«Váyanse a otro lado a abortar». «Europa ha despertado. Ha salido de la cárcel ideológica de una izquierda que le vendía que era bueno empobrecerse y que era buena la democracia más que la prosperidad». «Ánimo Alberto». Esta semana la comunicación política tuvo estos tres momentazos, de Ayuso, Feijóo y Sánchez, respectivamente. Aparte de la respetabilidad o indignidad de su causa, los tres fueron un acierto como comunicación.
Quien tiene la iniciativa tiene un tesoro. Tiene la iniciativa quien tiene la conducta espontánea, autónoma. No la tiene quien tiene la conducta inducida por otro. Si fuera a visitar a Barbón y me recibiera con una palmada en el hombro y me preguntara jovialmente sobre el Sporting, nadie que presenciara la escena tendría duda de quién es el presidente. Es el que pone el tema de conversación y el que marca el tono del encuentro. El visitante dirá algunas palabras sobre el Sporting, nada joviales, y sonreirá dejando que su conducta sea inducida por la del presidente. No importa lo gratas o ásperas que sean las maneras, en la campechanía y en la agresividad, el que tiene la iniciativa tiene la jerarquía. Por eso en el catecismo de Bannon, el librillo de la ultraderecha, está el precepto de inundar el campo. Esto es decir cosas que provoquen reacción, es decir, que hagan que la conducta de los demás sea inducida por la propia. No importa lo sólidas que sean las razones que nos impugnen, lo importante es que sean reacción a algo que dijimos. La parte siguiente es no parar de decir extravagancias que provoquen reacciones, hasta que no se hable más que de los temas que nosotros saquemos. Ayuso / MAR siguen este precepto, hay que decir desvaríos cada poco y no importa que sean necios o sonrojantes, importa que solo se hable de lo que yo hable, así sea el Sporting o el aborto. El rival puede creer que va ganando porque sus razones son mejores, pero suele ganar el que tiene la iniciativa, no la razón. La iniciativa te da jerarquía y peso y hace que la conducta de los demás no siga una línea, sino que sea un zigzagueo detrás de nuestras ocurrencias. Que el aborto es un crimen está ya muy visto. Lo de que a abortar a otro lado es poligonero y da más que hablar.
Para hacer un buen retrato de alguien, conviene ajustar la cámara para que el fondo sea borroso. Lo de inundar el campo y que no haya más tema que aquel del que yo hable, funciona mejor si el fondo es borroso, si la escena política es un cenagal convenientemente enfangado y si está llena de ruidos cualquier conversación que no sea sobre lo que yo digo. Para eso los Vito, Íker, Ana Rosa, Peinado y macarras varios tienen su papel, a veces reforzado por espontáneos que sienten que su estupidez encaja en una máquina bien engrasada para la necedad. No se pierdan ese minuto de Marcos Llorente explicando cómo nos fumigan desde el cielo. En un minuto hace tres veces ese movimiento de hombros campechano con que expresamos convicción y franqueza y las tres lo refuerza con ese sonido que quiere ser un resoplido pero llega a pedorreta por el énfasis. Es en lo que deben fijarse, porque cada pedorreta expresa el punto máximo de inteligencia del personaje.
