Raza, minorías, inmigración y banalización táctica del mal

Cualquier bobo se cree comisario para señalar qué extranjero trabaja y se integra y cuál tiene que irse.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Se acercan con lentitud los fríos y con ellos los días de la matanza del cerdo. Ya no se oyen aquellos chillidos estridentes cuando se mataba al cerdo. El Reglamento (CE) nº 1099/2009 del Consejo de Europa, obligatorio incluso en las matanzas caseras, especifica cómo debe aturdirse al animal para que no sufra en el proceso. Los aranceles de Trump afectan poco a las exportaciones ganaderas, pero sí al precio de la alimentación del ganado. Por ayudas, compensaciones y normas, el quehacer ganadero requiere un trato continuo con la Administración que muchas veces es farragoso. El sector primario es el que está en primera línea de los estragos climáticos. Ciertas normas parecen pejigueras comparadas con la magnitud de otros problemas. Se disparan los costes de producción, se restringen unos mercados que no dejan de dar bandazos y hay que leer el Reglamento (CE) nº 1099/2009 del Consejo de Europa sobre cómo clavar el cuchillo al cerdo para que no sufra ni chille.

No es cosa solo de la ganadería. Vallín y Gomá, en sus Verdades penúltimas, apuntan casi de pasada algo de cierto calado. A medida que aumenta la dignidad aumentan las cosas que indignan. En mi adolescencia, en Gijón no había papeleras, había muchos charcos, tirabas la piel del plátano al suelo, los paisanos escupían en la acera y los chicos meaban en la pared más a mano. Ahora todo es más civilizado. Y por eso ahora es inadmisible que alguien se ponga a mear en la pared o tire las mondas según va pelando la mandarina. A mayor dignidad, más cosas son intolerables. Y más reglamentos hay. No se vacía el cenicero del coche en la acera del aparcamiento, pero es que además hay normas al respecto. Esto es fácil en el bienestar. Pero ahora hay mucha gente al límite. Y puedes haber estudiado ingeniería, trabajar como ingeniero y no poder pagar el alquiler. La gente está mal y además no sabe qué tendría que haber pasado para no estar así. Hay malestar y desorientación.

La gente no puede apoyar el paso a una dictadura sin una propaganda bien diseñada

La gente no puede apoyar el paso a una dictadura sin una propaganda bien diseñada. Los generales de la extrema derecha saben lo que hacen. Tienen un buen colchón de leyes, reglamentos y normas que regulan todas esas nimiedades que solo importan por efecto de la mejora de la dignidad. En los sesenta no importaba que alguien escupiera en el suelo, ahora hay normas por las que podrían sancionarte. Todas esas normas del bienestar y la dignidad son, para un buen propagandista, como el baúl de la abuela. Con mucha población al límite y desorientada, que te anden regulando a cuántos metros tienes que estar de una puerta para encender un cigarro da un flanco para la propaganda del mal: vivimos en una dictadura progre; nos atosigan, nos llenan de prohibiciones y obligaciones hasta en el retrete; el estado es el mal; tanta corrección y tanto tiquismiquis para matar al cerdo nos llevó a esto, no podemos pagar el alquiler mientras los progres te dicen la forma correcta de llamar a los negros. No es que haya que renunciar a la dignidad. Pero con problemas límite, es inevitable que las normas efecto de la dignidad parezcan purismos de listillos. Y los ultras y sus amos aprovechan esa percepción para extender el mal y que la gente acabe sintiendo liberador y rebelde el retorno a la barbarie de viejos autoritarismos.

Carlos Lozada escribe en el New York Times que ahora en EEUU tienes que hablar español como Aznar el catalán: en la intimidad. Hay cuatro índices de criminalidad por los que la policía puede detenerte e interrogarte: tu raza, el lugar por donde andas, tu trabajo y hablar específicamente español. Puro sentido común, dice Trump ante la alarma constitucional. Hablar español va siendo como ser homosexual, algo que no puedes exteriorizar sin evaluar el sitio donde estás y medir las consecuencias. El racismo siempre es así. Te deshumaniza por reducirte a una característica de grupo y estigmatizar esa característica. Si hablas español, ya no eres nada más que eso. Los que creen que aquí hay censura porque no puedes reírte de los gangosos o porque te llaman polla vieja si dices machistadas recordarán lo que es la verdadera censura si sube más la ultraderecha.

