Las panderetas pintadas a mano se han convertido en uno de los soportes más reconocibles del trabajo de Nieves González o @nieve_sita, su nombre en Instagram donde puede verse parte de su obra. No fue una decisión estratégica ni una búsqueda consciente de un formato identitario, sino algo que, como ella misma explica, “salió solo”. Tras años probando distintos caminos dentro del arte y la ilustración, fue precisamente aquello que menos esperaba —intervenir un objeto tradicional— lo que terminó conectando con el público.
Licenciada en Bellas Artes y profesora de dibujo en Bachillerato, González no sitúa su práctica artística bajo la presión de la rentabilidad ni del éxito constante. La docencia, que ejerce en Asturias, le proporciona una estabilidad desde la que crear sin urgencias ni expectativas grandilocuentes. “Con ir tirando me vale”, resume. Aun así, reconoce que atraviesa un buen momento. Tiene encargos, visibilidad y una relación sostenida con un público que encuentra en su obra algo difícil de replicar desde otros lenguajes visuales.
Visualmente, su trabajo se reconoce de inmediato. Colores planos, líneas negras marcadas y composiciones cerradas construyen imágenes que remiten al arte popular, al tatuaje tradicional y a cierta iconografía medieval. Las figuras aparecen frontalizadas, casi hieráticas, enmarcadas por motivos vegetales, animales o cartelas con texto, reforzando la sensación de objeto simbólico más que de ilustración decorativa. El texto —a menudo en asturiano— no acompaña a la imagen, sino que forma parte de ella: refranes, cantares o consignas se integran en la composición como elemento narrativo y político a la vez.

En la actualidad, la mayor parte de su producción gira en torno a las panderetas ilustradas, que realiza de forma limitada y artesanal. La lista de espera se extiende ya varios años. Para González, una de las claves de ese interés tiene que ver con el contexto: la homogeneización visual, la circulación masiva de imágenes y la presencia creciente de la inteligencia artificial en el diseño han reforzado el valor de lo manual. “Tener algo no hecho por una máquina tiene ahora más valor casi que hace diez años”, apunta.

Pero el atractivo de estas piezas no reside solo en el soporte. Cada pandereta es única y, en muchos casos, personalizada. Incorpora frases, canciones o imágenes elegidas por quien la encarga. Frente al arte de galería o al objeto seriado, aparece aquí una pieza accesible, pensada para alguien concreto y vinculada a una memoria cultural compartida.



La tradición asturiana atraviesa toda su obra, aunque González huye de una mirada idealizada o académica del folclore. Su aproximación es intuitiva y crítica. Rescata elementos culturales que siguen siendo significativos y revisa otros que arrastran inercias machistas o excluyentes. En ese proceso, no duda en adaptar letras, cambiar personajes o trasladar canciones tradicionales a contextos actuales, desde reivindicaciones feministas hasta celebraciones del Orgullo LGTBI.


La lengua asturiana ocupa un lugar central en ese diálogo entre pasado y presente. No solo como recurso estético, sino como posicionamiento cultural. “Recuperar la tradición sin recuperar la lengua me parece un poco ridículo”, afirma. Trabajar con refranes y cantares implica, casi de forma inevitable, hacerlo en asturiano; pero incluso cuando aborda temas contemporáneos ajenos al folclore, mantiene esa elección como forma de resistencia cotidiana frente a la pérdida del idioma. Aunque también usa el castellano.





Aunque las panderetas concentran ahora gran parte de su trabajo, González no quiere quedar reducida a un único formato. Le interesa explorar otros caminos, especialmente el mural, un ámbito en el que no ha trabajado hasta ahora con mucha frecuencia, pero que disfruta especialmente. No como ruptura, sino como ampliación natural de su lenguaje: trasladar ese mismo imaginario —popular, simbólico y manual— al espacio público y a una escala diferente.
En un tiempo marcado por lo digital, su obra no propone una vuelta nostálgica al pasado, sino una actualización consciente de la cultura popular. Las panderetas, los carteles y las imágenes que circulan por redes funcionan como pequeños artefactos culturales. Son objetos manuales, legibles y cargados de sentido, que no aspiran a monumentalizar la tradición, sino a mantenerla viva y en uso.



























