Se definen como una voz “crítica” frente al consenso científico sobre el calentamiento global y en el último año se han convertido en una presencia habitual en los medios conservadores. No niegan el cambio climático, pero relativizan el papel de los humanos en él, y sobre todo se muestran beligerantes con los científicos que defienden la transición ecológica, el abandono de los combustibles fósiles y la reducción drástica de las emisiones de CO2, a los que acusan de estar “politizados”. Se trata de la Asociación Realistas Climáticos (ARC), una “sociedad científica” que dice defender un debate “libre y abierto” sobre el cambio climático, pero entre cuyos principios fundacionales está el cuestionamiento del IPCC, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, dependiente de la ONU.
La asociación, que forma parte de una red europea de “realismo climático”, celebrará su primer congreso este mes de noviembre en Madrid, en la Universidad Privada Francisco Marroquín, una institución académica de marcada ideología neoliberal que no cuenta con ninguna carrera relacionada con la biología y la ecología.
Un negacionismo amable
Los “realistas climáticos” no militan en un negacionismo abierto. Reconocen que el clima está cambiando, pero niegan que estp sea malo y que deban por ello modificarse los comportamientos económicos sociales. El “realista climático” presenta como sensatez una forma de negacionismo amable, blanda, apta para todos los públicos, y no solo para fundamentalistas de extrema derecha. Su estrategia es sembrar dudas, relativizar los datos de los expertos y organismos oficiales, y presentar la preocupación por el clima como una moda o una exageración ideológica. Por eso sus opiniones son tan bien recibidas en los medios conservadores que aspiran a cuestionar la agenda verde sin por ello parecer unos lunáticos conspiranoicos.
Los “realistas climáticos” afirman que las políticas medioambientales “probablemente perjudiquen más que beneficien a la sociedad” o “que no hay ninguna razón a priori para suponer que el calentamiento actual y previsto tendrá consecuencias negativas”. En una entrevista en Libertad Digital su presidente, el bioquímico Javier Vinós, llegaba más lejos y afirmaba incluso que “los datos dicen que el cambio climático está salvando vidas”.


Su escepticismo con los consensos de la comunidad científica contrasta sin embargo con la credibilidad que la asociación otorga a un informe de la administración Trump negando la crisis climática y la relación entre calentamiento global y fenómenos meteorológicos extremos: “los datos históricos no respaldan las afirmaciones sobre el aumento de la frecuencia o la intensidad de los huracanes, los tornados, las inundaciones o las sequías”.
La crítica a las energías renovables y la defensa de la muclear y las energías fósiles son otras de sus grandes batallas culturales. Así por ejemplo la asociación emitió un comunicado culpando al Gobierno de España del apagón eléctrico de la pasada primavera: “La decisión política de transformar radicalmente la matriz eléctrica, con un objetivo del 81% de energía solar y eólica para 2030, conlleva un riesgo inasumible de repetir eventos como el del 28 de abril”.
José Antonio Sáenz de Santamaría, el geólogo que no vio venir el fiasco de Pajares
Uno de sus portavoces más activos es el geólogo asturiano José Antonio Sáenz de Santamaría, quien en entrevistas, charlas y publicaciones, o incluso en el Congreso de los Diputados, ha sostenido que el ser humano no altera la temperatura del planeta, que la lucha contra el cambio climático “es un negocio” y que vivimos en el “fanatismo medioambiental”.
Sáenz de Santamaría, hijo del general del mismo nombre, formado en la Universidad de Oviedo/Uviéu y con una larga trayectoria en minería y geología aplicada, presidió el Colegio de Geólogos de Asturias y trabajó para Hunosa, Campsa y Adif. Para esta última empresa estuvo contratatado como consultor por 140.000 euros al mismo tiempo que presidía el Colegio, institución desde la que no reparó en elogios para las obras de la Variante de Pajares, pese a sus múltiples problemas que retrasaron más de una década la obra y multiplicaron por cuatro su presupuesto inicial. Esta situación llevó a que algunos colegiados criticasen a Sáenz de Santamaría por un conflicto de intereses que comprometía el prestigio de la institución.

Sáenz de Santamaría, que es a su vez director técnico del Gempe (Grupo español de materias primas estratégicas), también ha puesto su prestigio al servicio de la legitimación técnica de proyectos con una fuerte contestación social como la mina de Salave o la Ronda Norte de Oviedo/Uviéu. Es un entusiasta de la energía nuclear y las energías fósiles.
Habitual en los medios de comunicación asturianos, en los dos últimos años ha dado el salto nacional gracias a la publicación de un libro sobre el cambio climático y como comentarista de temas como los incendios o la Dana, fenómenos que desliga de cualquier relación con el calentamiento del planeta, como recientemente afirmaba en Telemadrid: “No vivimos en una emergencia climática, vivimos en la estupidez climática”



























