¿Estamos en guerra? No se precipiten en la respuesta. La palabra asusta. Pero además la palabra lleva en el vientre una espesa legislación internacional. Hay leyes que determinan cuándo es legal asumir que se está en guerra (ius ad bellum) y leyes que regulan cómo se puede pelear estando en guerra (ius in bello). Las primeras son las leyes que dicen que mover un barco de Open Arms para ayudar a personas en peligro no es un acto de guerra y que hundirlo, además de estar feo, sería legalmente un acto criminal. Las segundas son las que establecen que, incluso estando en guerra (y más si ni siquiera se está en guerra), no se puede matar a niños de hambre ni extinguir a un grupo humano entero. Pero decía que no es fácil decir si estamos en guerra. La palabra sale del diccionario a la boca de los actores públicos unas veces con demasiada timidez y otras con demasiado descaro. Cuando la palabra guerra se mueve en la boca de los mandatarios, como si se enjuagaran con ella, mientras deciden cómo tragarla o soltarla, podemos estar seguros de que se está banalizando la vida humana. Puede que el mandatario esté masticando la palabra para tragarla y que se quede callada en el diccionario. Esto se hace para realizar actos de guerra sin decir que son actos de guerra, e incluso negándolos. Uno puede pensar que, si el ejército español está por ahí en algún frente disparando y protegiéndose de disparos, es que España está en guerra. Y si no tenemos la sensación de estar en guerra es porque los mandatarios evitan la palabra y aquí no caen bombas. De momento. Ahora Trump amenaza a Europa como una marquesa destemplada a sus sirvientes; Rusia invade el espacio de Polonia, amenaza a Europa, le hace notar lo poco que le importaría a EEUU algún que otro bombardeo y gana tácticamente por goleada a EEUU; China hace una exhibición de poderío militar que es una contundente amenaza, y tiene los bemoles de dar en un acto de tal relevancia el mismo rango a Rusia que a Corea del Norte, además de incorporar a la emergente India; Israel practica un genocidio que anuncia un nuevo expansionismo; y Alemania da por terminada la Segunda Guerra Mundial y prepara una monumental inversión en un ejército poderoso, con el consiguiente efecto en la psicología y conducta de los alemanes. Malo es que se evite la palabra guerra, porque eso indica que morirá gente.
Y malo es que la palabra no sea tímida, sino descarada y hasta desvergonzada. Cuando se pronuncia con ligereza esa palabra, de nuevo es que va a morir gente, porque quien la pronuncia con tan poco miramiento quiere justificar actos de guerra sin que haya guerra. Un barco con drogas no es un acto de guerra, pero si lo llamas así puedes lanzarle misiles. Y afecta también al interior. Si estamos en guerra, no habrá discrepantes, sino traidores. Y podemos tomar militarmente las ciudades gobernadas por los demócratas. Por exceso o por defecto, cuando baila la palabra guerra en la boca de los que mandan, morirá gente.
Si estamos en guerra, no habrá discrepantes, sino traidores
David French no es rojo. Fue abogado militar, es veterano de la guerra de Irak y en sus columnas utiliza expresiones como «mi comandante». Dice que es una imprudencia permitir que Trump decida qué es la guerra. Dice que las continuas quiebras legales de Trump siempre acaban teniendo las peores consecuencias. Y dice que esa borrachera de ilegalidades encima crea distracciones. Mientras se divierten lanzando misiles a barquitos venezolanos y bravuconeando en Latinoamérica, Rusia y China se entienden y se organizan. Sin ir más lejos, Trump dice estar en guerra por un barco de droga y que la invasión rusa del espacio de Polonia es una bagatela sin importancia. ¿Estamos en guerra?
