A medio siglo de los Acuerdos Tripartitos de Madrid, Asturias vuelve a mirar hacia el sur. El 15 de noviembre, un autobús saldrá desde el norte para unirse en la capital a la concentración estatal que exige lo mismo que se reclamaba en 1975: el fin de la ocupación del Sáhara Occidental y el reconocimiento del derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro.
Cincuenta años después, la historia sigue abierta. Pero también sigue abierta la solidaridad, y Asturias ha sido uno de los territorios donde ese hilo no se ha roto nunca. Ha atravesado la transición, el viejo movimiento asociativo, los viajes a los campamentos, las jaimas de Tinduf, los veranos de Vacaciones en Paz, los archivos jurídicos de los años setenta y las caravanas de ayuda humanitaria que han salido de la región durante décadas. Una secuencia de medio siglo donde se mezclan memoria política, compromiso civil y vínculos familiares.

Esta historia puede contarse a través de dos voces que representan miradas distintas pero complementarias de la misma época: Antonio Masip, abogado, exalcalde de Oviedo, protagonista del primer impulso jurídico-político en 1975; y Juan Luis Vallina, militante histórico de la izquierda asturiana y socio fundador de la Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui en 1988. Ambos tienen edades y trayectorias vitales próximas, pero encarnan papeles muy distintos dentro del marco común de la solidaridad. Sus relatos, puestos uno junto al otro, trazan el mapa completo de estos cincuenta años.
1975. El recurso que encendió la primera llama
La solidaridad asturiana no nació como una organización ni como un movimiento social, sino como un gesto jurídico. El 19 de noviembre de 1975, un día antes de la muerte de Franco, Antonio Masip y su compañero de despacho, Marcelino Arbesú, presentaron un recurso de contrafuero contra la ley mediante la cual el régimen cerraba en falso la descolonización del Sáhara Occidental y transfería el territorio a Marruecos y Mauritania. Fue un acto solitario, pero cargado de significado. La noticia la recogió la agencia Reuters y llegó hasta Argelia, donde el gobierno del presidente Houari Boumedienne invitó a Masip a viajar a Argel. A partir de aquel episodio singular, comenzaron a articularse los primeros contactos entre españoles críticos y los representantes saharauis.
“Masip señala que, ya durante sus primeros años como alcalde de Oviedo, la causa saharaui gozaba de gran simpatía entre la ciudadanía asturiana”
Masip recuerda aquellos días iniciales como un momento de intensa actividad jurídica y política, aún en pleno franquismo o en su agonía. Habla de la sensación de ver cómo se cerraba una etapa histórica y cómo, sin embargo, surgía de inmediato otra completamente distinta. “El Sáhara fue abandonado de manera injusta”, afirma. “España seguía siendo potencia administradora. No podía lavarse las manos entregando aquello a Marruecos y Mauritania”.

Durante esa época viajó varias veces a Tinduf y al territorio saharaui, cuando la guerra entre el Frente Polisario y Marruecos estaba en plena ebullición. Había, dentro y fuera de Asturias, un pequeño núcleo de abogados, sindicalistas y militantes que empezaban a comprender que aquel conflicto no sería un episodio breve ni ajeno. Asturias aún no había organizado su movimiento solidario, pero el clima social y político de la transición lo estaba haciendo posible.
De la transición a los ochenta: la simpatía crece
Masip señala que, ya durante sus primeros años como alcalde de Oviedo, la causa saharaui gozaba de gran simpatía entre la ciudadanía asturiana. Eran los años de consolidación democrática, y la memoria de la responsabilidad española en el Sáhara seguía muy presente en buena parte de la población. Aunque los ayuntamientos carecían de competencias internacionales, muchos de ellos se implicaban moralmente con la cuestión, colaborando en apoyo logístico, en actividades de sensibilización o en iniciativas solidarias que daban sus primeros pasos.

