Si se acerca a un gato por detrás y le tira delante una sardina, el gato irá a por la sardina. Si se acerca por detrás a alguien que toma un café y le tira delante un fajo billetes, a diferencia del gato, su primer movimiento será mirar hacia atrás, no ir a por el fajo. Lo primero que detecta un ser humano es la anomalía. Algo no cuadra y no nos gustan situaciones donde las cosas no cuadran, nos hacen tambalear como esa atracción de feria en la que hay que caminar por un suelo no deja de moverse. Las anomalías explicadas por sus causas son un retorno a la normalidad y al control. Nos cae delante un fajo de billetes caído de no se sabe dónde y lo primero es mirar hacia atrás, buscar la causa, quién nos lo puso delante, que la cosa cuadre. Siguen en nuestros oídos los ladridos del Senado. Dejemos este cabo suelto.
Pongamos otro cabo, para atarlos luego. Cuando oímos una frase hay dos cosas distintas que se pueden quedar en nuestra mente. Una es lo que dice la frase. Y la otra es que la frase la dijo quien la dijo. Supongamos que me dicen los estudiantes que harán una huelga contra el genocidio de Gaza y que les digo que bueno, que yo también tuve veinte años. Evidentemente yo no escuché la frase, no escuché que van a hacer una protesta contra un genocidio. Lo que escuché fue que esa frase la dijeron ellos y que ellos tienen veinte años. Ellos se molestarían, porque percibirían mi sordera hacia su mensaje. Lo normal es que prefiramos que escuchen lo que decimos. Esta sordera es la base del llamado argumento ad hominem, que solemos percibir como el argumento que se basa en atacar al oponente. Puede parecer un vicio, pero no siempre lo es. Si Mazón exige al gobierno leyes medioambientales, el impulso que tendremos no será hablar del medioambiente, sino de Mazón, de que él fue el que lo dijo y que cómo se atreve precisamente él. Si Rodrigo Rato proclama ahora que hay que bajar salarios para ser competitivos, solo se oirá que fue Rato quien lo dijo y que vaya morro. Justamente este tipo de personajes queda inutilizado para la vida pública porque su descrédito es tal que ya solo tiene sordos a cualquier cosa que digan (así todo, a veces se siguen animando, ahí tienen a Federico Trillo dando lecciones de estado).
Esta sordera estratégica a veces denigra la vida pública y a veces la limpia
Esta sordera estratégica a veces denigra la vida pública y a veces la limpia. Yo recomiendo, por limpieza y por ayudar a la claridad del pensamiento, no normalizar nunca ningún diálogo con la ultraderecha. No normalizar significa tratar el caso como una situación de excepción, es decir, una situación acotada donde consideramos bueno lo que en los casos comunes nos parece malo. Por norma, hay que escuchar lo que te dice quien habla. Pero recomiendo quebrar esa norma cuando te habla un facha. Nunca hay que concentrarse en el mensaje ultra, sino en su portador. Hay que ser estratégicamente sordo a lo que dice y centrarse en alguna característica del emisor que explica que haya dicho eso. En Gijón los fachas andan rumiando bulos sobre los menores inmigrantes que puedan venir, sobre el verdadero propósito de ciertos albergues, sobre la edad de esos, para ellos, falsos menores y cosas así. Por supuesto que en momentos seleccionados hay que decir la verdad y despreciar las falsedades. Pero en el debate no debe hablarse de menores y ni de albergues. Hay que hablar de los ultras, de que son racistas, de que lo son porque así lo quieren los amos que los financian y de que por eso dicen esas cosas: sordera estratégica al mensaje y descripción del emisor que explica por qué lo dijo. Puro ad hominem, en este caso virtuoso.

Como es lógico, nadie quiere que los demás sean sordos a lo que decimos, esa es una táctica de los oponentes. Enlazamos con el primer hilo. A veces un discurso genera ese tipo de anomalía que nos impulsa a buscar causas. No somos gatos, si algo no cuadra buscamos la causa. A veces el propio emisor provoca que busquemos en él la causa de que hayamos oído lo que acabamos de oír. A veces no es la táctica del oponente, sino que el propio emisor estimula la sordera de la audiencia. «Últimamente acabo de convencerme de que la novela policíaca es la recreación habitual de las mentes nobles, señor», dice un personaje de La huella, mientras inmoviliza a otro personaje. Es una frase que solía repetir el personaje ahora apresado y, al oírla, exclama aturdido: «¿Quién demonios es usted?». Acaba de oír una anomalía, cómo puede saber esa frase. Y busca la causa. No piensa en novelas policíacas ni mentes nobles. Piensa en quién demonios es quien lo dijo.
