Sam Peckinpah con Gonzalo Suárez en Llanes: la película que nunca fue

En 1970, Sam Peckinpah rompió sus billetes de avión, siguió a Gonzalo Suárez hasta Asturias y lo que pasó allí casi fue cine.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Gonzalo Suárez recibirá en 2026 el Goya de Honor. Y no es para menos. En un país donde las etiquetas son casi obligatorias, él ha hecho todo lo posible por esquivarlas: escritor, cineasta, cronista deportivo, actor, inventor de mundos, especialista en dobles identidades —las suyas y las de sus personajes, a menudo intercambiables—. Basta con repasar sus películas o sus novelas para notar esa querencia por los alias, los reflejos cruzados y los protagonistas que no siempre son quienes parecen ser. Director de títulos tan personales como Remando al viento, Epílogo o La Regenta, sigue siendo, por encima de todo, un creador libre. Y entre todas las historias que ha vivido —o soñado, que en su caso a veces es lo mismo— hay una que aún espera su lugar en la pantalla: la vez que Sam Peckinpah rompió unos billetes de avión y lo siguió hasta Asturias.

Sam Peckinpah con Gonzalo Suárez

Porque hay relatos que llegan con olor a leyenda y este empieza en San Sebastián, en 1970, en una edición del festival que se celebraba todavía bajo el tardofranquismo, cuando el certamen no había hecho del riesgo una costumbre y donde el decoro tal vez pesaba más que la osadía. Suárez presentaba Aoom, una película libre y extraña, rodada en las costas de Llanes, sobre un actor que se separa de su cuerpo. Según ha contado el propio Suárez en más de una ocasión, el jurado, presidido por Fritz Lang, reaccionó como si le hubieran servido sidra caliente. Pero entonces, cuando ya nadie daba un duro por la película, entró en escena Peckinpah.

Gonzalo Suárez de joven. Foto: Colita. Exposición COLITA. ARTE Y PARTE. Centro Niemeyer.

Director de Grupo salvaje —la película que en 1969 dinamitó el western clásico y lo convirtió en un retrato violento, desencantado y moderno, influyendo para siempre en el cine de acción, amante de la bronca y del whisky caro, Peckinpah se interesó por Aoom precisamente porque le advirtieron que era un desastre. Le picó la curiosidad. Y aunque tenía vuelo a Londres y fama de no despertarse antes de la una del mediodía sin una inyección intravenosa, aceptó verla a las diez de la mañana. Contra todo pronóstico, le entusiasmó. Tanto, que rompió los billetes. “Me voy contigo”, le dijo a Suárez. Y se fueron. ¿A dónde? A Llanes, claro.

La balada asturiana de Sam Peckinpah

Peckinpah llegó a Llanes y, en cuestión de horas, ya parecía llevar allí toda la vida, entre playas mitológicas y una luz cambiante que da para veinte películas. Allí, el estadounidense se empapó —literalmente— del paisaje. Pasó quince días recorriendo Llanes con Suárez y su mujer Hélène, entre paseos, alcohol y escenarios de Aoom. Pero había algo más que excentricidad etílica: el director de La balada de Cable Hogue (1970) tenía una sensibilidad feroz para los guiones y una intuición visual que desarmaba. En el salón del hotel Don Paco, su secretaria Susan leía en voz alta el guion de Perros de paja. Peckinpah, que no bajó al salón, escuchaba desde la planta de arriba, en silencio. Días después, sentados junto al ídolo de Peña Tú, una roca solitaria con grabados prehistóricos en medio del campo llanisco, leyeron también el primer tratamiento de Quiero la cabeza de Alfredo García. Entre una cosa y otra, comenzaron a intercambiar ideas y a tramar futuros compartidos: uno de ellos, Doble Dos, adaptación de una novela de Suárez, llegó incluso a interesar a Metro-Goldwyn-Mayer.

Y entonces, el giro de guion.

Fotograma de La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah.

Una noche, bajando de Peña Tú, Peckinpah tuvo uno de esos episodios autodestructivos que describen la personalidad contradictoria del personaje: insultó, zarandeó y trató de estrangular a su secretaria e intérprete. Suárez intervino. La protegió. Mientras Hélène y Susan bajaban en coche hacia el apartamento, él intentó calmar al director, que acabó de rodillas en un charco, hablando solo. Lo sacó de allí a duras penas, con la ropa empapada y la noche cerrándose encima. No había coches, ni luces, ni escapatoria. Y entonces, contra toda lógica, apareció un taxi. Suárez lo metió en el coche y lo sacó de aquella escena absurda, aunque solo fuera por unas horas.

Pero aún quedaba más.

Susan no se había marchado y, al verla en el hotel, Peckinpah volvió a lanzarse sobre ella. Suárez la defendió de nuevo. Entonces vino el ultimátum: “O se va ella o me voy yo”. Suárez no lo dudó: “Vete tú”.

Y Peckinpah se fue. Corte a negro.

Fotograma de Grupo Salvaje (1969), de Sam Peckimpah.

La resaca del mito

Nunca volvió a Asturias. Pero no fue el final. Se puede decir que hubo una coda. Se escribieron cartas y planes. Hubo reencuentros, alguno con nueva secretaria y viejas manías. La sombra de una colaboración siempre flotó, como si aún fuera posible rescatar de la memoria una película que jamás se rodó. Suárez lo contó con precisión casi onírica en dos de sus libros autobiográficos: El hombre que soñaba demasiado (2005) y La musa intrusa (2019). También lo narró con más detalle en una entrevista publicada en el libro Dos pasos en el tiempo (editado por el Principado de Asturias), y lo rememoró con sorna en encuentros como aquel del Café Pinín en Llanes, donde llegó a decir —según reflejó entonces la prensa local— que rodar en su tierra era como acostarse con su madre, “pero sin remordimientos.”

El episodio, desde luego, tiene todos los ingredientes de un film: un encuentro fortuito, un paisaje que actúa como personaje, el choque de dos genios, una dosis de alcohol peligrosa y un final abrupto. Un western astur sin disparos, pero con amenazas de estrangulamiento.

Fotograma de Quiero la cabeza de Alfredo García (1974), de Sam Peckimpah.

Con los ojos de hoy, cuesta no detenerse en lo que entonces quizás se ha despachado durante mucho tiempo con la etiqueta de “arrebato” o “carácter”. Lo que ocurrió aquella noche fue una agresión. No puede obviarse que la violencia ejercida por Peckinpah contra su secretaria —por más que Suárez interviniese para protegerla— forma parte también de esta historia. Y aunque no borra el legado de uno de los cineastas más influyentes del siglo XX, ignorarlo sería falsear el relato. A veces, hablar del mito sin mencionar lo terrible es como rodar una película mainstream sobre una realidad mucho más cruda… y más incómoda.

Y aun así, la pregunta sigue ahí, latiendo entre líneas ¿Y si hubieran hecho una película juntos? ¿Qué habría salido de ese cruce entre la violencia contenida de Grupo salvaje y la libertad formal de Aoom? Quizá un western metafísico. Quizá una rareza impensable. Quizá solo humo. Pero ahí quedó el eco. Suárez, el escritor que dirige. Peckinpah, el pistolero del cine. Y esa frase que dejó el americano en una nota mecanografiada antes de marcharse de Llanes: “Qué gran espejo tener tú”. Un adiós en un castellano torpe, imperfecto. Una despedida cifrada. O tal vez el título perfecto para ese filme invisible que nunca se rodó.

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