece con él, pero, cuando pase el tiempo y todos quieran decir que hicieron lo que pudieron para evitar el genocidio, competirán para ver quién fue el primero que reconoció al estado de Palestina. Cobardes, colaboracionistas y sinvergüenzas, ese está siendo, en verdad, su único papel.

De Palestina no está quedando nada, ni rastro de familias enteras, ni edificios, ni tierras de cultivo, ni animales. Estamos dejando que el estado palestino sea pulverizado mientras decimos que vamos a reconocer su existencia. ¿Qué hacen, entre tanto, los soldados del ejército de Israel cuando están solos en el laberinto de su mente, con cada esquina llena de cadáveres como el palacio del Asterión borgiano?

¿Y qué son, al lado de la carnicería ejecutada en Palestina y que denuncia Euro-Med Human Rights Monitor los dieciocho toros que van a torturar y matar en Gijón, entre aplausos, dentro de unos días? Son mucho, porque hablamos de un incontable, que es la vida. No he ido nunca a ver cómo torturan y matan toros, pero si me aseguraran un espectáculo, no en una plaza al sol, sino en un laberinto, sin espada, sin hilo y sin Ariadna, quizá me abonaría.

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