Irredento y pertinente Valle-Inclán

El éxito del montaje radica en la resolución de cuadros, en la armonía para hilvanar frases y estéticas con sentido diverso.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Los cuernos de don Friolera

de Valle-Inclán

Dirección y adaptación: Ainhoa Amestoy

Intérpretes: Roberto Enríquez, Armando del Río, Lidia Otón, Ester Bellver, Miguel Cubero, Pablo Rivero, Iballa Rodríguez y José Bustos

Centro Niemeyer, 12 de diciembre, Avilés

Aunque así conste en los créditos, no hay “adaptación” en este excelente trabajo de Ainhoa Amestoy y su equipo artístico, habida cuenta de que son los Cuernos más íntegros y respetuosos con el texto original –exacto y preciso literalmente, a ojo de espectador aficionado– que he visto en mi vida, y más allá de que, con buen criterio, hasta se dicen y representan las acotaciones. Muchos de los temas que Valle cruza en el esperpento son de rabiosa actualidad: machismo, adulterio, celos, moral pública y violencia de género, tal y como se denuncia en el programa de mano al informarnos de que en España, en 2024, fueron asesinadas casi cincuentas mujeres a manos de sus parejas, además de nueve menores. Más apolillado y anticuado queda el acuartelamiento militar de contexto, sin que por ello pierda chispa ni valor didáctico la caricatura de los tenientes blasfemando en tagalo o recordando gloriosos tiempos coloniales donde se follaban a nativas adolescentes. El éxito de Ainhoa radica en la resolución de cuadros, en la armonía para hilvanar frases y estéticas con sentido diverso y en sacar a Valle del aguafuerte deformante unidireccional al que estamos tan acostumbrados, mostrando a los personajes también de carne y hueso y hasta atormentados. El tenebrismo burlón y caricaturesco aparece así rebajado y en planos superpuestos o entremezclado con un naturalismo “desfigurado” de mayor gravedad. A excepción del prólogo y los muñecos del bululú, como manda el tabanque, magistralmente recreados por los intérpretes y a buen ritmo, a través de coreografías y pantomimas con todo tipo de detalles. La escenografía de Tomás Muñoz, un emparrillado gigantesco de tres cuerpos como si de una arquitectura carcelaria se tratase, determina toda la propuesta en función de ese espacio abierto y polivalente, tan simbólico como original y propenso a ser utilizado con imaginación e inventiva para la transmisión sinestésica. Tansparente, compacto, armónico con la luz, el vestuario y el subrayado melódico del piano.

“Los cuernos de Don Friolera”.

Hay lance de honor –las reminiscencias a El médico de su honra o a Tigre Juan, entre otros muchos textos, son inevitables– y acoso de la vieja del visillo doña Tadea Calderón, que es quien tira la piedra y esconde la mano que desencadena la tragedia, vilipendiando el triángulo de corazones nobles, don Friolera, doña Loreta y Pachequín, víctimas del escarnio y la moral reinante. Argumento que aprovecha Valle para mostrar la seducción y el amor, el dolor y el compromiso del amor filial, pero sobre todo para exponer la calumnia activada con todo su esplendor maldiciente. Roberto Enríquez compone un teniente Friolera humano y doliente, colérico y violento, al mismo tiempo que enormemente vulnerable. Nuestra Lidia Otón es una Loreta frescachona y voluptuosa, enérgica, desgarrada y pizpireta. La Tadea de Ester Bellver se convierte en lechuza inmisericorde e insidiosa con mucho tino y acierto. El traqueteante Pachequín de Armando del Río goza igualmente de un arte excelente y el resto del reparto –es pieza coral, todos doblan papeles– pone el listón en la cima del mejor palmarés valleinclanesco. Afortunadamente Los cuernos de don Friolera, este expresionismo crítico, romántico y cuartelario, podrá verse en Asturias el 10 de enero en el Teatro Jovellanos de Gijón.


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