«No quiero que nada me deje atontado, la sangre va a correr, como en los viejos tiempos, los malos tiempos. Los días del todo o nada han vuelto. El infierno es vivir día a día sin saber la razón de tu existencia». Podría ser Europa quien lo dijera, cuando algún progre le menciona sus pesadillas del pasado, aquellos totalitarismos sangrientos y cómo empezó todo, aquel lenguaje descarnado, aquella furia, aquellas minorías hostigadas y Hitler suspendiendo derechos y libertades por el incendio del Reichstag. Es Marv, el personaje de ficción de Sin City, quien dice esas palabras, cuando su agente de la condicional le ofrece unas pastillas para calmarlo. Habían matado a Goldie y a Marv sus terribles viejos tiempos le parecen liberadores. Había muerto Goldie, nada de pastillas ni reinserción, que vuelvan las pesadillas, que algo tenga sentido. Si cambiamos las pastillas por los derechos humanos, podría ser la Europa ultra resistiéndose a que las libertades la atonten.
Según el CIS, con los mayores de 60 años, sobre todo mujeres, todavía funcionan los tabús de pesadillas pasadas. Reconocer el hedor del fascismo todavía les moviliza el rechazo, todavía la enumeración de libertades y derechos es suelo y hogar. Pero no en los jóvenes, sobre todo en los más desorientados, los varones. Libertades y tolerancia son pastillas para dormir y ellos quieren anfetaminas, transgresión, autoafirmación: ultraderecha. Vox es ahora mismo mayoritario en la franja más joven y masculina de votantes, porque su propaganda es la que les ofrece sentido en las cosas, sensación de orden y autoestima. Las franjas intermedias de edad parecen descreídas, apegadas a las cosas y poco dadas a escandalizarse por alusiones a fosas y restos en las fosas. Según quienes hilan fino en los datos del CIS, los jóvenes que mayoritariamente encapsularon su furia en Podemos, allá por 2014 a 2016, ahora, con diez años más, vierten su desconcierto en el molde de Vox. El bien común (tolerancia, igualdad, libertades, protección social) no deja de ser una sarta de obligaciones. Cuando se encarece el bien común, se suele hacer mencionando a los desfavorecidos, a los excluidos, a quienes sufren por su condición. Todo esto encaja bien cuando se recibe el beneficio del bien común, cuando el mundo es legible y cuando tenemos un lugar en ese mundo. Con las debidas artimañas propagandísticas, cuando se sufre, irrita que nos hablen de desfavorecidos, como si no lo fuéramos. Incluso apetece denostar a los dichosos desfavorecidos que, según parece, no soy yo. Cuando no tenemos claro nuestro lugar en ningún escenario (porque para Europa ya no hay dónde hacer las Américas) y cuando el mundo y el presente no nos caben en el entendimiento, de nuevo puede ser cargante invocar ese orden santurrón en el que no tengo casa ni entiendo lo que pasa en mi barrio. Se dispara la apetencia de orden y de pintar algo en alguna parte. El bien es una sarta de obligaciones. Lo que libera es la blasfemia, la motosierra y la maldad.

Por eso el ambiente se carga de malismo, como explicó eficazmente Mauro Entrialgo. El ansia de orden supone la impugnación rabiosa del estado de las cosas, ese estado tejido con derechos y libertades. Las oligarquías predican el mal, porque no quieren esta sociedad donde los demás también tienen derechos y se les exige algún reparto. Los parásitos vividores de clase alta también se sienten malotes haciéndose los canallitas. La clase baja desorientada y envenenada por la propaganda brama contra la protección a los desfavorecidos sintiéndose ella desprotegida y ruge contra las monsergas del cambio climático que le transmiten que sus problemas son muy pequeños comparados con el planeta. Y así la clase baja se apunta también al gamberrismo. Malismo total, ansia de orden, furia y apetencia de un lugar en el mundo. Los mensajes patrioteros o raciales, por necios que sean, derivan las causas de los problemas a la defensa de una identidad nacional, racial o de género amenazada y ese es un estado en el que el perdedor recupera autoestima. Con un puñetazo en la mesa de varón, blanco, heterosexual y español, chupeteando un palillo, de repente uno cree estar en su lugar en el mundo. Así que oligarcas, niñatos vividores y clase baja se juntan, cada uno con su acento, en el mismo barco de malismo y malotes.
