“A diferencia de otros gobiernos de la socialdemocracia, el español es el único que se ha animado a tomar reformas”

El ex vicepresidente boliviano Álvaro García Linera participó en "Pan y Roses", primer festival asturiano del libro social.

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Doctor en Investigaciones Humanísticas por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Ha colaborado con medios como La Trivial, Atlántica XXII y El Salto.

Álvaro García Linera se definió en una ocasión como “un marxista seducido por la insurgencia indígena”. Nacido en la Cochabamba en 1962, se trasladó en su juventud a México para estudiar Matemáticas, donde compartió asambleas estudiantiles con la actual presidenta Claudia Sheinbaum. A su vuelta a Bolivia, participó en la creación del Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK), muy vinculado a las comunidades aymaras del Altiplano de La Paz. Allí fue detenido en 1992 y enviado a prisión, acusado de sabotear el tendido eléctrico. Pasó cinco años en la cárcel, donde escribió, cual Gramsci contemporáneo, su primer libro, Forma valor y forma comunidad. En 1997 fue liberado sin que se llegase a celebrar nunca el juicio y comenzó a dar clases en la Universidad. 

Tras los levantamientos populares y antineoliberales conocidos como la revuelta del agua (2000) y la revuelta del gas (2003), el líder sindicalista Evo Morales le propone que le acompañe en su candidatura presidencial del Movimiento al Socialismo (MAS). Un García Linera cuyo sueño desde adolescente había sido “pelear y morirme en la lucha por un gobierno indígena” ocupará el cargo de vicepresidente de Bolivia durante trece años (2006-2019), durante los cuales se produce una profunda transformación del país en sentido igualitarista. Tras sufrir un golpe de Estado en 2019, García Linera se ve obligado a exiliarse en Argentina, pero con la vuelta al poder del MAS regresa nuevamente a su país un año después.

En el escenario político actual, marcado por una grave crisis del MAS y por la victoria del candidato de derecha Rodrigo Paz en las elecciones presidenciales bolivianas, García Linera dedica su tiempo a la batalla de las ideas y también a la formación de cuadros jóvenes, con el objetivo de prepararlos para el siguiente ciclo político. Sus últimos libros, recién publicados en España, son “El concepto de Estado en Marx”, publicado por Akal, y “Cuidar el alma popular”, en Bellaterra.

Visitó España para participar en el festival “Pan y Roses” en Oviedo/Uviéu, y en otro acto en Madrid.

Uno de los temas en los que has centrado últimamente tu atención ha sido la crisis del progresismo. Dices que hay una “huelga de ideas” dentro del progresismo. Incluso sucede que es la derecha la que se apropia de un ímpetu de cambio que históricamente hemos asociado con la izquierda.

Tengo una mirada macro, a nivel global, de lo que pasa en el mundo y de lo que le pasa a las fuerzas progresistas en el mundo. Luego cada región y cada país tiene particularidades. La mirada global que tengo, y es lo que vengo trabajando desde hace unos seis años, es la transición de fase de acumulación y legitimación a nivel global. Le he puesto el nombre de “tiempo liminal”. He anotado una serie de características del tiempo liminal como un periodo de tránsito, que se caracteriza básicamente por el derrumbe de las antiguas creencias, una crisis económica de crecimiento y productividad, una divergencia de las élites, que apuestan a distintos lados, y un lento declive del globalismo neoliberal de los últimos 40 años. Ese tiempo liminal a algún rato va a acabar, renovando el sistema de creencias que legitimen la dominación y estabilizando un modelo de crecimiento económico, tecnológico y de redistribución geopolítica de las influencias. Esa es mi mirada general del tiempo.

En el caso latinoamericano, en ese tiempo liminal han surgido los progresismos como un intento de remontar el vaciamiento de las viejas certidumbres, el colapso del modelo neoliberal e intentar crear un nuevo régimen de acumulación. Algunos con mayor profundidad y reformas más radicales, otros con reformas más superficiales. Durante la primera época tuvieron un éxito relativo por los resultados que lograron: crecimiento económico, redistribución de la riqueza, reconstitución de formas de soberanía frente a poderes externos. En el caso europeo, con excepción de España, que tiene una cosa particular, las izquierdas han sido arrastradas por este declive del neoliberalismo, incluyendo el neoliberalismo progresista que hubo en Estados Unidos y en gran parte de Europa. En ambos casos, los límites del progresismo latinoamericano y los límites del progresismo neoliberal europeo, en un momento de crisis económica general, de derrumbe de las viejas certidumbres, han dado paso a estas extremas derechas que están avanzando en el mundo entero. Es parte de las cualidades del tiempo liminal.  

