Y el 20N despertamos. Ni derecha ni izquierda. Enfrente.

La puesta en escena del juicio del Supremo llegó a ser un relato con exposición y nudo y con el suspense de un desenlace.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

«Yo he llegado a creer esta noche […] que, si de la patria pudiéramos hacer cosa material, sería muy buena para abonar las tierras». Es broma, tergiversé la cita. El texto original de Galdós no dice patria, dice honor. Del honor es de lo que dice el desengañado Conde de Albrit que serviría para abonar las tierras. Que el honor es una mierda, vaya. Podría parecer una afirmación inmoral. El honor es lo que nos hace honorables, fiables en el cumplimiento de los deberes propios y con los demás. Nuestras leyes protegen el honor, es un delito la calumnia que lo quebranta. En Cataluña se distingue al President con el título de Honorable. Eso no puede ser una mierda. El problema es cuando el honor se sobreactúa y nos momifica, cuando el honor coagulado es la razón virtuosa por la que excluimos y por la que nos repelen diferencias o disidencias. El problema es cuando el honor nos hace como aquella Doña Francisquita de Aldecoa, una viciosa de la virtud, como otras gentes son virtuosas del vicio, decía. Así vivido, no es inmoral que el honor nos parezca una mierda. Como la patria. La tierra de nuestros apegos, ese tejido que nos hace sentir parte de algo mayor que nosotros, que nos protege y en el que protegemos, donde se tiene institucionalizado hasta la frialdad ese tipo de amor que no hace falta merecer (derechos, llamamos a eso), todas esas cosas, no pueden ser una mierda. Pero esa patria en formol, esa condensación de valores rancios que condena a quien no huela a polilla, esa patria por la que odiamos a los compatriotas hasta la muerte (a 26 millones de compatriotas hijos de puta, según las últimas estimaciones), esa patria, como el honor, es una mierda. Cogí la cita de Galdós porque lo expresa bien y la tergiversé, ya saben, porque yo tampoco soy notario.

Debemos fijarnos en dos de los muchos vicios de nuestras derechas. Uno de ellos es que creen que nuestras diferencias son conflictos que se pueden zanjar de una vez por todas y a eso se aplican, a zanjar cosas. La esencia de la democracia es no dar superioridad moral a las partes en conflicto. Yo veo la justicia en las ideas de izquierda, pero la democracia no me da la razón ni me la quita, en eso consiste. La democracia consiste en no zanjar de una vez por todas nuestras diferencias. Y el otro vicio es que una patria delirada haga moral cualquier barrabasada. En la transición los humores del ejército se espesaban en el ambiente como una masa pegajosa. Había una Constitución, había unas leyes y había unas instituciones. Pero había algo por encima de todo eso: la patria. Una parte del ejército entró pegando tiros en Congreso. Menuda mierda de patria es esa. Hoy toca lo de los jueces. La transición pasó por la judicatura como por la Iglesia, la Corona, los crímenes de la dictadura y las fortunas del franquismo: de puntillas. Ahora hay jueces que sienten la patria por encima de las leyes. Y ahí están esos jueces, defendiendo a España de los españoles.

La puesta en escena del juicio del Supremo llegó a ser un relato con exposición y nudo y con el suspense de un desenlace. Tanto estuvo en los medios que casi creímos que el Supremo, raído de tan sobado por la derecha política, estaba ante una decisión compleja difícil de manejar. El fallo se comunicó sin que aún se conozca la sentencia. Fue rápido, cuando la prudencia aconsejaba darse un tiempo para sopesar tanto testigo, tanta fuente no desvelada, tanta inferencia, tanto borrado, tanto dolor como para irse o suicidarse. Pero fue rápido. Tan rápido que pareció estratégico. Tan rápido que pareció que no se sopesó nada. Fue como cuando se te va la mano con el wasabi o la mostaza. De golpe despertamos. Es la Sala Segunda del Supremo la que anduvo en este tinglado. La que el PP controlaba por detrás, según se le escapó a Cosidó. La que sacó a los gandules de Manos Limpias de la cárcel, donde estaban por delitos de extorsión; los sacó dando por ciertos y probados los hechos (exigencia de dinero mediante amenazas), pero diciendo que no eran delitos, sino actos «éticamente reprobables»; los sacó y salieron sin recoger el cepillo de dientes directos al patriota juez Peinado para denunciar a Begoña Gómez. Era esa Sala Segunda, la que había aceptado una instrucción delirante de Hurtado por un delito delirante, a partir de un bulo reconocido. ¿Qué esperábamos? No hubo juicio. Había una tarea patriótica, creerán ellos. Fue una bufonada de política de baja estofa, vemos los demás a simple vista.

