La incompatibilidad de la Capitalidad Europea de la Cultura con la destrucción del Patrimonio Industrial de Oviedo

Una reflexión crítica sobre la destrucción y el abandono del patrimonio histórico industrial de Oviedo.

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Toño Huerta
Toño Huerta
Es geógrafo y director de la Fundación Juan Muñiz Zapico. Experto en patrimonio industrial, cuenta con varias publicaciones sobre esa materia.

El concejo de Oviedo acoge alguno de los conjuntos y elementos más destacados del patrimonio histórico industrial, ya no sólo asturiano, también de todo el Estado español. Sin embargo, y es un mal endémico, además del olvido y abandono al que está sometido, sufre la amenaza de la ignorancia, con ocurrencias disfrazas de proyectos disruptivos donde lo que importa es la rentabilidad económica en detrimento de una rentabilidad social que deberían tener estos bienes que son de toda la ciudadanía y que, a través de planes bien pensados y desarrollados, mediante procesos participativos reales y efectivos, deberían convertirse en recursos territoriales generadores de riqueza –hablo de riqueza en su máxima acepción: generación de empleo, de actividad, de cultura, de identidad, en definitiva, de comunidad–.

Oviedo está inmerso en el proceso para optar a la Capitalidad Europea de la Cultura 2031, uno de cuyos objetivos es poner de relieve el patrimonio cultural común. Sin embargo, en lo que al patrimonio histórico industrial se refiere, en un ejercicio de desidia y, quizás también, de borrado de nuestra memoria colectiva e identidad de clase trabajadora, asistimos desde hace años a su destrucción. No hay aún un plan para la Fábrica de Armas de La Vega, un conjunto excepcional que debe conservarse íntegro; se está mutilando y dejando caer, por parte de una especulación que no se esconde, la Fábrica de Gas de Oviedo, la única que se conserva (o se conservaba) íntegramente en España; elementos integrantes del Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, como la mina de El Valle (Tudela Veguín) con su castillete de mampostería, o la Fábrica de Loza de San Claudio, son pasto de la maleza, los actos vandálicos y el más absoluto olvido por parte de las administraciones y la sociedad; el Pozo de San José, en Olloniego, surge como un náufrago entre el bosque; o el conjunto histórico de Trubia, una entidad única, cuna de la industrialización asturiana que, sin embargo, no existe para ninguna administración. Estos son solamente algunos ejemplos; la lista sería demasiado larga para exponerla aquí, pero no tanto como la de los despropósitos.

El punto de mira parece estar ahora sobre un espacio único como es El Fulminato, en La Manjoya. Hay un plan para convertir este espacio en un jardín botánico, integrando su excepcional patrimonio industrial; hasta aquí todo bien, hasta que vemos una noticia que advierte de que, y cito textual, “el Ayuntamiento teme que el avanzado deterioro de las edificaciones del Fulminato impida incluirlas en el proyecto de La Manjoya”. ¿Globo sonda o declaración de intenciones? Probablemente ambas, que es la manera de hacer desde que una flamante infografía metía una carretera por dentro de la nave de Sánchez del Río en La Vega. Debemos estar alerta para que no se repita, una vez más, un atentado patrimonial, y perdón por la gravedad del término.

El Fulminato nace como fábrica de pólvora de la iniciativa de Dionisio Thiry en 1865; este ingeniero belga llegó a Asturias de la mano del general Elorza y fue director de las minas de Riosa, propiedad del Estado y explotadas por la Fábrica de Armas de Trubia. La factoría fue creciendo y, para la década de 1880, funda la Sociedad Explosivos de La Manjoya, comenzando también la producción de dinamita y ampliando sus instalaciones hacia el cercano monte de La Zoreda. De su larga historia quedan diversas instalaciones en forma de robustas edificaciones de piedra con muros de gran grosor, todo ello inserto en un denso bosque que nace a la par que la fábrica, como escudo natural que absorbiese la onda expansiva de una explosión en caso de accidente; también existió un jardín perteneciente a la casa del ingeniero, con diversas especies exóticas, destacando las secuoyas.

Precisamente ese es el valor de El Fulminato, la conservación del conjunto pues, como se ha explicado, la zona boscosa nace de la mano de la industria como una necesidad de seguridad y, sin ese contexto, sería una mancha forestal más de las muchas que posee Oviedo. En cuanto a los edificios, su robustez garantiza su mantenimiento; una conversación preventiva sería más que suficiente, evitando convertir el conjunto en un parque temático descontextualizado y sin alma, y sí en un lugar de disfrute de la ciudadanía, de interpretación de su pasado industrial y de didáctica medioambiental.

Esperemos que por una vez prime el sentido común y no los intereses espurios ni las ansias megalómanas. Que por una vez se respete el pasado industrial, la memoria de la clase trabajadora y la identidad de Oviedo, que, pese a quien le pese, fue una ciudad obrera y sigue siendo un municipio obrero.

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