Los límites que ha encontrado el progresismo latinoamericano tienen que ver con dos elementos. Impulsamos un conjunto de reformas económicas, no únicamente pero prioritariamente redistributivas. Eso funcionó, en tanto había un excedente económico a ser redistribuido, pero cuando ese excedente económico se contrajo debido a las modificaciones en el mercado mundial, no tuvimos ideas (unos menos que otros) para remontar. Lo que nos faltó en el progresismo latinoamericano fueron políticas productivistas, no solamente redistributivas. Un modelo productivista que apuntale, independientemente de los flujos del mercado mundial, unas tasas de crecimiento y de excedente económico que permitan mantener la redistribución de la riqueza social, el crecimiento y el bienestar social. 

El segundo límite que hemos encontrado es el fruto de nuestras propias acciones. Un límite por el éxito, si quieres. Cuando tú entras al gobierno e impulsas una serie de reformas económicas, si son radicales, mejoras la calidad de vida de las personas. Hay una movilidad social ascendente, sectores indígenas y populares que tienen un mayor consumo, mejores ingresos… En el caso de Bolivia sacamos al 30% de la población de la pobreza, pero en el continente entero 70 millones de personas salieron de la pobreza, lo que no es poco. Eso trae modificaciones socioculturales de la población y es algo que el progresismo no supo entender. Es decir, el ascenso de sectores populares a reconocimiento, cargos de poder, mayor consumo, también trae una modificación de su composición social, expectativas y aspiraciones. El progresismo no supo entender, en ningún lugar, su propia obra. La sociedad ha cambiado gracias al progresismo, pero el progresismo no tiene respuestas para cómo avanzar en reformas de segunda generación productivas en la economía, ni tiene respuestas de cómo entender a ese sector popular emergente y ascendente que tiene otro tipo de expectativas y aspiraciones distintas a las de cuando estaba en la pobreza. Vas a ver lecturas enloquecidas, como aquella de decir que perdemos elecciones porque [esos sectores populares] son ingratos. Esas respuestas demuestran el límite cognitivo que tiene ahorita el progresismo para entender la realidad y no simplemente para sancionar la realidad y echarle a la culpa a otros por lo que son limitaciones e incapacidades temporales del progresismo.

Nosotros éramos el cambio al inicio del siglo XXI, cuando entra el progresismo latinoamericano: Venezuela, Ecuador, Bolivia, Chile, Brasil, Uruguay, Argentina, en parte Paraguay. Éramos los abanderados del cambio. Pero estos límites en la segunda década del siglo XXI han llevado a que quienes abanderen el cambio sean las fuerzas conservadoras, las fuerzas de la derecha. Hay límite en el crecimiento, no hay redistribución, hay malestar social, te falla la economía, no entiendes bien las expectativas de la gente y la derecha dice “eh, nosotros sí los entendemos, amigos, nosotros sí vamos a mejorar el país”. Ellos también tienen problemas para remontar la crisis, para superar este tiempo liminal. Bolsonaro no lo logró. Ahora Milei lo intenta, pero después de un experimento ultraliberal le tienen que mantener con anabólicos de la Fed [Reserva Federal] norteamericana, porque el libre mercado no se sostiene, se cae.

En un contexto europeo muy derechizado en prácticamente todos los países, aparece España como una excepción, al menos desde el punto de vista institucional, aunque muchas veces tengamos la sensación de que el gobierno está a la defensiva ideológicamente y que la discusión pública se está dando en unos términos que son más beneficiosos para las derechas. ¿Cómo ves la situación en España?

España es un espacio muy particular, muy singular en el contexto europeo. Allí hubo un quiebre cognitivo cuando sucedieron los acontecimientos de inicios de la segunda década del siglo XXI, con la emergencia de Podemos, la posibilidad del sorpasso frente al PSOE y, ante todo, una especie de disponibilidad colectiva, nuevas creencias, nuevos liderazgos, nuevas palabras, nuevos significados, que se dio no solamente en la intelectualidad y los sectores más ilustrados, sino en el conjunto de la sociedad española misma. Ese es un elemento de quiebre, porque va a dar lugar a una voluntad de transformación, que luego va a ser canalizada por el PSOE, por mejor liderazgo, mayor mirada y trayectoria anterior de partido. La izquierda más emergente no la supo canalizar y rápidamente lanzó la toalla y el PSOE captó eso. También, por supuesto, generó la contraparte de la emergencia de Vox y la radicalización de las derechas tradicionales del PP. Es un gobierno que ha logrado mantenerse, en un contexto continental totalmente adverso, por una cierta virtud personal del presidente Sánchez, con una serie de actos que cuando parece que ya está enterrado renace como Lázaro de la noche a la mañana. Es un tipo de virtud, en el sentido de El príncipe de Maquiavelo, que tiene que acompañar a un gobernante. También es el único gobierno que, pese a todo, se ha animado a tomar una serie de reformas, moderadas, pero siempre ha ido más allá. A diferencia de otros gobiernos de la socialdemocracia que se han quedado paralizados en el estupor y en la adecuación a este conservadurismo continental, España ha tomado medidas. 

