Luis Ángel Sánchez Gómez es antropólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Casado con una ovetense, un día paseando por la ciudad le llamó la atención la capilla del antiguo hospital psiquiátrico de La Cadellada, diseñada por el arquitecto Manuel Bobes, autor también de La Malatería y otros edificios en la capital asturiana. Lo que empezó como una curiosidad acabó tomando la forma, tras varios años de trabajo, de un libro de más de 400 páginas: “La Cadellada. Una historia del hospital psiquiátrico provincial de Oviedo”, publicado por la editorial Trea.
Dice que La Cadellada marca un antes y un después en la atención psiquiátrica en Asturias: ¿de qué modo lo hace?, ¿cuál era el planteamiento previo?
Previamente era un tema de control y dominio. La atención a los enfermos mentales era bastante deficiente. A mediados del siglo XIX se hace un primer sondeo para examinar la situación de estas personas, y se comprueba que no hay atención pública. El Estado se compromete a levantar hospitales públicos, pero finalmente solo se hace uno, en Leganés. Entonces se continúa con el modelo anterior, que es que los hospitales religiosos o fundaciones piadosas se ocupen del cuidado. En los años veinte del siglo XX ya empieza a haber hospitales públicos. Por entonces, atender en realidad significaba recluir, aunque en Oviedo no se los recluye definitivamente. Si era para encerrar de por vida, se les mandaba a Zaragoza o al manicomio mayor de Valladolid. La Cadellada rompe con todo esto y pone en marcha un hospital nuevo, siguiendo el modelo francés que se separa de los grandes bloques de hormigón.

¿En qué momento y de qué manera se empezó a idear el proyecto?
En 1910, solo trece años después de la apertura del anterior hospital psiquiátrico de Llamaquique, empiezan los debates en la Junta General del Principado. Se habla entonces de la necesidad de ampliar y cambiar aquello, que se había quedado pequeño por el aumento de la demanda. En esos años diez y veinte se empieza a ver que la atención a los locos es fallida, se publican reportajes sobre las condiciones de vida dentro de los manicomios y hay una serie de psiquiatras con conciencia social que denuncian las pésimas condiciones en las que viven. Asturias no es ajena a todo esto. Y ya se empieza a hablar de hospital psiquiátrico y no de manicomio.
Arquitectónicamente, ¿cómo se proyecta el complejo?
La idea era plasmar lo que se hacía en Francia, Alemania y otros lugares de Europa en esa primera década del siglo XX. Se plantea que el modelo de edificios enormes, con salas gigantes agrupando a la gente en lugares cerrados con muros, no es lo más adecuado para recuperarse. Se planifican pabellones pequeños, en entornos arbolados, con jardines y menos pacientes-aunque eso finalmente no se pudo cumplir por la alta demanda. Se quería crear una pequeña ciudad en la que los enfermos se sintiesen en un entorno agradable donde pasear, con campos de labranza, jardines y fuentes. Y evitar que haya muros, para que los pacientes pudiesen ver el horizonte y evitar la sensación de estar en una cárcel. La idea no era crear un gran bloque hospitalario, sino un espacio abierto donde los enfermos tengan cierta libertad.