Tiene calado lo que oímos en el Senado. Los senadores preguntan y exigen al Presidente. Y de repente aparece el tal Alejo Joaquín Miranda, del PP. Uno pone la tele mientras termina de ordenar cosas en la sala y de repente sale el señor Miranda y uno para, mira la tele y siente el mismo impulso del personaje de La huella: pero ¿quién demonios es ese? Atropella preguntas e insultos, reitera ¿sí o no?, ¿sí o no?, ¿sí o no? Si el Presidente intenta responder, le quita la palabra, ¿sí o no?, ¿sí o no? Cambiaba de tema, no había un hilo, solo nadaba en mala baba. Chirriaban sus palabras como si masticáramos cristales. No importa la carga aprovechable que pudiera tener el guion del tal Alejo. Nadie escuchó sus palabras, todo el mundo concentró la atención en el sujeto que las decía. La sordera que tantas veces es estratégica fue inducida por el propio emisor al crear el tipo de anomalía que provoca que busquemos causas. Al terminar, todo el mundo se quedó con lo mismo: pero ¿quién demonios era ese tipo? No se trata solo de que desperdiciaron una oportunidad para desgastar a Sánchez. Y no se trata solo de que el tal Alejo provocara que miráramos más a quien hablaba que lo que decía. El problema es que al mirarlo a él vimos al PP. El problema es que, aunque su discurso fuera una anomalía, llevaba los acentos del PP y sus mariachis mediáticos. Vimos un striptease del PP, nada favorecedor, con sus deformidades, vaciedades y fealdades a la vista. Menudo bochorno.
Los titulares y entradas en la red social de los palmeros peperos dan idea de la dimensión del desaguisado. En una película cómica de ambiente medieval de Monty Python, una muchedumbre viste de bruja a una chica y la llevan ante el juez para quemarla por bruja. Tuvieron que reconocer el fraude de haberla vestido ellos así, pero uno insiste con un argumento añadido: «pero tiene una verruga». Era una película. Pero es que el jueves la clac mediática se concentró en que Sánchez llevaba gafas, y que costaban trescientos euros, y que seguro que no las necesitaba. Tanto circo para acabar enredando en sus gafas y en cómo le quedaban. Tanta expectativa para acabar buscando verrugas, a ver si era una bruja.
Al tal Alejo sí le fue bien. Al partido no, pero él ladró a Sánchez, se dio a conocer y seguro que pilla algo. En 1994, con el PSOE agobiado por latrocinios fiscales de Mariano Rubio, Hernández Moltó le soltó en sede parlamentaria: «Míreme a la cara. Me recuerda ¿no?». Y con solo ese currículum le dieron la Caja de Ahorros de Castilla la Mancha. Óscar Puente tiene su mérito, pero lo que lo llevó al estrellato ministerial fue lo de «señor Feijoo, de ganador a ganador». Hay frases muy recompensadas, seguro que Alejo pilla, porque el partido, como el PSOE en el 94, anda alicaído. En las películas rutinarias, el estereotipo de los japoneses es que cometen las mismas estafas que los de aquí, pero cuando los pillan se suicidan de vergüenza. El tormento no es hacer el mal, sino que se sepa. Los 229 muertos de la dana no movieron al PP (ni a Vox) a echar a Mazón. Pero que se visualizase en el funeral ya es otra cosa. Así que la pequeña alegría de que el tal Alejo echase espumarajos a Sánchez, en momento tan deprimido, seguro que le da algún momio.
Ayuso calla. Desde la primera gota de agua de la dana calla. Le debió explicar MAR que había que dejar a Feijoo freírse en esa sartén. Y así anda chamuscado, con Vox haciendo caja. A veces creo que Sánchez no fue irónico. Ánimo, Alberto.



