Con respecto a  Palestina, por ejemplo.

Y no solamente en el tema de Palestina, sino en el conjunto de medidas económicas que ha ido tomando, con el tema de las pensiones, con el tema de los salarios, pequeños reconocimientos que no hablan de una gran transformación de las relaciones laborales, pero que le han dado respiro a Sánchez para mantenerse durante todos estos años. El progresismo que llega en estos tiempos de crisis global al gobierno no puede apuntar a una dirección de gestionar el sistema. Eso es su derrota. Para quien sea, en tiempo de crisis, tanto para las extremas derechas como para las izquierdas, gestionar lo existente no funciona. Eso funcionaba en los ciclos largos, que duran como 40 años. En el ciclo neoliberal, desde fines de los setenta hasta el año 2010, podías gestionar y meramente tener diferencias entre izquierda y derecha en función del temperamento del líder o de cierta discursividad, pero en tiempos de crisis no. Tienes que dar pasitos, siempre un paso más adelante. Si te quedas, estás perdiendo. Creo que en España ha sucedido eso. En estos años complicados el gobierno de coalición ha podido subsistir porque mal que mal ha tomado un conjunto de medidas en la economía y también, por supuesto, en el ámbito político y cultural. Pero claramente está la defensiva.

En verdad todos están a la defensiva. Aún un gobierno de derechas siempre está a la defensiva. Aún Trump está a la defensiva. Se imagina a la defensiva para combatir lo que considera un mal global, unas élites globalistas que le quitan el trabajo al norteamericano blanco de cuello azul. Aunque abandera el cambio, pero se cree a la defensiva frente a lo que considera una especie de conspiración global contra ellos. No creo que eso vaya a variar todavía, por lo menos en una década, ni en España, ni en Europa, ni en Inglaterra, ni en América Latina. Es la actualidad del tiempo liminal. Es un momento en que cualquier iniciativa siempre está en minoría. Porque aún no se ha definido el nuevo modelo de acumulación y legitimación que ha de durar los siguientes 40 años. Tengo una lógica de ciclos, de fases del capitalismo: liberal en 1870, entra en crisis en la Primera Guerra Mundial, tiempo liminal (lo que Gramsci llamó el “interregno”, aunque él imaginaba que iba a venir el socialismo), se arregla en los años 40 con el fin de la Segunda Guerra Mundial, dura hasta los años 70, nuevamente crisis, tiempo liminal, se consolida el neoliberalismo hasta los años 2000, entra en crisis… 

Álvaro García Linera en el Kuivi. Foto: Alejandro Nafría

Estamos ahorita en el tiempo liminal. En tanto no se defina un nuevo ciclo de acumulación económica, tecnológica y redistributiva, de metabolismo entre ser humano y naturaleza y un nuevo sistema de legitimación, lo que vamos a tener son estos intentos a la defensiva, de izquierdas a la defensiva, de derechas a la defensiva, de extremas derechas a la defensiva, cada cual más agresiva frente al otro. ¿Hasta cuándo? Hasta cuando el mundo se vaya adecuando a un nuevo modelo de acumulación. La idea del tiempo liminal es esa: sabes de dónde vienes, pero no sabes a dónde vas. No existe porvenir en el cual adecuar el horizonte predictivo de las sociedades y las personas. Creo que va a triunfar cuando varias experiencias nacionales o regionales se vayan consolidando, vayan siendo más perseverantes y se puedan expandir en base a un nuevo régimen de acumulación económica. Mientras no suceda eso, y no se ve hasta ahorita, vas a tener ese tipo de crisis políticas y de debilidades de los regímenes y de los gobiernos que se están sucediendo. El tiempo liminal mundial es un tiempo en que se derrumba un sistema hegemónico, no surge uno nuevo y lo que tienes son protosistemas que buscan hegemonía. Un tiempo de victorias cortas y de derrotas cortas.