Rufián es el único que consigue un perfil enérgico, claro y de agregación de fuerzas. Enfada a las derechas y da moral a las izquierdas

¿Y qué debe hacer Sánchez? Sánchez tiene un gran olfato demoscópico y no quisiera uno ser más papista que el Papa. Sánchez debe captar lo que es justo, pero también lo que cotiza ahora en política. La estrategia de bulos, relatos que suplantan a los hechos, corrupciones y astracanadas, bajeza en las formas y en el lenguaje e hipérboles enloquecidas, por un lado; y la quiebra generacional, el desconcierto, la vivienda imposible y la desigualdad insoportable, por otro; todos estos factores llevan a la población al descreimiento, a la desconfianza nihilista y a la furia inconcreta. Lo que cotiza ahora en política es la enmienda a la totalidad: estar enfrente. Sánchez sabrá que no sube Vox porque la gente los crea honrados, ni porque crea que tendrá mejores hospitales. Sube Vox porque está enfrente. Embiste lo que se percibe como establishment a partir de temas seleccionados, como la inmigración o la seguridad. Ni España es un país inseguro (la criminalidad es de las más bajas de Europa), ni podría pagar las jubilaciones sin los inmigrantes. Pero no importa la letra, importa la música. Furia, autoestima y estar enfrente. Sánchez debe recordar cómo ganó las primarias y cómo le hizo subir la manera en que las ganó. Susana Díaz había sido arropada por todo el establishment. Y Sánchez fue el outsider, el forastero que llega al pueblo del oeste, el que estaba enfrente. No es que ganara las primarias, es que cuando tanta gente estaba enredada en los infinitos círculos de Podemos, Sánchez tuvo una toma de tierra en esa energía y se disparó en votos. No fue el relato, fue la acción.

Sumar no está enfrente. No hay un liderazgo reconocible y sus contribuciones progresistas en el Gobierno son invisibles porque las anega el problema de la vivienda y la desorientación. Podemos no ocupa ese lugar de enfrente. El discurso de ya lo decía yo, a ver si caéis de la burra, tiene un aroma de arrogancia que provoca más división que energía y autoestima. Rufián es el único que consigue un perfil enérgico, claro y de agregación de fuerzas. Enfada a las derechas y da moral a las izquierdas. Pero, de momento, es un verso suelto, no hay un movimiento detrás, como sí lo tiene Sánchez. El discurso de respetamos al Supremo, pero discrepamos, es engolado, aburrido y tópico como un yerno de visita el domingo por la tarde con pastas de té. Por ahí te arrollan. Tiene que afirmarse en que es la democracia, y no su puesto, lo que defendía la resistencia del Fiscal General; en que una minoría de jueces militantes con una mayoría de jueces corporativos, celosos de la impunidad de cualquier juez, da lugar a una justicia militante y palmera de las derechas; en que hay que cambiar el sistema de acceso a la judicatura, porque el actual provoca un sesgo ideológico ya insoportable que hace de la justicia una mierda pinchada en un palo; que Madrid DF es una república bananera dentro del estado, una olla hermética donde se ahoga la independencia judicial y la normalidad democrática; en que habrá legislatura y resistencia, con o sin presupuestos, que llegará la Gürtel y que la cola de este golpe judicial será larga y con boomerang. No estamos ya en la era del story telling, sino del story doing, no son relatos, son acciones. Sánchez paradójicamente tiene que ser el que, desde el poder, sea el que esté enfrente aprovechando la brutalidad y transparencia obscena de estos patriotas de cucharón. Se va a percibir más que esté enfrente que ninguna otra cosa. La desvergüenza rival le da un escenario, que no olvide cómo ganó a los Rubalcabas. Y Rufián que lo vaya pensando. Las piezas para un movimiento están dispersas por el campo de batalla. Solo necesitan electricidad para ser un cuerpo en movimiento. Que lo vaya pensando.

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