“Que se amenace a Dinamarca con Groenlandia es significativo: cada potencia está marcando su territorio”

El politólogo Eduardo Bayón analiza el declive del multilateralismo, el papel de Estados Unidos, China y Europa y el ciclo político español ante el auge de la extrema derecha.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El mundo vuelve a moverse por lógicas de poder duro y exhibiciones de fuerza. Estados Unidos actúa cada vez con menos complejos, Europa aparece desdibujada y el tablero internacional se vuelve más inestable y menos previsible. En ese contexto, España intenta encontrar un equilibrio entre alianzas tradicionales, defensa del derecho internacional y tensiones políticas internas.

El politólogo y analista Eduardo Bayón (Xixón, 1986), autor de “Lucha de tribus” (La Esfera de los Libros, 2024) traza en esta entrevista un mapa del nuevo desorden global: del declive relativo de Estados Unidos al ascenso de China, de Venezuela a Groenlandia, del papel subordinado de la Unión Europea a la posición de España en un ciclo político marcado por la polarización y la resistencia del Gobierno. Un análisis de fondo, lejos del ruido, para entender qué está cambiando fuera y cómo ese cambio también condiciona la política dentro.

Eduardo Bayón. Foto: Isabel Permuy

Estados Unidos y la reconfiguración del orden global

Si tuviera que explicar a un lector medio qué está haciendo Estados Unidos en el mundo ahora mismo, ¿cuál sería la idea central?

Estamos asistiendo a una reconfiguración profunda del orden global. El multilateralismo de la posguerra, especialmente el europeo, se está desvaneciendo con rapidez, y está emergiendo un sistema multipolar en el que tres grandes potencias —Estados Unidos, Rusia y China— delimitan sus zonas de influencia y ejercen poder político, económico y militar en ellas. A esto se suma una cuestión específica de Estados Unidos como potencia hegemónica del siglo XX. Ese papel está entrando en una fase de declive relativo, muy vinculada al ascenso de China como potencia mundial y, cada vez más, como vanguardia tecnológica.

¿Ese declive relativo explica el giro más duro y directo de Washington en política exterior?

Washington percibe esa expansión china —en África, América Latina o Sudamérica— como una amenaza estratégica, y eso explica buena parte de sus actuaciones recientes. En ese contexto se produce un repliegue hacia lo interno y una atención mucho mayor al entorno inmediato: Sudamérica o Groenlandia, por ejemplo, que previsiblemente va a ser un foco clave en los próximos años. Aquí entra una lógica muy materialista, centrada en el control de recursos estratégicos, pero también un factor humano relevante: el tipo de liderazgo.

“El equipo que rodea a Trump responde muchas veces a impulsos y a una lógica comunicativa errática. Eso no significa que no existan objetivos definidos.”

¿Hasta qué punto el liderazgo de Donald Trump condiciona ese giro?

La figura de Donald Trump condiciona enormemente tanto el fondo como la forma. Lo vimos con la operación de detención —o secuestro— de Maduro: los relatos tradicionales con los que Estados Unidos justificaba sus intervenciones se desvanecieron rápidamente, porque el propio presidente verbalizó sin tapujos que se trataba de intervenir políticamente un país y asegurar intereses estratégicos, ligados en este caso al petróleo.

En ese sentido, ¿pesa más una estrategia coherente de Estados Unidos o una sucesión de golpes de fuerza marcados por la personalidad de Trump?

Creo que se dan ambas cosas a la vez. Hay una dimensión estructural clara, vinculada al declive relativo de Estados Unidos y al ascenso de China, pero convive con un componente humano muy fuerte. El equipo que rodea a Trump responde muchas veces a impulsos y a una lógica comunicativa errática. Eso no significa que no existan objetivos definidos. El documento de Estrategia de Seguridad Nacional publicado en noviembre recoge buena parte de lo que estamos viendo: interés por la autonomía energética, control de recursos estratégicos —petróleo y minerales críticos— y una presencia más explícita en territorios clave como Venezuela o Groenlandia. Desde fuera puede parecer improvisación, pero si uno se detiene en los objetivos materiales y estratégicos, sí hay coherencia, aunque se exprese de forma caótica.

Foto: Isabel Permuy.