Durante la guerra civil se vive un episodio terrible en el psiquiátrico
Cuando estalla la guerra y el golpe triunfa en Oviedo, La Cadellada es el espacio más alejado del centro de la ciudad controlado por el ejército golpista. El asedio es intenso, y el personal-buena parte era de ideología izquierdista-decide marchar con los enfermos, y salen hacia Villaviciosa. Llegan al convento de Valdedios, donde se instalan durante un año con entre 100 y 200 enfermos. Estuvieron allí sin demasiados problemas, hasta que la guerra acaba en Asturias y llega un batallón al concento. En octubre del 37, alguien llega con una lista y esa noche ejecutan a al menos 17 miembros del personal, una de ellas tenía 18 años. Fue algo que estuvo oculto durante décadas, y los cuerpos no se recuperaron hasta 2002.
¿Cómo funcionaba y en qué consistía esa “nueva normalidad” que usted dice que era la psiquiatría de la época franquista?
Tras la guerra empieza un proceso de reconstrucción del hospital que, antes, entre octubre del 37 y abril del 38, funciona como el mayor campo de concentración de Asturias. Rondaban entre los 4500 y 5000 prisioneros en medio de las ruinas. Simplemente alambraron el perímetro y allí los tuvieron. Entonces, esa nueva normalidad se inicia en 1939 y dura hasta principios de los 70, con el intento de reforma de López Muñiz. La realidad es que existe cierta continuidad de los planteamientos republicanos durante el franquismo. Existe una psicología franquista, con Vallejo-Nágera en la inmediata posguerra, que habla de la degeneración marxista que hay que reprimir y todas esas cosas. Pero la psiquiatría hospitalaria no tiene nada que ver con lo que él propone ni tiene esa vertiente tan represora como podríamos imaginar. En La Cadellada se hacía lo que hacían todos los psiquiatras de España y de buena parte de Europa. No es cierto que La Cadellada fuese un entorno de pura y dura represión, aunque hay que decir que a los llamados enfermos irrecuperables sí se les encierra y se les hacen cosas brutales. El principal problema que había era la falta de recursos y el hecho de que sus responsables principales trabajaban en el hospital como beneficencia pública, pero tenían su consulta privada, a la que le dedicaban más tiempo.

¿Y por qué tipo de trastornos ingresaba la gente en esa época?
Obviamente, ingresa gente con algún tipo de enfermedad mental, pero también gente con epilepsia, alcohólicos, depresivos, lo que se llamaban oligofrénicos y subnormales, también homosexuales…Es decir, todo tipo de individuos cuyo tratamiento no encajaba en la sanidad general.
Al final de la dictadura empiezan a aparecer nuevas corrientes psiquiátricas, muy influidas por el ambiente del 68 y el contexto político, hay un famoso conflicto en La Cadellada…¿Cómo son esos años de transición?
Asturias es pionera en la primera reforma psiquiátrica. López Muñiz, el presidente de la diputación, es un tecnócrata franquista que ve que hay cambiar las cosas. Él es quien moderniza Asturias en buena medida, y en esa modernización la sanidad juega un papel fundamental. Ahí se produce la reforma del psiquiátrico con profesionales de fuera, que inician un conflicto con los médicos tradicionales. Esos médicos jóvenes tienen unas expectativas profesionales-y también políticas-completamente diferentes.

Por último, hay una etapa de desinstitucionalización de los enfermos mentales
Con la reforma de los años 80 empieza a ver que hay que ir hacia la superación del hospital psiquiátrico, que se considera una lacra que agudiza la enfermedad más que una ayuda. Aquello fue muy discutido, porque se pensaba que era cuestión de soltar a los locos en la ciudad e iba a haber un gran caos. La idea era ir reduciendo de manera progresiva el número de ingresados. Se pensó que el encierro no procuraba nada bueno, y la idea era buscar otros recursos que contribuyesen a que el enfermo tuviese una opción de cura. Fue un proceso largo, con mucha lucha política y denuncias y una gran alarma social. En parte, los familiares tuvieron razón, porque se les pasó el problema a las familias que en muchos casos no tenían apoyos ni recursos suficientes para hacerse cargo. El propio Guillermo Rendueles lo ha dicho así: éramos muy inocentes y pensábamos que cerrando los hospitales íbamos a encontrar una solución.
¿Qué pasó durante los últimos meses antes del derribo de La Cadellada?
El final de La Cadellada es tremendo. Allí entra la política otra vez y hay un gran desbarajuste de cuándo se derriba, qué va a pasar con los enfermos, dónde se lleva a los últimos pacientes…Esos pacientes, escasamente medio centenar, se tiraron dos años, hasta 2005, conviviendo con ruinas, escombros y maquinaria y sin saber a dónde iban a ir. Ni el gobierno ni la oposición tenían ni idea de a dónde llevarlos. Es increíble la desidia.



























