Tanto como me gusta la tragedia griega me aburren (no siempre, pero casi) sus versiones contemporáneas, los Edipos, Medeas, Agamenones y Casandras actualizados, siempre más romos y monocordes que los griegos. La tragedia fue un fenómeno cultural, religioso y político del siglo V a.C. y de ahí es muy difícil sacarla sin que se mustie. Entre las muchas cosas fascinantes de los personajes trágicos griegos está su ambigüedad moral que no es incompatible, más bien al contrario, con una reflexión continua sobre la responsabilidad. El ¿y ahora qué hago? es la pregunta que se plantean uno detrás de otro las heroínas y héroes de la escena trágica. Y su problema básico es que no saben, que no tienen información suficiente para saber por dónde tirar, pero tampoco tienen tiempo, que ni para ellos ni para nosotros se detiene, y tienen que decidir a ciegas. Y claro, así se equivocan, y mucho, como nosotros. Pero no eluden su responsabilidad, que es uno de los temas centrales en todas las obras trágicas.
Sobre la larga casuística de los actos voluntarios e involuntarios escribió Aristóteles, que como buen científico diseccionó todas las posibilidades de la voluntariedad y su opuesto. Una primera diferencia la estableció entre los actos voluntarios, de un lado, y los involuntarios y no voluntarios, que no son lo mismo, de otro. Luego entre los involuntarios que eran cometidos por ignorancia, y los que lo eran por coacción de la fuerza bruta. Luego los cometidos bajo los efectos del alcohol, o el deseo…Y así hasta dejar todo bien ordenadito, como a él le gustaba.
Pero, como decía, los personajes de la tragedia, que cometían todo tipo de barbaridades, con un gusto especial por los crímenes familiares, nunca rehuyeron su responsabilidad. Eso sí, cada uno a su manera: podían ser valientes como Clitemnestra y reconocer que sí, que ella misma con sus propias manos (y un hacha) había matado a su esposo Agamenón y que estaba contentísima y orgullosa de haber vengado la muerte de su hija Ifigenia, o desplegar una gran imaginación para justificarse, como el caso de Orestes, cuando la mata a ella para vengar la muerte de su padre y llega a decir que a él qué le cuentan, que lo hizo porque Apolo se lo mandó. Si en vez de actos voluntarios, como estos, hablamos de los involuntarios, en este caso no hay que rendir cuentas, pero siguen existiendo, siguen estando ahí con todas sus terribles consecuencias. Que Edipo matara a su padre y se uniera a su madre, por muy sin querer que fuera, provoca espanto. Por eso, según cuenta Sófocles, cuando ya anciano y ciego llegó Edipo a Colono acompañado de Antígona, los del lugar se apartaron de él, aterrados, cuando se enteraron de quién era.
Aristóteles elaboró toda su teoría sobre la responsabilidad porque los actos voluntarios pueden merecer alabanza o reproche, y los involuntarios el perdón y, a veces, la piedad y tenemos, por tanto, que saber a qué atenernos.
Aristóteles elaboró toda su teoría sobre la responsabilidad porque los actos voluntarios pueden merecer alabanza o reproche, y los involuntarios el perdón y, a veces, la piedad y tenemos, por tanto, que saber a qué atenernos. Ante Edipo, los habitantes de Colono mostraron su espanto, pero también piedad, porque sabían de la involuntariedad de sus actos. Edipo, por su parte, nunca escapó a lo que hizo, aunque lo hiciera involuntariamente. No hay una separación tajante entre lo que hacemos y lo que nos pasa, sobre esto también se reflexionaba en la tragedia griega. Lo que hacemos nos pasa. Edipo hizo lo que hizo por ignorancia, pero no pudo obviar sus consecuencias y seguir como si nada.
En estas cosas estaba entretenida cuando leí que Donald Trump, después de recibir al príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán, presunto culpable del asesinato y descuartizamiento en 2018 del periodista Jamal Khashoggi, dijo, cuando le preguntaron por ese pequeño detalle del pasado de su invitado, “son cosas que pasan”, una respuesta a la altura de “bota, rebota y en tu culo explota”. Pero es Trump, y antes dará peras el olmo que ideas este ser. Pasan muchas cosas, sí. Aristóteles se vería en apuros si tuviera que catalogar las acciones del príncipe saudí o de Trump.
También se vería en apuros cualquier tragediógrafo griego que quisiera hacer con ellos una pieza dramática. Estos individuos hacen lo que hacen de forma voluntaria, pero, si se les piden cuentas, no demuestran la más pálida idea de responsabilidad, vergüenza, algo de humanidad, una sombra de conciencia. Nada. A otros, como a los genocidas del ejército de Israel ni siquiera se les piden esas cuentas. Pero somos lo que hacemos. Edipo, aunque mató a su padre sin saber que lo era y se unió a su madre sin saber que era su madre, se cegó cuando fue consciente de todo. Yocasta, su madre y luego esposa, tan ignorante como él, se quitó la vida cuando supo quién era Edipo. Los espectadores sintieron horror y piedad. Ante los miserables que, voluntariamente, sin ignorancia ni coacción, torturan, o disparan a niños en la cabeza, o los queman vivos, o dejan morir de hambre a bebés, los que cierran el paso a los camiones de comida, o medicinas, para todos estos no habrá piedad ni perdón. Y aunque nunca se les juzgue, lo que han hecho, lo que hacen, es lo que son, una inmensa escoria, y de eso no podrán escap



