En ese ambiente comenzaba también a moverse Juan Luis Vallina, aún lejos de fundar la asociación pero ya integrado en los espacios políticos y vecinales donde la cuestión saharaui se seguía con atención. La transición asturiana fue terreno fértil para múltiples solidaridades internacionales, y Vallina participó en ese hervidero que mezclaba sindicalismo, cultura política de izquierdas y sensibilidad hacia las luchas de descolonización. Aunque su relación directa con el Sáhara llegaría más tarde, formaba parte de esa generación que vio los Acuerdos Tripartitos como un abandono injusto y que asumió, casi naturalmente, que España tenía una responsabilidad pendiente.
El clima general, en suma, era propicio. Movimientos vecinales fuertes, redes de militancia activas y un sentimiento extendido de que el Sáhara seguía atado a la historia española crearon el suelo sobre el que, pocos años después, nacería la Asociación Asturiana de Solidaridad.
1988. La fundación de la Asociación Asturiana.
El salto definitivo llegó en 1988. Juan Luis Vallina recuerda con detalle aquel acto fundacional. La convocatoria se hizo en el salón central de la Caja de Ahorros, en La Escandalera. Acudieron más de doscientas personas. Izquierda Unida hizo la llamada inicial, pero sus propios militantes dejaron claro desde el primer momento que la asociación debía ser completamente ciudadana. “No queríamos una organización de partido”, cuenta Vallina. “La idea era que el movimiento fuera plural, abierto y autónomo”.
“La asociación organizó viajes anuales a los campamentos, a menudo mediante vuelos chárter que llenaban cooperantes, familias, activistas y cargos públicos de distintos municipios y colores políticos”
Aquel día, con la presencia del representante del Frente Polisario en España, nació la Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui. En las semanas siguientes comenzaron a organizarse los primeros viajes a los campamentos y las primeras recogidas de material. ALSA donó un autobús, que se cargó de medicinas, alimentos y ropa. Vallina viajó a Tinduf en aquel primer envío. Fue el inicio de un flujo constante.

La asociación firmó también acuerdos de colaboración con entidades como COFAS para recoger excedentes de material sanitario, y se abrieron los primeros contactos con ayuntamientos que poco después empezarían a hermanarse con distintas dairas saharauis. En poco tiempo, Asturias se convirtió en uno de los territorios más activos del Estado español en la cooperación con los campamentos.
Los años de mayor intensidad
Entre mediados de los noventa y finales de los dos mil se vivieron los años de mayor actividad. La asociación organizó viajes anuales a los campamentos, a menudo mediante vuelos chárter que llenaban cooperantes, familias, activistas y cargos públicos de distintos municipios y colores políticos. Vallina recuerda cómo aquellos viajes servían para “romper distancias” y para que quienes tenían responsabilidades públicas entendieran sobre el terreno las condiciones del pueblo saharaui. Esa experiencia directa permitió fortalecer la red institucional en Asturias.

Durante ese periodo se enviaron ambulancias adquiridas en Gibraltar, camiones que habían sido usados para servicios municipales, todo tipo de vehículos, material escolar y sanitario, y se puso en marcha la casa juvenil Asturias–Dajla. Los hermanamientos entre concejos asturianos y dairas saharauis multiplicaron la cooperación municipal y crearon vínculos que permanecen todavía.
Era un movimiento transversal. Había activistas de partidos, pero también personas sin militancia que dedicaban tiempo, recursos y vacaciones a la causa. Asturias llegó a ser uno de los principales territorios del Estado en envío de ayuda y en número de familias implicadas en los programas de acogida.
Vacaciones en paz: el puente humano
Dentro de esa historia colectiva, Vacaciones en Paz ocupa un lugar central. El programa, que permite que niños y niñas saharauis pasen los veranos con familias asturianas, tiene sus primeras experiencias en los años en que Masip era alcalde de Oviedo. El ayuntamiento se implicó en facilitar espacios y apoyo a las familias que acogían. No era un programa estructurado, pero sí una puerta que se abrió y permitió que decenas de menores saharauis empezaran a venir a Asturias y otras regiones.
“Asturias llegó a acoger cerca de trescientos niños por verano en sus mejores años.”
La Asociación Asturiana consolidó el proyecto, ya en los noventa, hasta convertirlo en una de las iniciativas más conocidas y queridas de la solidaridad con el Sáhara. Los menores recorrían a veces miles de kilómetros desde sus jaimas hasta el aeropuerto de Ranón, pasando por controles y vuelos agotadores. Para muchos era la primera vez que salían de los campamentos, que pisaban una ciudad europea, que veían el Cantábrico o probaban un helado en verano. Algunos aprendían las primeras palabras en español mirando a su alrededor; otros lo recordaban de sus escuelas en los campamentos.