¿Será Trump esa salida? Tal vez. Está por verse. Es una opción más. El progresismo fue un intento latinoamericano de encontrar una salida. Su límite fue que solamente fue regional, no se logró expandir al mundo. ¿Lo que está haciendo ahora la Unión Europea, con Alemania a la cabeza, será el modelo, intentando mantener el globalismo, la multipolaridad basada en normas? Parece que no. ¿Será la de Trump en este neoliberalismo interno y proteccionismo externo? Quién sabe ¿Será el modelo chino de un globalismo con una fuerte presencia del Estado internamente? Quién sabe. Son distintos modelos que están pugnando por definir cuál se convertirá en el modelo de acumulación a futuro. Pero en tanto eso no suceda, vas a tener de ambos lados experiencias fracturales, experiencias cortas. El mundo aún no ha definido su destino. Creo que vamos a seguir viviendo en este interregno por lo menos una década más o una década y media. No veo una salida muy rápido. 

A la hora de imaginarte la salida de este tiempo liminal, ¿qué rol crees que podría tener un factor como el ecologismo y la lucha contra el cambio climático? 

Nunca se sabe en torno a cuál de las banderas se unificará la voluntad popular. ¿Será el salario? ¿Será la dignidad frente a agravios externos? ¿Será el ecologismo? ¿Será la necesidad de proteger tus recursos naturales? Las banderas, los significantes en torno a los cuales se constituye una unificación de lo popular y se construye un tipo de pueblo con la capacidad de movilizarse públicamente, de interpelar a los poderes y de imaginar un horizonte diferente, no están definidas. Hay compañeros que dicen “será el ecologismo” y hacen un gran esfuerzo y trabajan en torno a eso. Qué bien, adelante, ojalá sea en torno a eso. Pero hay compañeros, en Francia, por ejemplo, que dicen “creo que la clave está en cómo logramos una nueva identidad republicana basada en esta cualidad tan diversa de nuestra sociedad y en acabar con las políticas de austeridad”. Tal vez sea por ahí. En otros países con otros problemas dirán “el problema está en cómo garantizas que haya combustibles suficientes (caso de Bolivia) para que la gente lleve adelante sus actividades y se mantenga el reconocimiento de los pueblos indígenas”. Uno no puede definir la bandera correcta y la bandera incorrecta. Quienes hacen eso no entienden lo que es un proceso de transformación social o lo entienden a partir de leer un libro. La manera en que lo popular (no el grupo de amigos), la gente a la que cotidianamente no le importa la política, no le importa lo que hacen los gobernantes, está preocupada por el ingreso de los hijos, su deuda… ¿qué tema los podrá unificar y despertar el entusiasmo, la adicción y la esperanza? No sabemos cuál será. Hay que intentar todos. Un activista, un militante revolucionario, no restringe las banderas en torno a las cuales va a buscar unificar a lo popular. 

Te pongo el ejemplo del caso de Bolivia cuando se inició el ciclo progresista. La derecha era triunfante, tiempos neoliberales, privatización, todo el mundo hablaba de eso. Las izquierdas marginales decían que el tema tenía que ir por el lado del obrero nuevamente. Y resultó que estalló por el tema del agua. Nadie creyó que iba a ser el tema del agua, un tema secundario. A partir del tema de la tarifa del agua se fue expandiendo al tema de la propiedad del agua y luego se expandió al tema de los recursos naturales públicos de las comunidades. Y tuviste un levantamiento social de gigantesca dimensión que cambió el país. ¿Quién había adivinado que iba a ser dado? Nadie. El activista tiene que estar atento, palpar los rumores subterráneos que no se ven en la mentalidad de la gente de a pie, de la gente cotidiana, del trabajador, del joven, del vendedor, del que está en la casa, del migrante. Ahí ves cuáles son los elementos que logran activar. Para enfrentar estos tiempos yo no me debería decir “este es el tema decisivo”. Ten abiertas las antenas a todos los temas y esfuérzate por trabajar e impulsar todos los temas posibles. Habrá alguno que articulará a los demás. Cuando eso suceda: adentro, adentro.

“En el caso del progresismo latinoamericano, el tema central siempre es la economía”