Lo de inundar el campo y que no haya más tema que aquel del que yo hable, funciona mejor si el fondo es borroso
Así que Ayuso acertó porque sigue inundando el campo. Lo de Feijoo quiso ser la inversa. Es una cárcel ideológica eso de que la democracia vaya por delante de la prosperidad. Incurre en la falacia del hombre de paja, porque nadie vendió nunca que era mejor renunciar a la prosperidad que a la democracia. De hecho, casi todo el mundo asocia una cosa con otra. Pero las palabras de Feijoo no dejan duda de que podrían pretender quitarnos libertades con el argumento de una prosperidad futura. Los argentinos saben algo de esto. Que alguien de tanto peso como E. Juliana pusiera el foco en esas palabras hizo que el PP dijera, y le dijera a Juliana, que había sido un error de lectura: que era burocracia, no democracia. Pero no lo dijo Feijoo. Ni se dijo a los cuatro vientos. Ni la frase tiene sentido con esa otra palabra. Dicho quedó. Juliana lo interpretó como un silbido de perro, es decir, como una frase que quiere pasar desapercibida y ser captada solo por un sector concreto de la audiencia. El terreno está abonado. Creció mucho la opinión de que la democracia no debe ser una prioridad, que un buen líder debe estar por encima del legislativo, la justicia y hasta de las elecciones. Ya había dicho Xavi Hernández, con tono testimonial, que en Qatar no había democracia, pero sí felicidad. La pobre democracia tiene que pelearse con la prosperidad y con la felicidad. Falta Ayuso diciendo democracia o libertad. Lo cierto es que Vox es la tendencia de voto mayoritaria en menores de 25 años varones; y que, según el CIS, uno de cada cuatro menores de 35 años no cree que la democracia sea mejor que las dictaduras; y que Vox le pisa los talones al PP; y que el PP no puede descolgarse de los mayores de 60 años, porque son legión y se los come Sánchez. Así que el análisis de Juliana encaja bien. Un silbido de perro que oigan los jóvenes, pero no los boomers sesentones, de que es mejor la felicidad y la prosperidad que la democracia. (Por cierto, Demo Finland señala que solo el 6,6% de la población mundial vive en democracias plenas y España está entre ellas, y no Francia ni Italia. Mucha tela que cortar en eso).

Y no olvidemos lo de que Europa ha despertado. Todo el mundo quiere despertar a Europa: los conservadores, para recuperar dinamismo económico; la izquierda, para defender la democracia frente a autoritarismos; y la ultraderecha, para recuperar glorias nacionales, valores de otro tiempo y dictaduras que nos saquen de la modorra liberal. Ha despertado, dijo Feijoo, en pretérito perfecto, no en imperativo (¡despierta, Europa!) ni en modal (Europa debe despertar). Europa ha despertado. No es que vaya mejor económicamente. Lo único reciente es el ascenso ultra. Ha despertado. Suena a silbido de perro, para homologarse con el trumpismo y lo que haga falta. Un acierto para sus indignos propósitos.
Y Sánchez se sumó a tanto éxito comunicativo con solo dos palabras. La manera de que la ultraderecha no inunde el campo y no hablemos más que de lo que ellos digan es reaccionar, pero no poniendo el foco en el mensaje sino en el portador del mensaje. Es lo que en la argumentación de toda la vida se llama ad hominem. Consiste en no responder al mensaje sino señalar alguna característica del emisor que explica que lo haya dicho. Si te llaman comunista, no debes explicar que no lo eres, sino recordar que el que te lo llamó es facha y a un facha le parece totalitario que sus amos ricos que tengan que parar en un semáforo en rojo. La cosa es que Feijoo le dijo a Sánchez, como quien saca el as de oros, que lo citarán en una comisión del Senado, que él maneja no sé cuánta corrupción y que no podrá mentir. Hasta usó la palabra «pringado» tan ajena a su porte de funerario. Sánchez se desentendió del mensaje y se concentró en el emisor: su maniobra puede ser torpe porque puede reforzar a Sánchez con esa tribuna; es otra embestida inane de Feijoo; Vox se lo está comiendo y Ayuso lo ningunea todos los días; Sánchez ve una rabieta sin rumbo y lo mira con condescendencia, y quiere trasladarle una pizca de compasión que subraye su condición de perdedor. Pero todo esto es muy largo. En el momento justo lo condensó en dos palabras: «ánimo, Alberto». Adiós discurso de Feijoo y a torear una sesión del Senado donde Sánchez va untado de vaselina y el PP puede patinar en los escupitajos de Vox.
El espectáculo no debe cegarnos y pasar por alto lo importante. El aborto es una piedra en la barriga del PP, que le da acidez cada vez que se mueve. Ayuso, en su estrategia de acumular extravagancias chonis, le acaba de dejar al PP el esófago en carne viva. Parece un derecho consolidado difícil de remover. La otra cosa importante es la enésima constatación de que la izquierda es lo que queda de la democracia. La derecha está en el monte o haciendo las maletas para echarse al monte. Y otra cosa, ya menor, es lo poco que se le oye a la izquierda del PSOE. Su voz queda reducida a tuits de Rufián. Eso no es casi nada.



