Se habla mucho del control de recursos, de enviar un mensaje regional o de contener la influencia de China y Rusia. Incluso de pactos tácitos entre grandes potencias. ¿Qué pesa más en el caso de Venezuela?

Creo que estamos avanzando hacia un mundo que abandona definitivamente el multilateralismo de las últimas décadas. No diría que existe un pacto explícito entre potencias, pero sí una reconfiguración progresiva de las reglas del juego. Rusia ha dejado claro con la invasión de Ucrania que considera su entorno inmediato una zona de seguridad estratégica. Estados Unidos, por su parte, combina el repliegue global con una lógica de dominio muy clara en su área de influencia. Venezuela es clave por el petróleo, pero también por su valor simbólico: mostrar poder político y militar y reforzar la idea de que Estados Unidos sigue siendo el actor dominante en el hemisferio occidental. No es casual que Trump subrayara la eficacia de las fuerzas armadas tras la operación. Europa, mientras tanto, queda relegada. Que se amenace a un miembro de la OTAN como Dinamarca con la cuestión de Groenlandia es muy significativo: cada potencia está marcando su territorio.

Hablamos de un reparto de zonas de influencia. ¿Funciona esa lógica también en el caso de China o hay ahí más fricciones, como demuestra Taiwán?

Más que un reparto pactado, lo que estamos viendo es un proceso abierto y conflictivo. China ha ejercido hasta ahora su influencia principalmente a través del poder económico: inversiones, préstamos e infraestructuras. Lo vimos en Europa tras la crisis de 2008, con la compra del puerto de Atenas, y lo vemos en África o América Latina. Ese poder económico tiene una traducción política, pero no se ha expresado aún de forma sistemática en términos militares. Taiwán es una excepción clave: confluyen ahí factores tecnológicos decisivos, como los semiconductores, y Estados Unidos no está dispuesto a aceptar sin más un control chino sobre la isla.

“A la Unión Europea le está costando reaccionar ante un cambio de paradigma tan profundo.”

Groenlandia y el Ártico: el nuevo tablero estratégico

¿Por qué Groenlandia y el Ártico se han convertido en territorios centrales en la competencia entre potencias?

Por varios motivos. El primero es geográfico: Groenlandia permite controlar corredores marítimos estratégicos entre el Atlántico Norte y el Ártico, en una zona clave desde el punto de vista militar y logístico. A eso se suma el deshielo del Ártico, que abre rutas marítimas hasta ahora impensables y altera profundamente las dinámicas comerciales y estratégicas. Y, por supuesto, está la cuestión de los recursos: tierras raras fundamentales para baterías, turbinas eólicas, tecnología militar y vehículos eléctricos. Por último, está la proximidad a Rusia. El interés estadounidense se ha hecho mucho más explícito desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. Lo que en su primer mandato parecía una excentricidad hoy se verbaliza incluso en términos de posibles ocupaciones.

Europa y España ante el nuevo desorden internacional

En este nuevo orden, ¿dónde quedan España y la Unión Europea? ¿Tienen capacidad real para discrepar de Estados Unidos?

A la Unión Europea le está costando reaccionar ante un cambio de paradigma tan profundo. No es una federación, sino 27 Estados con intereses distintos, y eso se agrava por factores internos como el auge de la ultraderecha, la existencia de Estados que actúan por libre y unos mecanismos de decisión que generan bloqueos. Durante décadas, Europa vivió bajo el paraguas de seguridad estadounidense. La dilución de esos lazos la deja en una posición de debilidad estratégica, presionada por el este por Rusia y por el oeste por una Estados Unidos que empieza a tratarla más como un espacio subordinado que como un socio. Al mismo tiempo, la Unión Europea sigue siendo un referente en derechos humanos y valores democráticos, además de un mercado clave. Eso explica también el interés en debilitarla.

Foto: Isabel Permuy

¿Y en el caso de España?

España está teniendo un protagonismo internacional llamativo si se atiende a su trayectoria reciente. Se ha posicionado como referente en la defensa del derecho internacional y de los derechos humanos, no solo con Venezuela, sino también con Palestina. Ese papel suele pasar desapercibido por el ruido de la política interna, pero marca una diferencia respecto a otros países europeos.

