Esta semana, en los Cines Embajadores Foncalada, de Oviedo, COPAE y Caja Rural de Asturias se presentó un cortometraje documental sobre la Red de Huertos Escolares Ecológicos Caja Rural de Asturias. La pieza —ya disponible online— recorre el origen de la red, su funcionamiento cotidiano y el proceso de certificación ecológica, con Toni Jardón, creador de La Huertina de Toni, como conductor.
En el acto, la red se describió como un referente “a nivel nacional” y se situó su tamaño en torno a los 150 huertos escolares activos. Ese dato abre una pregunta de fondo: ¿qué hay detrás de que un proyecto educativo de base agrícola alcance escala territorial, continuidad y reconocimiento en un sistema escolar donde —según coinciden diagnósticos y experiencias— la sostenibilidad de estas iniciativas suele depender de “personas concretas” y apoyos irregulares?
“Cuando hablamos de huertos escolares hablamos de espacios de cultivo y aprendizaje vinculados a la alimentación que ocurren en los centros educativos, desde Infantil y Primaria hasta Secundaria y Formación Profesional”, afirma Andrea Estrella, investigadora y coordinadora del equipo que ha elaborado el diagnóstico estatal sobre agroecología escolar.
Asturias: cuando el huerto deja de ser una actividad aislada
En Asturias, el huerto escolar no se presenta solo como una experiencia pedagógica puntual. La Red de Huertos Escolares Ecológicos, impulsada por COPAE con la colaboración de Caja Rural de Asturias, se define como una iniciativa de alcance regional orientada a integrar la agricultura ecológica en los centros educativos del Principado de Asturias, conectándola con el currículo, la alimentación escolar y el territorio.
El proyecto tiene recorrido. Una propuesta técnica elaborada en 2021 por EKIECO Proyectos de Educación Agroecológica, en el marco de COPAE, sitúa los antecedentes de la red en iniciativas desarrolladas desde 2010, vinculadas a programas de alimentación saludable y producción ecológica en comedores escolares y a proyectos municipales impulsados en concejos como Mieres, Langreo o Lena. Entre 2012 y 2018, el documento recoge 100 centros educativos y 58 huertos escolares creados.
“Donde hay apoyo institucional o una red, los huertos escolares se consolidan más.”
Ese recorrido desemboca en un cambio de escala. En 2025, la red agrupa 145 centros educativos y más de 6.000 alumnos, según los datos presentados durante el I Encuentro de Centros de la Red de Huertos Escolares Ecológicos, celebrado en Posada de Llanera. Más allá de las cifras, el salto tiene que ver con la consolidación de una estructura común: inscripción centralizada, acompañamiento técnico y pedagógico, materiales compartidos y espacios de encuentro entre centros.

Esa arquitectura de apoyo es uno de los elementos que singularizan el caso asturiano, al reducir la dependencia del entusiasmo individual y facilitar que los huertos escolares puedan sostenerse en el tiempo, incluso cuando cambian las personas que los impulsan.
Según Andrea Estrella, “donde hay apoyo institucional o una red, los huertos escolares se consolidan más; donde no lo hay, dependen casi siempre de esfuerzos individuales.”
España: un fenómeno amplio, pero difícil de contar
El contexto estatal aporta una perspectiva clave para entender el alcance de lo que ocurre en Asturias. En diciembre de 2025 se publicó el primer diagnóstico estatal sobre agroecología escolar y cultura alimentaria en España, elaborado en el marco del proyecto Enredándonos, impulsado por Tangente y CERAI, con apoyo del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030.
El estudio identifica 4.458 centros educativos con iniciativas de huerto escolar tras un proceso de mapeo y depuración de datos desarrollado entre 2019 y 2025. En relación con el total de centros educativos existentes en España, en torno a 28.000, esa cifra representa aproximadamente un 16%.
Sin embargo, el propio diagnóstico insiste en que se trata de un mínimo verificable. La ausencia de un censo oficial, la fragmentación de los registros y la existencia de grandes programas estatales o autonómicos difíciles de integrar sin duplicidades hacen que la realidad sea más amplia. A ello se suman numerosos huertos que funcionan al margen de redes formales, impulsados por docentes, equipos directivos o asociaciones de familias. Por este motivo, el informe sitúa la implantación real en una horquilla estimada de entre 5.000 y 6.000 centros educativos.
“Asturias aparece citada como uno de los territorios donde existen redes autonómicas institucionalizadas, junto a comunidades como Canarias, Galicia, Cantabria, Andalucía o Valencia.”
Andrea Estrella subraya que “no existe un dato agregado a nivel estatal y muchos centros no saben ni siquiera a qué red pertenecen, porque conviven programas municipales, autonómicos y estatales, además de iniciativas que no están en ninguna red.”
En ese mapa estatal, Asturias aparece citada como uno de los territorios donde existen redes autonómicas institucionalizadas, junto a comunidades como Canarias, Galicia, Cantabria, Andalucía o Valencia. El diagnóstico menciona de forma explícita la Red de Huertos Escolares Ecológicos del Principado de Asturias como ejemplo de este tipo de estructura, capaz de dar continuidad y coherencia a proyectos que, en otros contextos, dependen casi exclusivamente de la voluntad individual.
De la arqueología administrativa a la infraestructura educativa
La dificultad para contar huertos escolares en España no es nueva. Un informe publicado en 2020 por el CENEAM, firmado por Andrea Estrella Torres y Laura Jiménez Bailón, ya hablaba de “más de 4.000 centros” con huertos escolares en 2018 y señalaba la proliferación de redes municipales, más de 40 en aquel momento. El documento subrayaba también la falta de un marco normativo estatal o autonómico que reconociera formalmente estas iniciativas dentro del sistema educativo.

