La Constitución, que hoy festejamos, va contra corriente. Ahora la moda son los relatos. Siempre se usaron los relatos como explicación y como propaganda. Nos perturba el caos, necesitamos que los cachos de realidad que vemos formen una figura y apunten en una dirección. Dios es inexplicable, pero simplifica la mirada al universo. El mundo es más fácil de entender con conspiraciones ocultas. Siempre fue así. Pero ahora están de moda los relatos. El algoritmo de las redes sociales nos encapsula con afines, hace reverberar cualquier cosa que encaje en esa afinidad y hace que cada coágulo de afines eyecte historias, credos y conspiraciones como piroclastos de un volcán en erupción. Y la Constitución va en dirección opuesta. En vez de inducir esa tendencia a unir cosas con historias, la Constitución induce la tendencia contraria de trocear algo y hacerlo trizas inconexas. La Constitución es como un baúl de la abuela donde cada uno escarba para encontrar el cachivache que le venga bien. En 1996 cumplía 18 años y MAR decía que, si la Constitución fuera una mujer, se vestiría de largo y, si fuera un ciudadano, iría a votar. De aquella, le llovieron chuzos de hartazgo e irritación por machismo tan casposo. MAR se disculpó. De aquella las cosas eran así. Ahora la Constitución cumple 47 años. Hoy MAR no se disculparía y arreciarían tweets sobre la dictadura feminista y que ya no se puede decir nada sin que te cancelen las hordas woke. El ala derecha se hizo muy cachonda.
Hoy la vivienda es cosa de herederos y de negocio, no un derecho, la sanidad se va haciendo un campo de lucro para pocos y un calvario para muchos, la desigualdad social se dispara, la economía de España deja de ser la economía de los españoles y los jueces del Supremo, en manada y plácida eutrapelia, se pasan por el perineo la Constitución, la separación de poderes y la santa transición. Pero, hecha añicos, cada uno encuentra en la Constitución el trozo que busca. En algún sitio habla de la unidad de la Nación (con mayúsculas) y de que España es nuestra patria. Así que el Supremo tiene el cachivache que necesita para poner patas arriba las instituciones del estado: es por la patria, lo dice aquí, artículo 2, «patria». En cada triza está la constitución entera. Hay una onda internacional que pretende que la democracia es un sistema fallido, que los elegidos son politicastros y que los ricos por ricos y los dinásticos por el plebiscito de los siglos son lo que deberían mandar. En esa onda Pérez Reverte decía que, en la catástrofe de la dana, había politicuchos, por un lado, y un señor alto y rubio que era el Rey y nos representaba, y decía algo constitucional. El Rey es una triza de la Constitución, así que es toda la Constitución.




Pero el baúl de la abuela sirve para todos. Otros podíamos coger los cachivaches del artículo 128, donde se dice que toda la riqueza del país, sea de quien sea, está subordinada al interés general; y donde dice que se pueden reservar al sector público los recursos esenciales y se podrá acordar la intervención de empresas cuando así lo exija el interés general. ¿Se acuerdan de los precios de la luz cuando lo de Ucrania, de aquellos pantanos vaciados y de los lloriqueos del gobierno de izquierdas a las empresas para que se cortaran un poco y no esquilmaran tanto a la población? Pues escarbando en los añicos de la Constitución resulta que aquellos gimoteos de impotencia eran tan inconstitucionales como la proclamación de la república. Si toda la Constitución es el artículo 128, igual que otros quieren que toda la Constitución sea el artículo 2, pues podríamos empezar a expropiar, en plan rojo.