En el caso del progresismo latinoamericano, el tema central siempre es la economía. Pero no siempre la economía se muestra, como dicen los libros, con un estandarte de clase. Los temas de la economía tienen otras formas de presentarse, que tienen que ver con la memoria histórica, la tradición, la herencia de agravios, los lenguajes populares… pero cuando tú rascas, vas a ver que tiene que ver con un tema de ingresos y de bienestar material de las personas. La izquierda tiene que ser lo suficientemente lúcida para tener la mente abierta, para estar atenta e impulsar esos temas. El progresismo, en la primera oleada, no tomó en cuenta el tema medioambiental. Estaba preocupado con los temas de economía, redistribución, etc. Ahora, en una segunda oleada de reformas, está claro que tiene que incorporar los temas medioambientales, que son temas de interés mundial, pero también está claro que hoy por hoy no es un tema que unifique a la totalidad de los sectores populares. Lo toman en cuenta, lo consideran como parte de un bagaje a ser reivindicado, pero ahorita, por ejemplo, en el caso de Bolivia, Argentina, Brasil o Colombia, a esa gente le preocupa más si va a tener el ingreso hasta fin de año, si su hijo va a poder ir a la universidad o si va a conseguir un trabajo. El tema ecológico también, por supuesto, no lo rechazo, pero no es el que está articulando la expectativa colectiva, por una sencilla razón: las condiciones de vida de la población latinoamericana son, en general, precarias. En Bolivia apareció con una fuerza movilizadora gigante el tema indígena, sí, pero tenía en el fondo el tema del poder económico: cómo los indígenas tenían que tener fuerza económica decisoria, ser ciudadanos con la capacidad de poder, también económico y no meramente de ser subalternos al servicio de las pequeñas élites blancoides o pseudo-blancoides que hay en Bolivia. Ciertamente el tema indígena jugó un papel muy relevante, fue un buen gatillador que tenía en el fondo un tema de disputa de poder político y de poder económico, es decir, de ciudadanía plena para los sectores que durante siglos fueron marginados. 

Un tema que no fue visto con la importancia debida en el primer ciclo, el tema ecológico, hoy tiene que ser incorporado, no solamente en términos de qué significan las políticas productivistas a largo plazo, sino también por la preocupación social de una nueva generación de jóvenes formados en la expectativa y el interés del tema medioambiental y en la propia herencia de los pueblos indígenas originarios. Hoy se convierten en temas relevantes, pero no los veo todavía definiendo el norte y siendo el gran articulador del resto de demandas y expectativas. No lo es todavía en América Latina y no creo que lo vaya a ser, por las necesidades materiales pendientes que aún tiene la sociedad latinoamericana en su conjunto. En el caso europeo está claro que el tema medioambiental es un tema de primer orden, pero no estoy seguro que sea el tema decisorio y unificador. Quizás lo vaya a ser, ojalá lo vaya a ser. ¿Cuándo va a ser el momento en que eso suceda? Cuando sea un tema de preocupación de sectores populares, no solamente de sectores formados, medios o académicos, sino también como parte del europeo de a pie. En ese momento, sin duda, el tema ambiental se convertirá en el gran articulador, en el gran imán que alinea al resto de demandas y expectativas sociales. En todo caso hay que desplegar la actividad, las luchas, la solidaridad, en todos los niveles que sean posibles. 

Al fin y al cabo el tema medioambiental no es un tema moral, es también un tema con gran raíz económica. Tiene que ver con el destino de tu especie, el destino de tus hijos, de tus nietos, de los que vendrán, sus condiciones de vida, la posibilidad de una vida más o menos digna o la posibilidad de un entorno biológico y de vida tolerable para el desarrollo humano. El tema ecológico es también un tema económico y por eso creo que, dependiendo de las circunstancias, puede desempeñar el eje articulador o bien puede quedar articulado en torno a otro tema que podrá surgir en la sociedad en algún momento. Pero ya forma parte del bagaje, de las preocupaciones y de las respuestas que tiene que comenzar a dar el progresismo de manera sostenida en el mundo entero. En Europa ya lo es desde hace años y en América Latina no lo es. Creo que gradualmente se está incorporando como un tema de preocupación importante. 

¿Cómo se ha pasado en Bolivia de un periodo de hegemonía política del Movimiento al Socialismo (MAS), con buenas tasas de crecimiento económico, reducción de la pobreza, redistribución de la riqueza y fuerte protagonismo popular de sectores indígenas y campesinos al momento actual en el que dos opciones de derecha se disputaron la segunda vuelta de las elecciones presidenciales? ¿Qué futuro le auguras al nuevo gobierno de Rodrigo Paz? 

En Bolivia, los grandes levantamientos de inicios del siglo XX, la guerra del agua en el 2000, la guerra del gas tres años después, fueron los terremotos sociales que transformaron la sociedad en el sentido de unificación de lo popular, de impugnación de las élites tradicionales, de disponibilidad a revocar creencias y a adoptar nuevas creencias unificadoras y articuladoras de su horizonte como sociedad. El MAS y Evo Morales fueron criaturas de esa gran efervescencia social. La virtud del MAS y de Evo fue entender ese despertar y canalizarlo de una manera efectiva, eficiente, audaz y transformadora. En esos primeros momentos nuestro gobierno era meramente una criatura dirigida por fuerzas que no controlaba. Así es siempre en un proceso revolucionario. Luego la acción colectiva, una vez que obtiene sus logros importantes y desplaza a las viejas élites y a las viejas creencias, se repliega a la vida cotidiana. No hay movilizaciones ni revoluciones perpetuas: inicio, estallido, fervor, catarsis, estabilización y luego viene el declive. No es por culpa de unos malos gobernantes que pasivizan malvadamente a la gente. No, la gente se repliega y delega ciertas cosas. Cuando esa delegación funciona eficazmente, ratifica esa delegación y vuelve a meter a gente de su entorno más cercano. Hay una renovación de las élites en el gobierno, entran sindicalistas, gente del campo, indígenas… 