Felipe González con Ronald Reagan en la Casa Blanca (1983)FUNDACIÓN RONALD REAGAN

El gobierno de Trump cambia las condiciones para acoger refugiados. Los documentos sugieren dar prioridad a los de raza blanca, porque «el fuerte aumento de la diversidad ha reducido el nivel de confianza social esencial para el funcionamiento de un sistema político democrático». Solo se debe acoger a «refugiados que puedan asimilarse plena y adecuadamente, y estén alineados con los objetivos del presidente», dice otro documento del gobierno. La democracia mejora excluyendo a los negros y a los que no piensen como el presidente. La democracia mejora con la dictadura. La forma de prohibir ideas es asociarlas con la nación. Prohibir ideas por ser de izquierdas suena mal, pero prohibirlas porque va contra la España de toda la vida suena mejor. Y da autoestima. Cualquier bobo se cree comisario para señalar qué extranjero trabaja y se integra y cuál tiene que irse. Cuando Ronald Reagan tuvo el debate presidencial con Walter Mondale en el 84, le dijo: sus ideas están tan a la izquierda que se salen del país. Toda una proclama ideológica.

Los que hablan español pueden ser detenidos por indicios de criminalidad. Y los que estén cerca de ellos tienen que cuidar no caer en la complicidad. Para eso los ultras cultivan siempre el odio a las minorías. El odio, temor o prejuicio hacia las minorías es una herramienta necesaria para que la mayoría acepte perder derechos, que empezará con esas minorías para extenderse a quienes sean cómplices o tibios con ellas. Se deshumaniza a las minorías para ir sometiendo a las mayorías y quitarles sus libertades. Privando de derechos a minorías que no importan, nos acostumbramos a que el estado despoje de derechos a gente, convivimos y banalizamos el mal. En España venimos haciéndolo por maltratar nuestra memoria con la chorrada de no remover heridas. El 21,3% de los españoles cree que la dictadura fue buena o muy buena por la persistente trivialización de tantos millares de asesinatos sucedidos cuando un criminal se hizo con el poder del estado. Estábamos ya entrenados para frivolizar la maldad antes de estos nuevos bríos. Estamos oyendo en las derechas las mismas barbaridades que Trump va imponiendo en EEUU. Junts quiere romper con el Gobierno, pero no por ningún incumplimiento. Es por la inmigración. Se les sube a la chepa la xenófoba Aliança Catalana y quieren tener mano con la inmigración.

El llamado extremo centro o centrismo reaccionario es singularmente peligroso. Siempre hay gente que no llama la atención, porque tiene la raza y costumbres normales. El extremo centro consiste en la intolerancia con todo lo que se salga de lo normal, en no tolerar matrimonios homosexuales, parejas no casadas, razas no mayoritarias, ideas no convencionales. Es la proyección del cascarrabias encorbatado que ponía cara de limón a los barbudos y las minifaldas. Se predica la intolerancia desde un sentido común soldado a un estereotipo nacional para que sea degeneración y decadencia nacional lo demás. Los republicanos no debemos excluirnos del debate del papel de la Corona. El Rey tiene más fácil que nadie normalizar como español y normal lo que el centro reaccionario quiere excluir. Algo ayuda el fútbol con Lamin Yamal y Nico Williams como delantera de la Selección nacional (qué pena no los acompañe Brahim). Pero nadie sería más eficaz que el Rey, si se dejara ver con representantes LGTBI en la Zarzuela y parte del séquito suyo que se ve cuando se le enfoca a él fueran españoles de raza distinta a la mayoritaria. Nada como eso subrayaría que la nación no es argumento para excluir a nadie. Molestaría a la derecha, pero el Rey no debe ser equidistante entre la Constitución y la barbarie. Bien que tronó desde la peana constitucional el 3 de octubre de 2017 contra el procés de Cataluña. Las protestas más contundentes contra el racismo de Trump llevan precisamente la consigna No Kings. Y los vientos mefíticos que llevan al grito colérico No Kings están soplando aquí.

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