Hay quien acusa al Gobierno de ser temerario por enfrentarse a Estados Unidos y otros, incluso desde sectores de la izquierda, de quedarse corto por no ir más allá, por ejemplo, en su relación con la OTAN. ¿Dónde sitúa usted la actuación de Pedro Sánchez?

Creo que está más cerca de lo que se debe hacer. La posición del Gobierno es coherente al condenar la violación del derecho internacional, independientemente de quién la cometa. En el caso de Venezuela, se recordó que no se reconocieron los resultados electorales de 2024, pero eso no justifica una intervención de este tipo. Estados Unidos sigue siendo un aliado histórico, pero también se ha convertido en una fuente de incertidumbre. Leer el contexto internacional con marcos de hace una década sería un error. En ese sentido, la política exterior española intenta moverse en un equilibrio complejo: mantener alianzas tradicionales sin renunciar a una posición crítica cuando se vulneran principios básicos. Además, España ha cuidado más que otros países europeos su relación con China, algo lógico en términos económicos y sociales, y que conecta también con una tradición de la izquierda española más crítica con los alineamientos automáticos en política exterior.

“La alerta sobre el auge de la ultraderecha está en parte amortizada.”

Ciclo político en España: resistencia y reconfiguración

Entrando en el ciclo político español, Pedro Sánchez ha sobrevivido a numerosas crisis internas y a una oposición muy dura. ¿Ve condiciones para que llegue a 2027?

Sí, creo que existen condiciones para que llegue a 2027. Estamos en un escenario muy distinto al de las mayorías estables del pasado. El multipartidismo ha desplazado parte de la iniciativa política al Parlamento, donde las mayorías son más frágiles y la aprobación de leyes es más compleja. Aun así, el escenario parlamentario actual no ha cambiado sustancialmente desde la investidura. No existe una mayoría alternativa clara, ni siquiera una expectativa realista de que pueda formarse tras unas elecciones sin pasar por una coalición entre PP y Vox. Eso reduce notablemente los incentivos de los socios de investidura para provocar una caída del Gobierno. Además, el contexto internacional abre una ventana de oportunidad para que Sánchez se reivindique como un referente en defensa de los derechos humanos y los valores democráticos frente al auge del autoritarismo. A eso se suma una agenda de políticas públicas centradas en mejorar las condiciones materiales de la ciudadanía —empleo, derechos laborales— en la que Sumar y, en particular, la vicepresidenta Yolanda Díaz, han tenido un papel central. Todo ello da al Gobierno margen para resistir, aunque problemas como la vivienda sigan muy presentes.

¿El auge de la extrema derecha puede acabar reforzando paradójicamente esa estrategia de resistencia o está algo amortizado ya, desde el punto de vista de los intereses de la izquierda?

La alerta sobre el auge de la ultraderecha está en parte amortizada. Funcionó en 2019 y en 2023, pero ahora el contexto es distinto. Los excesos de Trump pueden generar rechazo en una sociedad como la española, con una fuerte conciencia democrática por su historia reciente. Además, Vox no solo es una amenaza para el sistema democrático, sino también para el Partido Popular. España se está configurando como un sistema de tres grandes polos —PSOE, PP y Vox—, lo que coloca al PP en una posición incómoda: Vox es socio necesario en muchos territorios, pero también su principal competidor por la hegemonía de la derecha. Ese crecimiento de Vox puede acabar dando oxígeno al PSOE, al reforzar la idea de que es la única alternativa viable frente a una derecha cada vez más radicalizada. Ese mismo marco ayuda a entender la posición defensiva de la izquierda a la izquierda del PSOE, más centrada en sostener el equilibrio actual que en abrir un nuevo ciclo político.

Para cerrar, si tuviera que definir el momento político español actual con una sola idea, no como titular sino como diagnóstico, ¿cuál sería?

Estamos en un momento de crispación deliberada contra el Gobierno de coalición y, al mismo tiempo, en una fase de reconfiguración profunda del sistema político y del sistema de partidos. Se idealiza la Transición olvidando que dejó fuera a actores que hoy han vuelto con fuerza, como la ultraderecha heredera del franquismo, y eso está alterando de manera profunda las reglas del juego político en España.

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