Esas reformas que se iniciaron a inicio del siglo XXI lograron los datos que se manejan hoy día: 14 años de tasas de crecimiento del 5%, sacar al 30% de la gente de la pobreza, recuperar un papel activo del Estado en la economía (que pasó de controlar el 12 o 13% a controlar el 35% del Producto Interno Bruto), un ingreso de sectores indígenas, campesinos, populares, ciudadanos a la gestión de gobierno, movilidad social ascendente de sectores indígenas, que se convierten no solamente en clases medias, sino también algunos en empresarios. Toda una transformación social. Esas transformaciones de empoderamiento político y económico, de reconocimiento social y de reconfiguración de las clases sociales en Bolivia son hechos que están ahí. No diría que son irreversibles, pero están ahí, independientemente del gobierno de Evo. Es una transformación de fondo de empoderamiento socioeconómico de sectores subalternos, que te han mostrado que no están dispuestos a que se les arrebate. Es el voto que ha decidido que no entre la derecha libertaria y casi pseudo-fascista de “Tuto” Quiroga y que entre otro sector de derecha, que está ahí por casualidad. En verdad, el gobierno de [Rodrigo] Paz es una casualidad de la historia. Podía haber sido otro. Podía haber sido Andrónico [Rodríguez], pero no supo capturar ese voto que se movía. No supo recogerlo con la gestualidad, la voluntad, la fuerza, la energía que se requiere para el combate electoral. La sociedad ha cambiado estructuralmente, lo están demostrando las elecciones. Veremos cómo hace el nuevo gobierno y la nueva correlación de fuerzas para desmontar esos cambios estructurales. 

Luego viene el nivel de los liderazgos políticos. Ahí es donde han surgido los problemas, donde se han comenzado a mostrar límites. Los líderes carismáticos surgen en cualquier lugar del mundo en tiempos de crisis muy agudas. No es un folklore latinoamericano, es un tema global. El tiempo liminal es un momento que da lugar a líderes carismáticos. Ese líder carismático, con mucha fuerza, muy representativo, no ha sabido conducir la transición del líder carismático al líder rutinal. El líder carismático siempre va a ser una persona muy influyente en la vida política, aún en su momento de declive. Pero tiene que tener la suficiente capacidad, después de un tiempo, de dar paso al líder rutinal. América Latina, con excepción de México, no ha tenido la capacidad de llevar adelante ese tránsito. Es un primer error político. Hay un aferrarse del líder carismático a su fuerza, a su papel. Ya sea por temas biológicos, por temas constitucionales o por temas políticos, no han dado lugar a una transición ordenada. El caso de México es el único de transiciones ordenadas, del líder carismático, que es López Obrador, a la líder rutinaria, que es Claudia Sheinbaum. En Bolivia no se dio y eso ha generado un primer cortocircuito internamente entre el presidente elegido por el líder carismático, que rompe y se dedica a la guerra para destruir al líder carismático. En respuesta, el líder carismático se dedica a destruir al presidente del Estado. Es una guerra fratricida, enloquecida, entre hermanos, que da lo que tienes ahora. 

“El tiempo liminal es un momento que da lugar a líderes carismáticos”

Un segundo elemento es una malísima gestión económica, desastrosa, del presidente Luis Arce. Muchas de las cosas que se hicieron hasta el 2019 se las ha desandado. Luis quería imponer su propio criterio de gestión económica para diferenciarse en algunas cosas de lo que hizo Evo y en otras cosas quiso mantener lo que hizo Evo. Lo segundo no lo hizo bien y lo primero tampoco. El gobierno ha tomado muy malas medidas que han llevado a una terrible crisis económica en Bolivia. Lo repito diez mil veces, la economía es decisiva. No es que todo es economía. Si tienes la economía estable, puedes hacer más cosas, temas identitarios… Pero si te va mal en la economía, nada puedes hacer. La mala gestión económica diluye lealtades y expectativas, genera frustración y malestar, habilita espacios de disponibilidad a oír nuevas propuestas, más conservadoras, más derechistas. El gran responsable de lo que está pasando en Bolivia de este regreso de la derecha es la muy mala gestión económica. Cuando tienes una inflación del 100 o del 150% olvídate de cualquier otra cosa, olvídate de otra serie de avances en derechos, porque la economía es lo central en torno a lo cual se anudan las lealtades más fuertes. En Bolivia la mala economía ha llevado a este desencanto con el MAS, a este enojo con el gobierno, a este hastío con la pelea interna y a la búsqueda de la gente de otros liderazgos políticos. 