Andrea Estrella alerta de que “cuando la persona que impulsa el huerto se va del centro, se jubila o se cansa porque no tiene tiempo ni reconocimiento, el proyecto suele desaparecer si no se ha construido una comunidad estable.”
Cinco años después, el diagnóstico de 2025 confirma que esa ausencia de marco común sigue condicionando el desarrollo del huerto escolar en muchos territorios. Los proyectos nacen, crecen y, en algunos casos, desaparecen cuando cambian los equipos docentes o se agotan los apoyos externos. Frente a ese patrón, redes como la asturiana pueden leerse como una respuesta estructural a dos problemas recurrentes: la dependencia de voluntades individuales y la falta de acompañamiento estable.
Europa y el giro hacia la alimentación escolar
A escala europea, el huerto escolar rara vez aparece como una política aislada. La tendencia dominante es integrarlo dentro de enfoques más amplios de alimentación escolar. El proyecto SchoolFood4Change, financiado por Horizon 2020, trabaja precisamente en esa dirección, promoviendo la transformación de comedores escolares, compras públicas, educación alimentaria y vínculos con el territorio en 12 países y 18 municipios.
A nivel global, la FAO ha publicado manuales y documentos de referencia sobre huertos escolares, en los que insiste en su valor educativo cuando se conectan con la nutrición, el entorno y el desarrollo personal del alumnado
En ese mismo marco se sitúa el enfoque conocido como Whole School Food Approach, aplicado en una docena de países europeos y en más de 500 escuelas, que subraya la necesidad de abordar la alimentación escolar como un sistema completo. Los informes asociados a este enfoque identifican obstáculos similares a los descritos en España: limitaciones de tiempo y capacidad del personal educativo y la importancia de contar con apoyo institucional para sostener los proyectos.
A nivel global, la FAO ha publicado manuales y documentos de referencia sobre huertos escolares, en los que insiste en su valor educativo cuando se conectan con la nutrición, el entorno y el desarrollo personal del alumnado. Al mismo tiempo, advierte de los problemas de sostenibilidad que aparecen cuando los huertos se conciben únicamente como espacios de producción, sin integración curricular ni respaldo institucional.
Más allá de las huertas bonitas
En Asturias, el huerto escolar ha dejado de ser, al menos en parte, una actividad marginal o decorativa. La existencia de una red reconocida, con apoyos técnicos y financieros, permite leer estas experiencias como una infraestructura educativa en construcción, comparable —en términos de función pedagógica— a bibliotecas, gimnasios o aulas digitales.

Andrea Estrella lo tiene claro: “El huerto debería reconocerse como un dispositivo educativo y comunitario necesario para el día a día de los centros, al mismo nivel que la biblioteca o las aulas digitales.”
El reto que plantean los diagnósticos estatales y europeos es común: pasar de la suma de iniciativas valiosas pero frágiles a políticas públicas capaces de sostenerlas en el tiempo. En ese tránsito, el caso asturiano aparece no tanto como una excepción, sino como un laboratorio donde ensayar cómo la agroecología escolar puede dejar de depender únicamente del entusiasmo para convertirse en parte estable del sistema educativo.



