En su cumpleaños la Constitución es una coherencia cuántica de muchas constituciones superpuestas. Lo del hospital de Torrejón es un recordatorio. A las derechas les gusta decir que lo público es más caro y funciona peor. Las empresas privadas funcionan mejor que el estado para vender bolsos o fabricar cacerolas. ¿Se imaginan una zapatería pública, atendida por funcionarios? El estado funciona mejor para gestionar derechos. ¿Se imaginan abrir más restaurantes para que no haya colas de hambre? Y sí es más caro lo público, por supuesto. Los derechos son más caros que los privilegios, porque son universales y lo público es lo que gestiona los derechos. La salud es más barata si es un privilegio de algunos que si es un derecho de todos. En España hay más ricos riquísimos que antes (siempre muy pocos), hay más pobres y la clase media se va haciendo mediocre. La desigualdad aumenta. Los ricos riquísimos no quieren una población con los derechos que marca nuestra constitución cuarentona. No quieren que tengamos derechos, porque tener derechos todos es tener menos poder los que están en ventaja. No quieren derechos porque son caros, requieren servicios públicos que los gestionen (hospitales, escuelas, oficinas y todo eso) y eso implica la joya de la distribución de la riqueza: los bienhadados impuestos, que ellos tanto odian (la Constitución usa tres veces la palabra «distribución», dos de ellas en este sentido que acabo decir). Y la tercera razón por la que no quieren derechos es que esas actuaciones públicas en que nos protegemos unos a otros y nos aseguramos de que todos tienen libertades y oportunidades eliminan espacios muy lucrativos de negocio. Entre la Seguridad Social y Torrejón, el negocio está en Torrejón y los derechos en la Seguridad Social. Unos partidos quieren un país de negocios y más negocios y otros quieren un país de negocios, pero sobre todo de derechos. Unos diremos que la salud es un derecho y otros dirán que España es una nación indisoluble. Unos querremos centros de salud donde se atienda a quien lo necesite y otros querrán que un señor alto y rubio sea Rey. Cada uno cogerá su cachivache constitucional. Lo de Torrejón es una barbaridad, pero ¿qué esperaban? Se invierte dinero en un negocio para hacer negocio, así sea fabricar cacerolas o traficar con el cáncer. Derivar la gestión de derechos al lucro privado es sencillamente eliminar los derechos. Lo de Torrejón no es una aberración ni un error, es la naturaleza de las cosas cuando no se entiende que el estado no puede dedicarse a vender zapatos ni el negocio privado a atender los derechos de la gente. En Madrid crece la corrupción en torno a la sanidad privada y empezarán las puertas giratorias. ¿Hay algún sitio en que no sea así?
La vivienda: «¿Y lo de ser dueño? Qué obsesión, chico. Tú mejor no compres, que ya compran a tocateja mis amigos rusos, indios, mexicanos o norteamericanos. A ti te desposeen de lo que otro acapara. ¡El país de los propietarios convertido en patio de recreo de los ricos de todo el mundo! ¡Tu barrio convertido en una casilla del Monopoly!». Podría ser un rojo peligroso de los que leen la Constitución más allá del artículo 2, un comunista. No, es el señor Carlos Quero, de Vox, mimetizándose con la izquierda. Un señor de Vox puede también sentir ese derecho a la vivienda, claro que sí. Hasta que llega la prueba del algodón: los impuestos. No se habla en serio de vivienda, sanidad, derechos o libertades si no se habla de los impuestos que están dejando de pagar las rentas más altas que cada vez son más altas. Ninguna variante de la ultraderecha, sea en sabor Figaredo o sabor Quero, es otra cosa que la infantería de las oligarquías económicas. Por eso la financian. El señor Quero denuncia de manera intachable la privación del derecho a la vivienda, explica que hay más desahucios que viviendas sociales y nos dice por qué: no son los impuestos, son los inmigrantes. Son la infantería de las oligarquías. De los impuestos dice que son «un placebo fiscal para acallar desesperación y rabia». Es como decir que te ponen penicilina cuando tienes neumonía para que no chilles. Lo que dije antes, son unos cachondos.
47 años. No sé si es la mejor, pero la Constitución viene de los tiempos en que había que competir con el imperio soviético haciendo que en occidente el aire fuera respirable para todos. Hace 47 años y ahora es la misma exigencia. Estado social y de derecho, repito, social, que lo dice el artículo 1, el que va antes de lo de la Nación.



