La fuerza de la derecha, ese 30 o 40%, viene desde que estamos nosotros en el gobierno y ha vuelto a brotar con “Tuto” Quiroga o con Doria Medina. El otro bloque mayoritario que levantó al MAS es el que comenzó a variar. Se fragmentó, una parte se fue con Andrónico, otra parte se fue con el voto nulo, otra parte se fue con Paz. Al final se articuló en torno a Paz, que no es un representante propio de sí mismo, pero es un voto por rechazo a los otros. Lo curioso es que no solamente es eso, sino que a la vez es un voto más propenso a oír nuevas propuestas y nuevas ideas. Los temas de economía estatal, de redistribución de la riqueza, expansión del Estado comienzan a desaparecer del léxico (popular incluido) y temas como el emprendedurismo, el capitalismo para todos comienzan, no a despertar el entusiasmo, pero sí por lo menos a hacer levantar la ceja y decir “a ver, oiremos de qué se trata”. Lo que ha pasado en Bolivia es una derrota política terrible, una derrota de un proyecto político debido, en primer lugar, a una muy mala gestión económica del presidente Luis Arce. En segundo lugar, debido a una pelea interna que no supo resolver de manera amigable la transición del liderazgo carismático al liderazgo rutinario. Y en tercer lugar, a unas limitaciones propias de cómo abordar los problemas de la economía. 

Tanto del lado de Evo como del lado de Luis, el progresismo no ha producido un nuevo bagaje de propuestas lo suficientemente atractivas como para impedir primero el declive económico y una vez ya definido para poder remontarlo. Cuando tú ves el debate que hubo de parte de los candidatos sobre cómo se enfrenta la crisis económica en Bolivia, no había mucha diferencia entre lo que proponía la derecha de privatizar, respecto a lo que decía el progresismo de privatizar, pero no todo. La derecha decía “vamos a hacer ajustes económicos y vamos a subir los precios de los carburantes”. La izquierda decía “hay que subir los carburantes, pero quizás gradualmente”. Ya estábamos en su terreno. Ahí ya había la constatación de una especie de derrota ideológica de parte del progresismo, porque su manera de pensar la salida de la crisis económica difería en grado, no en esencia, de las políticas que ha planteado la derecha y la extrema derecha. 

Por eso decimos [que hay] un fin del ciclo político. No se ha dado ningún fin de la reconfiguración social del poder en Bolivia. Habrá que ver qué sucede. Las derechas extremas quieren llevar otra vez a los campesinos, a los indígenas a la servidumbre, no tengan la menor duda. Tienen ganas de volver a botar a los indios del poder, de la representación, de la identidad de Bolivia y de darle nuevamente la cara lavada, pseudoblancoide, modernista y ultraliberal. La extrema derecha va a intentar hacerlo. ¿Lo logrará? Espero que no. Pero está claro que ya no tiene que ver solamente con Evo y con el MAS. Tiene que ver con cómo se ha reconfigurado la estructura del poder en la sociedad boliviana, donde los indígenas hoy no son sujetos solamente de fotografía para turistas con su llamita y su poncho. Los indígenas de hoy son ciudadanos que están en todos los niveles de la jerarquía social, del poder económico, del poder intermedio, del poder político. Sacar a los indígenas del poder es el gran sueño de las élites oligárquicas bolivianas. No lo veo como algo fácil, independientemente de lo que pase con Evo o con Luis, porque es un tema estructural, que no depende solamente de un liderazgo político, sino tiene que ver con transformaciones materiales de la propia sociedad. 

Juan Ponte y Álvaro García Linera en la conversación. Foto: Alejandro Nafría

Está claro que a nivel político el proyecto MAS-Evo ha encontrado un límite. Llegaron a ser una mayoría hegemónica, en el buen sentido gramsciano del término. Hoy son una minoría decisora. De ser una mayoría hegemónica del 50% para adelante (hasta el 64% logramos en 2014) a ser hoy una minoría decisora. Es decir, es un 20-25% del voto político, que ya no te permite ser presidente, pero sin el cual no puedes ser presidente. El presidente Paz lo va a comprobar: sin el voto del MAS y de Evo él no iba a ser presidente. Así va a ser los siguientes años. Ya no tiene fuerza de mayoría el liderazgo de Evo, pero sin ese liderazgo no se puede hacer política, ni se puede ser presidente a futuro.

