¿Responde igual una inteligencia artificial a una misma pregunta si se la hace una gijonesa joven, un paisano de aldea, un urbanita progresista o una señora jubilada de Oviedo? Esa fue la premisa de un experimento periodístico reciente, planteado desde esta misma redacción: observar cómo ChatGPT adapta sus respuestas según el perfil de quien pregunta.
Se elaboraron cinco perfiles ficticios de asturianos y asturianas, con diversidad de edad, género, origen y trayectoria. A cada uno se le asignó una breve presentación personal y una única pregunta para trasladar a la IA: “¿Cuál es el lugar más extraño de Asturias?”
Las respuestas que devolvió ChatGPT fueron reveladoras. Cambiaban no solo en contenido, sino también en tono, estilo y nivel de profundidad, como si cada interlocutor generara una versión distinta del mismo oráculo digital.
Este artículo no pretende ser un juicio sobre la tecnología. Es la crónica de un experimento veraniego que comienza como un juego y termina abriendo preguntas más profundas: sobre cómo nos perciben los algoritmos, cómo se reproduce lo cultural en el espacio digital, y qué nos dice todo esto sobre nosotros mismos.

El experimento
Los perfiles fueron diseñados con la intención de explorar contrastes. No forman una muestra estadística, ni lo pretenden. Son ficciones verosímiles, creadas para observar cómo varía la respuesta de la IA según el contexto identitario del interlocutor.
Cada uno se presentó en un hilo distinto. Esta fue la pregunta común: “¿Cuál es el lugar más extraño de Asturias?”
Los perfiles:
Iván (36 años, mecánico, Langreo). Vida sencilla y estable, custodia compartida de su hija, muy apegado a su entorno. Tiene un oficio que aprendió de joven y se define por su sentido práctico y la cercanía a los suyos.
Sara (34 años, técnica de igualdad, Mieres). Activista feminista con formación social, defensora de la política municipal y de la autoorganización. Vive con intensidad el trabajo comunitario y cree en no callarse.
Carla (42 años, hostelera, costa occidental). Lesbiana con pareja estable, de familia pescadora. Dueña de un bar. Carácter simpático pero sin tolerancia a las idioteces.
Teresa (68 años, jubilada, Oviedo). Ex-auxiliar de enfermería, vive sola, disfruta del senderismo y valora su autonomía. Dice que escucha mucho, pero también le gusta decir lo que piensa.
Marcos (28 años, camarero, Gijón). Gay, melancólico, venido del occidente asturiano. Amante del mar, de escribir en libretas que no enseña y con la sensación de que algún día se irá, pero aún no sabe a dónde.

Las respuestas
Las respuestas no solo variaron en el contenido, sino en la forma en que se ofrecieron. El tono, la empatía y hasta las referencias parecían moldearse según la identidad del interlocutor.
Iván, mecánico de Langreo con una vida sencilla y estable, recibió una respuesta directa, funcional y muy “de andar por casa”: la Cuevona de Cuevas, una carretera que atraviesa una cueva natural. Curioso, raro, pero accesible. La respuesta estaba cargada de descripción práctica, casi como si hablara a un vecino.
Sara, técnica de igualdad con activismo social en Mieres, obtuvo una respuesta mucho más simbólica: la mina submarina de Arnao, como espacio de memoria obrera, de olvido colectivo y territorio para pensar en la clase social. La IA interpretó su perfil político y social, y la respuesta se tiñó de contenido ideológico y patrimonial.
Carla, hostelera costera, lesbiana y con pareja estable, recibió una mezcla de rareza artística y rural: el Bosque de los Espejos, en el occidente. Arte contemporáneo en medio del monte. Se añadieron guiños a su procedencia costera y a su estilo de comunicación directa y sin rodeos.
Teresa, jubilada ovetense que disfruta del senderismo y la autonomía, obtuvo una respuesta detallada, suave y acompañada de opciones alternativas. También apareció la Cuevona, pero envuelta en una narrativa más pausada, casi turística. Se notó el intento de adaptar el tono a su edad y estilo de vida.
Marcos, camarero gay en Gijón, introspectivo y melancólico, recibió una respuesta elaborada, cargada de sensibilidad: el desfiladero de Las Xanas como lugar fuera del tiempo, con referencias a Tolkien, hadas, soledad y belleza rota. La IA pareció leer entre líneas una búsqueda más emocional que geográfica.
Más allá del lugar en sí, en cada caso el relato de la IA parecía responder a una expectativa implícita. A perfiles más politizados, la IA ofreció referencias con carga histórica o simbólica; a los más personales, les devolvió paisajes con carga emocional.

Lo que revela la entrevista a la IA
Tras recibir las cinco respuestas, se entrevistó directamente a ChatGPT. Las respuestas que ofreció la IA fueron igual de reveladoras:
Sí, adapta sus respuestas al perfil del usuario, si este proporciona edad, oficio o lugar. Cambia el tono, el nivel de detalle y el enfoque.
Sí, detecta y responde al tono emocional o personal. Si la presentación suena melancólica, la respuesta lo recoge. Si suena reivindicativa, también.
Sí, busca conectar con lo que cree que el usuario espera o valora. No lo hace por halagar, sino para hacer la respuesta más “relevante”.
Y sí: puede reforzar estereotipos. Aunque intenta evitarlos, la personalización puede caer en simplificaciones culturales o sociales.
Este punto es especialmente sensible: la IA puede asociar a perfiles rurales espacios tradicionales; o a perfiles mayores, un tono más suave y pedagógico. No es una decisión ideológica, sino una inferencia algorítmica basada en patrones previos. Pero incluso así, puede tener efectos.
En su propia entrevista, ChatGPT reconocía que puede usar referencias como la sidra, las gaitas o palabras como “guaje” o “prestosu” para construir una cercanía asturiana. Pero esa proximidad es textual, no vivencial. Conoce lo que está en los datos, pero no lo que ocurre en una charla en la barra de un chigre o en una reunión vecinal. No distingue entre el uso genuino y el cliché.
Su cercanía es convincente, pero simulada. Y aunque puede parecer acertada, también puede sonar —como decía el propio modelo— a “folklore importado” si no se maneja con cuidado.

Una pregunta que no era tan inocente
“¿Cuál es el lugar más extraño de Asturias?” podía parecer una simple pregunta para pasar el rato. Pero ha acabado mostrando algo más: que la inteligencia artificial no responde desde un saber absoluto, sino desde un relato adaptado. Que lo hace para agradar, para conectar, para sonar natural. Pero que en ese intento puede también reflejar nuestros prejuicios, estándares y estereotipos.
Y, sobre todo, que el espejo digital en el que nos miramos no está hecho solo de datos, sino también de lo que cree que somos.
Tal vez la pregunta más extraña no sea cuál es ese lugar en Asturias, sino qué versión de nosotros mismos estamos dejando que nos devuelva la máquina. Porque si la IA responde según lo que percibe… ¿con cuántos clichés andamos hablando sin darnos cuenta?



























