La pistola humeante que Europa no quiere ver

La filtración de un video en el que soldados israelíes violan a un prisionero palestino ha movilizado al gobierno sionista, pero no para pedir cuentas a los miserables autores de la violación, sino a quien ha filtrado el video.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

La filtración de un video en el que soldados israelíes violan a un prisionero palestino ha movilizado al gobierno sionista, pero no para pedir cuentas a los miserables autores de la violación, sino a quien ha filtrado el video. No es posible dar más asco del que da ese gobierno y ese ejército de cobardes malnacidos. Ni ellos, ni quienes los sostienen (seguimos sin cortar relaciones con el estado asesino de Israel) tienen nada que se parezca a una idea de vergüenza.

La lengua griega clásica tiene al menos dos palabras para hablar de esa emoción: aidós y aischýne. La primera es la vergüenza inhibitoria, la que nos mueve, con mayor o menor fortuna, a no hacer algo indecente, injusto, indebido. La segunda es la vergüenza retrospectiva, la que se apodera de nosotros cuando no hemos sido capaces de evitar esa acción que sabíamos que no teníamos que haber cometido. Busquen ustedes algo parecido en las hordas sionistas. Nada les impide cometer todo tipo de crímenes de guerra y, una vez cometidos, alardear de ellos y hasta subir imágenes infames a sus redes sociales. La filtración del video que estos días ha trascendido no ha provocado una investigación para castigar a los bastardos violadores, faltaría más. Es algo sabido y bien documentado, desde mucho antes de que este episodio sucediera, que el ejército de Israel, como tantos otros, utiliza la violación como arma de guerra y de tortura.

Siendo como es todo esto tan evidente, para la vergüenza de Europa quedará el haber mantenido las relaciones diplomáticas, comerciales y militares con esta basura de país colonialista y criminal. El genocidio es a estas alturas un hecho irreversible. Incontables muertos, escombros por todas partes, todo el patrimonio histórico y cultural arrasado. No queda una sola universidad en pie, ¿para cuándo un comunicado conjunto de condena de los señores rectores de las universidades europeas? Más de cien lugares históricos y arqueológicos dañados o borrados, según la UNESCO, ¿para cuándo algún manifiesto por parte de los ministros de cultura europeos?

El historiador Eric H. Cline, en su libro 1177 a. C.: El año en que la civilización se derrumbó (Editorial Crítica, 2016), estudia ese momento fascinante, a finales del segundo milenio antes de Cristo, cuando, casi simultáneamente, las entonces florecientes civilizaciones egipcia, micénica, mesopotámica, Siria, Chipre… todo el Egeo y el Mediterráneo oriental colapsaron. Si el siglo XIV a.C. fue un momento de esplendor en la cuenca mediterránea, con un sólido comercio entre culturas que estaban en su apogeo, como Creta y Mesopotamia, hititas y micénicos, el Nuevo Reino de Egipto y el de Mitani al norte de la actual Siria, a finales del s. XIII a.C. y a lo largo del XII a.C.  todos estos reinos fueron cayendo uno detrás de otro como un castillo de naipes. Parece que hubo un cúmulo de razones, una tormenta perfecta de desastres que se sincronizaron, desde terremotos, cambio climático y sequía, hasta revueltas internas e invasiones. Una civilización puede sobrevivir a alguno de estos desastres, pero no a la combinación de todos ellos. Los arqueólogos e historiadores han dedicado mucho esfuerzo a encontrar, dice Cline, “el arma humeante”, la razón que diera cuenta de esta devastación, pero, entre tanto, a falta de una causa, quizá debamos pensar en esa “tormenta perfecta” que las aunó todas.

Lo que ha pasado, lo que pasa en Gaza, está documentado hasta la náusea, nos lo cuentan cada día sus autores, sin vergüenza de ningún tipo

Si Gaza fuera un lugar desconocido al que llegaran de pronto expertos de todas las ramas, sofisticados equipos de investigadores que no supieran nada de lo ocurrido y tuvieran que deducir de las cenizas qué allí hay cuál fue la razón del colapso del pueblo gazatí, desenterrarían grandes edificios de enorme valor arquitectónico e histórico sepultados por bombas, encontrarían tierras de cultivo devastadas intencionadamente, reunirían pruebas de una hambruna provocada y sostenida largo tiempo, descubrirían con horror innumerables cadáveres entre los que habría un número desproporcionadamente alto de niños, recuperarían restos de cuerpos con señales de tortura, encontrarían cadáveres de seres humanos hacinados y calcinados vivos. Verían, además, que todo esto había ocurrido en un perímetro perfectamente delimitado y que fuera de sus fronteras nada parecido había sucedido, que no había, fuera de los límites de este lugar, campos devastados, ni bombas, ni cadáveres sin cuento que permitieran hablar de una guerra. No tendrían muchas hipótesis para explicar lo ocurrido. Sólo una: estaríamos ante un genocidio, una limpieza étnica, la obra de unos brutos en estado de receso absoluto de la conciencia. Pensarían en un pueblo que tuvo la mala suerte de compartir fronteras con algún tipo de alimaña con un poder destructor desconocido, equiparable al de un terremoto, una larga sequía, un fuego devastador.

El colapso de la civilización se demuestra, en este caso, en que no necesitamos de ningún equipo de investigadores como los que se rascan la cabeza entre las ruinas de Micenas o de Ugarit imaginando qué pudo pasar para que donde hubo tanta riqueza sólo haya ruinas. Al contrario, todo está pasando a la luz del día, ante nuestros ojos. Trump tiene ahora la mirada y las armas puestas en Venezuela porque quiere robar su petróleo, quiere seguir la asentada tradición de desangrar a América Latina (Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, lo explicó muy bien) y lo hará porque puede y porque ninguno de los cobardes presidentes de las naciones europeas lo llamará tirano y tratará de impedírselo. En el caso de Palestina, ni siquiera se trata de petróleo, oro,  o diamantes, sucede solo que los sionistas lo quieren todo, lo reclaman todo y lo tomarán todo para sí con ayuda de matones como ellos.

Lo que ha pasado, lo que pasa en Gaza, está documentado hasta la náusea, nos lo cuentan cada día sus autores, sin vergüenza de ningún tipo, empuñando una pistola humeante ante la mirada de besugo del mundo. La civilización que se ha derrumbado, la que ha colapsado, es, en este caso, la nuestra, la que permanece en pie viendo cómo Palestina es reducida a cenizas.

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