Extractivismo: beneficios lejos, costes cerca

La Dirección General de Agenda 2030 y Soldepaz Pachakuti organizaron una jornada sobre un concepto con creciente fuerza.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El salón noble del Palacio de los Condes de Toreno acogió este miércoles la jornada “Contra los extractivismos”, organizadas por la Dirección General de Agenda 2030 y Soldepaz Pachakuti. El objetivo: reflexionar sobre las múltiples formas de extractivismo y sus impactos sociales, económicos y ambientales, con especial atención a América Latina. Y aunque el término suena a concepto académico importado del otro lado del Atlántico, pronto quedó claro que lo que allí se discutía tenía mucho que ver también con nuestras montañas y nuestras minas.

Una inauguración con brújula

La apertura corrió a cargo de Beatriz González Prieto, viceconsejera de Derechos Ciudadanos; Beatriz Coto, directora de la Agencia Asturiana de Cooperación al Desarrollo; y Marta Pérez, de Soldepaz Pachakuti; y la concejala María Concepción Méndez Suárez, en representación del Ayuntamiento de Oviedo.

Subrayaron la paradoja de la abundancia —países riquísimos en recursos naturales que, sin embargo, sufren pobreza, desigualdad y violencia— y recordaron por qué nacían estas jornadas: como respuesta directa a las inquietudes de la delegación asturiana que viajó a Colombia en misión de verificación de derechos humanos junto a Juan Ponte, director general de Agenda 2030, y que constató sobre el terreno desplazamientos, amenazas y un deterioro acelerado de los territorios.

También se recordó el programa asturiano de acogida temporal a defensores de derechos humanos, con 25 años de trayectoria y 152 personas acogidas —dos de ellas asesinadas tras su regreso—, una de esas políticas discretas que explican la relación privilegiada de la cooperación asturiana con Colombia. Hubo, incluso, una referencia al Papa Francisco y su denuncia de que la explotación de la naturaleza va de la mano de la explotación humana. Todo, en suma, para enmarcar un debate que no es abstracto, sino urgente y con consecuencias.

Extractivismo como recolonización

La mesa central, “Extractivismos: la recolonización perversa de los sures”, tuvo a Gloria Inés Ramírez —sindicalista, exministra de Trabajo de Gustavo Petro y hoy precandidata a la presidencia de Colombia— como voz principal. Ramírez fue tajante: el extractivismo no es novedad, es continuidad. “Viene de la colonia: entonces se llevaban metales, caña o caucho; hoy cambian los nombres y los logos, pero el mecanismo es el mismo: extraer riquezas para beneficio ajeno”.

Habló de deforestación en la Amazonía, del “corredor minero” y de suelos que tardarán siglos en recuperarse; de promesas de empleo que dejan detrás pueblos desplazados y Estados capturados por intereses corporativos. Reivindicó alternativas —transición energética justa, soberanía alimentaria, economías solidarias— y recordó que prohibir el fracking o cerrar minas exige reconversión laboral y tecnológica para no dejar a nadie atrás.

Juan Ponte, director de Agenda 2030, abrió la conversación con un marco político y poético: citó unos versos para situar la discusión en clave de expolio y violencia y aportó datos sobre desigualdad global —esa minoría que se queda con casi todo— para interrogar el supuesto “desarrollo” que venden los balances macroeconómicos mientras se achican los derechos y los ecosistemas.

Foto: David Aguilar Sánchez

Desde la moderación, Greyci Solano (Colectivo Luciano Romero Molina) no se limitó a administrar turnos: recordó a sindicalistas asesinados, denunció nuevas licencias mineras en zonas de reserva de La Guajira y pidió apoyo concreto de las instituciones asturianas para frenar la oleada de proyectos que amenaza comunidades que viven de la agricultura y la ganadería. Su intervención acercó la macroeconomía al rostro de quienes ponen el cuerpo.

Asturias también existe

El turno de palabras devolvió el espejo: Peñamayor, los proyectos mineros con contestación social, la expansión a trompicones de los parques eólicos, el recuerdo de los cinco mineros fallecidos en Zarréu y, aunque nadie lo mencionara, en los ejemplos también cabía el intento del negocio del oro de doblegar a Tapia de Casariego a aceptar una mina que no pide ni quiere. Lo que en Colombia se cuenta en muertos y desplazados, aquí se traduce en alegaciones, autos y planes especiales… pero el guion —beneficios lejos, costes cerca— se parece demasiado.

Ramírez dejó una idea que atravesó la sala: “Tenemos el gobierno, pero no el poder”. Las reformas —laborales, energéticas, agrarias— chocan con bloqueos parlamentarios y campañas mediáticas. Hubo quien reclamó ir más allá, aplicar —por la vía de la ley— expropiaciones y extinciones de dominio a empresas reincidentes en daños ambientales y laborales.

La exministra respondió con realismo: tres años de gobierno no bastan para desmontar una maraña jurídica de décadas, aunque se han devuelto tierras, creado zonas de reserva campesina y reorientado instituciones de formación hacia la transición. La condición, dijo, es sostener el proceso político y organizarse socialmente para lograr mayorías legislativas capaces de convertir la agenda en estructura.

Resistencias y cierre

Tras la pausa, la jornada continuó con una segunda mesa, “Resistencias y alternativas para la paz”, moderada por Mónica Arroyave Toro (Colectivo Luciano Romero Molina). Intervinieron Tom Kucharz, periodista y activista de Ecologistas en Acción, y Guillianna Patricia Arrieta Maury, secretaria general de la ONIC. Si en la primera parte se había diseccionado el extractivismo como recolonización, en esta segunda se puso el acento en las resistencias: desde el ecologismo europeo crítico con las falsas soluciones “verdes” hasta las luchas indígenas colombianas por el territorio y la autonomía.

La sesión se despidió con un recordatorio incómodo: el incumplimiento del Acuerdo de París es ya casi un hecho, y el peso de las emisiones históricas recae en el Norte global. Traducción local: la transición justa no consiste en cambiar etiquetas —de “negro” a “verde”—, sino en cambiar reglas, beneficiarios y ritmos.

La jornada dejó claro que hablar de extractivismo no es cosa lejana ni retórica, sino poner nombre a un conflicto común: quién se queda con los beneficios y quién paga los costes. En Oviedo se escuchó una respuesta nítida, con o sin ironías: los costes los pagan siempre los mismos.

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