En España sabemos bien que la palabra «guerra» no es la única que, debidamente silenciada o sobreactuada, legitima y anuncia conductas. Pensemos en las palabras «ilegítimo», «dictadura» y «terrorismo». El gobierno actual no solo es malo, sino ilegítimo, según la ultraderecha, según el alma del PP y según Feijoo, intentando a duras penas mantener la boca por encima de la mierda en la que flota. ¿Qué es lícito hacer contra un gobierno ilegítimo? Se dice que el gobierno es una dictadura. ¿Qué es legítimo hacer contra una dictadura? Dicen que nos gobiernan desde el terrorismo, que prácticamente ETA tiene el mando. ¿Qué es legítimo hacer contra eso? Si es justo emplear la violencia o la intervención del ejército contra un gobierno ilegítimo, dictatorial y terrorista quien dice que el gobierno de Sánchez es así anuncia que quiere violencia o intervención militar contra Sánchez. Pero el gobierno de Sánchez tiene plena legitimidad, no es una dictadura, ni es terrorista, así que las palabras «ilegítimo», «dictadura» y «terrorismo» sobreactuadas anuncian la disposición a emplear la violencia o inducir intervención militar contra el legítimo gobierno constitucional. Lo mismo que el abuso de palabras como «negrero» o «invasión». Lo que sea legítimo hacer contra un barco negrero a una invasión, como diría Sanz Montes, de moritos es el propósito que anuncian palabras tan desmedidas. Esas palabras, además de «guerra», están normalizando en la mente de la gente las conductas bárbaras que anuncian. Los jueces del procés se dieron de morros con la sobreactuación de estas palabras. Por eso anda libre Puigdemont. Llamar tan alegremente terrorismo o golpe estado a la sarta de ilegalidades sucedidas en el procés hace que los países vecinos no concedan la extradición de Puigdemont por unos delitos que no reconocen. En este ambiente medio bélico, fíjense en el distinto efecto que producen las expresiones «fraude» y «filtración». Lo de «filtración» tiene aroma militar y suena gravísimo. Así que el delincuente confeso González Amador por ahí sigue tan tranquilo y el Fiscal General del Estado tiene que pagar una fianza, teniendo en cuenta que está demostrado el fraude del primero y no hay pruebas de la filtración del segundo y que el fraude fue un robo a las arcas públicas y la filtración fue un desmentido a un bulo de MAR. La monda.

Al mismo propósito de alterar la convivencia pertenecen las expresiones desmedidas que quieren funcionar como desahogo. Los desahogos son un mecanismo complejo y no funcionan como la gente cree. Gritar no desahoga, sino que estimula el ansia de seguir gritando. El primer puñetazo no desahoga, sino que incrementa el impulso de seguir pegando. España tiene una criminalidad muy baja y una cantidad de reclusos en la cárcel muy alta. Es el populismo punitivo que lleva a chorradas como la cadena perpetua y que es el equivalente de soltar un alarido de desahogo. Por ahí van ciertos excesos. Marco Rubio, el que el miércoles de ceniza andaba con una cruz en la frente que le daba pinta de malo en una película de Sesión de tarde, remató los misiles contra la barquichuela venezolana diciendo que EEUU «volará por los aires» a los criminales. Miguel Tellado, desde las tripas bajas de la derecha, dijo que enseguida llegarán las fosas donde descansarán los restos de este gobierno, haciendo resonar con fuerza crímenes vividos y, según parece, añorado por las derechas. Trump dice que darán una paliza a los lunáticos de izquierdas. Parecen desahogos, pero son espoletas para llenar el ambiente de ansias de palizas, de fosas y de gentes saltando por los aires. Y sobre todo esas expresiones quieren detonar la legalidad, que se perciban las leyes como jaculatorias lloronas. El sistema es inteligente y dispersa mecánicamente sin dificultad la mediocridad o maldad de gobernantes desafortunados. Rotas las costuras del sistema y sus contrapesos, solo queda el carácter y voluntad del que manda: Putin, Xi, Trump … y mejor no pensemos en los nombres de aquí.
Las palabras excesivas que describen catástrofes patrias imaginarias son la retórica con que se anuncia la barbarie que se pretende con la excusa de salvar al país de esas calamidades imaginarias. Son palabras que expresan que la derecha española, toda ella, está tan lejos de la democracia como lo estaba en su origen. Sigue en el tiesto de la dictadura de la que brotó.



