Para finalizar, acabas de publicar el libro El concepto de Estado en Marx (Akal). Puede existir a priori la idea de que no hay en la obra de Marx ni una teoría propiamente política ni tampoco una teoría del Estado. Contra esa interpretación, identificas en el corpus marxista elementos valiosos para pensar el Estado en el mundo contemporáneo. 

Creo que es el libro más atrevido que he escrito. El primer atrevimiento que ya me puedo dar a mi edad es decir a los amiguitos que decían que no hay una teoría del Estado en Marx “se equivocan, amiguitos”. Que Marx no haya escrito un tratado sobre el Estado, que lo quiso hacer, es otra cosa. Pero a lo largo de toda su obra está explícita e implícitamente presente una revolucionaria teoría del Estado que le permite abordar temas estructurales de fondo. El concepto de valor, tan debatido hoy día en el marxismo, no es comprensible si no entiendes el concepto de Estado de Marx. Es en el Estado que trabaja el concepto de “abstracción objetiva” y luego lo aplica al tema del valor. Esa es la primera hipótesis. 

La segunda hipótesis que lanzo es que dentro del marxismo, en los últimos cien años, no se ha entendido el concepto de Estado de Marx. Se lo ha reducido a máquina, opresión, dominación o engaño y es muchísimo más que eso. Hay un capítulo al inicio del libro dedicado a ajustar cuentas a los teóricos marxistas y al pensamiento crítico más relevante de los últimos cien años sobre el Estado. La tercera hipótesis fuerte que manejo en el libro es que el Estado es lo común de una sociedad. Es un común pervertido, corrupto, pero es un común. Es el gran común de la sociedad moderna y ahí radica su fuerza de atractiva. El Estado no requiere permanentemente la violencia para ser obedecido en sus acciones principales, ni requiere el engaño perpetuo para ser aceptado en las decisiones que toma. Eso sucede, el Estado engaña y también reprime, pero no es fundamentalmente eso. El Estado puede ejercer su soberanía y su poder de acatamiento de las sociedades enteras porque representa lo común que tiene esa sociedad. Es un común corrupto. ¿Por qué es corrupto? Porque no es un común directo, no es un común gestionado comúnmente. Es un común abstraído, devaluado, degenerado y retorcido. Ese retorcimiento es el monopolio. El concepto de Estado de Marx es eso: lo común de una sociedad por monopolios. Es un común corrupto por el monopolio, por la centralización de las decisiones, pero es común a la sociedad. 

Es en el monopolio donde se da lugar la cualidad de clase de un Estado. Marx le denomina a eso, en El 18 Brumario, el interés general de clase. Hay una mediación entre la clase, el interés de unos cuantos, y el interés general. Ahí es donde se juegan todas las partidas de la hegemonía, la dirección, la búsqueda de consensos, etc. Hago una propuesta de ese calibre en este libro. Sé que rompe muchas de nuestras tradiciones dentro del marxismo, pero creo que es necesario este sacudón cognitivo. ¿Por qué hago todo esto? Porque las herramientas que tenemos dentro del marxismo, de las izquierdas, para entender el Estado son deficientes. Ese reencuentro y ese rescate a Marx, lo digo personalmente, sigue siendo el horizonte insuperable de nuestro tiempo. Sigue dándonos las mejores herramientas para entender el presente y transformarlo. Porque si no vivimos una lógica bien esquizofrénica: dicen que hay que destruir el Estado, que es una máquina que nos oprime, que nos destruye y al día siguiente están yendo a recoger su salario de profesor o están yendo a pagar sus impuestos. ¿Cómo es eso? Incluso en términos existenciales dentro del marxismo esta reflexión se me hace sana. No es que eres dos tipos, no es que estás esquizofrénico. El Estado te involucra, el Estado es parte de ti. El Estado es una forma de unificación de toda la sociedad, incluido tú, que hablas contra el Estado. Y está bien que hables contra el Estado, porque hay que superarlo, hay que destruirlo. Pero sabiendo entender dónde está la clave. La clave va a estar en cómo construyes un común no pervertido, no corrupto, un común, no de tu escuelita, de tu barrio o de tu grupo de amigos, un común general, universal, de todo tu país primero, que no esté supeditado a monopolios, es decir, a la decisión de pocos sobre lo que es común a todos. 

Sin duda que es un texto para el siglo XXI. No es un texto melancólico, ni repite las viejas certidumbres con las cuales nos hemos educado como marxistas. Al contrario, esas certidumbres de cien años eran erróneas. Es un libro para el militante. No quise hacer un bodoque de ochocientas páginas para que la gente lo coloque como almohada o como ladrillo para que el viento no empuje la ventana. Quise hacer un libro más pequeño, más comprimido, a la vez más didáctico, pero útil para la batalla política del siglo XXI.

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