En este ambiente se requiere claridad, sencillez sin simplezas ajenas a la autoestima de la gente, y energía que empatice con la apetencia de orden e iniciativa. No tener la iniciativa es siempre un problema, pero en días de todo o nada penaliza más. Es lo que lleva a lo que Enric Juliana llama captura estratégica, el proceso por el que el titubeante grande se deja arrastrar por el pequeño que tiene la iniciativa y el pequeño le va sorbiendo el tuétano. Si no es por Sánchez, estaba en trance de ocurrirle al PSOE de Rubalcaba y socialistas caobas con el PP de Rajoy, ante el empuje de Podemos. El PSOE era ya un azucarillo en la taza del PP. Le pasó a Podemos con el independentismo catalán en los días de furia del procés. Allí, con esos titubeos de sí pero no así, sí pero no, empezó el declive de Podemos. Casi les pasa a los socialdemócratas alemanes con los Verdes a mediados de los ochenta. Le pasó a la socialdemocracia en todas partes con el neoliberalismo rapaz. Cuando se desboca el neoliberalismo, no se puede ser socialdemócrata sin combate social; al culebrear, te disuelven. Y le está pasando al PP con Vox. Cuando el mensaje de un partido empieza a sonar a «yo también» con respecto al mensaje de otro partido, está siendo capturado. Los más listos, en vez de dejarse capturar, se apropian de esa fuerza innovadora y toman la iniciativa. Fíjense en Sánchez respecto de lo que está a su izquierda.

La derecha está entregando una inesperada iniciativa a la izquierda con el espanto de Gaza. Está haciendo como Podemos con el procés, la socialdemocracia con el neoliberalismo y el PP con Vox: retorcerse sin mensaje. Nada más aclarador que oír a Ana Rosa Quintana: si estamos todos diciendo lo mismo, dice. Están zigzagueando sin rumbo, Ayuso sabe que tiene que apoyar a Israel por el cruce de intereses en ese cacicazgo de bandas que es Madrid, pero no tiene discurso y cuando se defiende a machamartillo algo sin discurso todo suena a obcecación u obediencia. Culebrean en torno a la palabra «genocidio», si es o si no es. Claro que es un genocidio, pero no veo la diferencia moral de que lo sea o no. Si se mata por miles a niños de hambre de forma deliberada y sistemática, si se añaden más miles de niños asesinado por armas, si hay en torno a sesenta y cinco mil asesinatos deliberados, ¿qué importa moralmente si eso es un genocidio? No tiene encaje emocional la actitud del PP, frente a la posición nítida y ligada al sentido y valores comunes de la izquierda. Van a remolque y, en tiempos de todo y nada, perder la iniciativa es perder mucho. La iniciativa de la izquierda la está acaparando Sánchez.
En política mandan los tiempos y los focos que iluminan los temas. Tiene la iniciativa quien no se precipita y sabe guardar los excesos y desvaríos del rival como una bala para usarla cuando proceda. Ahora la izquierda tiene la iniciativa por la bajeza moral de la derecha ante el genocidio. Con la iniciativa se es más audible. Es un buen momento para decir otra vez que hay dos modelos sociales: o somos una sociedad donde todos nos protegemos y formamos un conjunto que de manera empalagosa podemos llamar patria; o somos un grupo desagregado donde cada uno se busca la vida y nadie se ocupa del de al lado y donde no hay patria, sino bandas. Los números distinguen los dos modelos: la cantidad de dinero público que se gasta por habitante expresa cuánto nos ocupamos unos de otros. Los impuestos son la expresión de la atención mutua y el bien común, son lo que hace que un montón de gente sea una patria. Que lo digan como se dicen ahora las cosas que se oyen: con un puñetazo en la mesa, que somos una patria por los impuestos y que en las masacres solo hay horror y en ellas solo caben los infames. Que lo digan ahora que se les oye.



