Asturias llegó a acoger cerca de trescientos niños por verano en sus mejores años. Las despedidas en agosto eran rituales largos y emocionados, y muchas relaciones continuaron a lo largo del tiempo, con visitas, llamadas o incluso reencuentros entre familias años después. Hoy el programa sigue vivo, aunque reducido a decenas de menores por cuestiones presupuestarias y logísticas. Sigue siendo, en cualquier caso, el vínculo humano más profundo que une a Asturias con el Sáhara Occidental.
La asociación hoy
La Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui ha superado ya las tres décadas de actividad. Reúne a más de cuatrocientas personas y forma parte tanto de CEAS–Sáhara como de la Coordinadora Asturiana de ONGD. Mantiene un trabajo constante en materia de sensibilización, cooperación sanitaria y educativa, así como en la organización de actividades públicas en apoyo al derecho internacional.

Vallina reconoce que los tiempos han cambiado: “Hoy hay menos recursos institucionales, menos apoyo político, menos capacidad de movilización. Pero seguimos trabajando. Porque aún hay necesidades enormes y porque el conflicto sigue abierto”. Masip coincide en que, aunque la política exterior española ha dado bandazos, la solidaridad social con el Sáhara ha sido firme durante décadas.
En los últimos años han disminuido las partidas presupuestarias destinadas a cooperación, pero la asociación mantiene viva la red de familias y socios, organiza charlas y actividades educativas y, sobre todo, sigue conectada con los campamentos saharauis, que dependen aún en buena parte de la ayuda humanitaria internacional.
Política, legalidad y futuro
La dimensión política del conflicto aparece de forma inevitable en los testimonios tanto de Masip como de Vallina, aunque cada uno la aborda desde ángulos distintos.
Masip, con su experiencia jurídica y su memoria internacional, insiste en que el derecho a la autodeterminación está reconocido de forma clara en la sentencia del Tribunal Internacional de Justicia del 16 de septiembre de 1975 y en sucesivas resoluciones de Naciones Unidas. Señala que el giro reciente de la política exterior española, alineado con la propuesta de autonomía de Marruecos, contradice décadas de posicionamientos anteriores. Recuerda, además, que diversos líderes africanos, entre ellos Nelson Mandela, apoyaron siempre la causa saharaui, y que en Europa también hubo parlamentarios que defendieron la necesidad de un referéndum.
Un autobús recorrerá la distancia entre Asturias y Madrid para participar en la concentración estatal del 15 de noviembre
Vallina, por su parte, centra su análisis en la estructura política del Reino de Marruecos y en la falta de garantías que tendría un sistema autonómico. “Marruecos no es un Estado descentralizado”, explica. “No hay posibilidad de que los saharauis gestionen sus recursos, ocupen cargos en instituciones clave o ejerzan derechos en igualdad”. A su juicio, la autonomía es un concepto vacío que no resuelve la cuestión fundamental: el derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro.
Ambos coinciden en que el conflicto está atravesado por intereses geopolíticos, que van desde Estados Unidos hasta Mauritania, pasando por fuerzas regionales que dificultan cualquier avance. Pero también comparten una convicción: la causa saharaui tiene una legitimidad jurídica sólida y una fuerza moral que no ha sido derrotada, a pesar de medio siglo de ocupación.
50 años después, el autobús vuelve a Madrid
Medio siglo después de los Acuerdos Tripartitos, la Asociación Asturiana vuelve a movilizarse. Un autobús recorrerá la distancia entre Asturias y Madrid para participar en la concentración estatal del 15 de noviembre, el cual se hace todos los años, pero que este coincide con el aniversario de 1975. Es un gesto que simboliza continuidad y resistencia. “Yo ahora no puedo viajar”, admite Vallina, “pero estoy con ellos. La causa no se puede dejar caer”.

El lema de la jornada es claro: “¡Basta de 50 años de ocupación!”. La reivindicación, la misma que en 1975: libertad, autodeterminación, reconocimiento. Asturias no ha olvidado.
Lo recuerdan Masip y Vallina, pero también lo recuerda un movimiento que ha sobrevivido a décadas de cambios políticos, crisis económicas y desinterés institucional. Lo recuerda cada familia que acogió a un niño, cada voluntario que viajó a Tinduf, cada ayuntamiento que mantuvo un hermanamiento, cada persona que, año tras año, siguió enviando material o participando en una marcha.
Cincuenta años después, el conflicto persiste, pero la solidaridad también. Y en esa constancia, Asturias ha escrito una de las páginas más duraderas y coherentes de apoyo al Sáhara Occidental en todo el Estado. Una historia que sigue abierta y que, como cada noviembre, vuelve a ponerse en marcha. Cincuenta años después, Asturias sigue mirando al Sáhara.



























