Gaza ha dejado de ser solo una tragedia humanitaria para convertirse en un punto de inflexión geopolítico. La devastación de la Franja, la impunidad internacional y la reconfiguración de Oriente Próximo tras la guerra han debilitado viejos equilibrios y expuesto nuevas vulnerabilidades. Entre ellas, la de Irán, que tras perder a buena parte de sus aliados regionales afronta una crisis interna profunda mientras se aferra a su programa nuclear como último elemento de disuasión.
Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos, analiza en esta entrevista cómo el expolio cultural forma parte de la guerra contra el pueblo palestino, por qué Gaza ha acelerado la consolidación de un régimen de apartheid y de qué manera el retroceso iraní está reordenando el tablero regional. Es autor, junto a José Abu-Tarbush, de Gaza. Crónica de una Nakba anunciada (2024), un libro que sostiene que la ofensiva sobre la Franja no ha sido un episodio excepcional, sino la culminación de un proceso histórico de desposesión.
Este martes participó en la Escuela de Comercio de Xixón junto a la periodista Teresa Aranguren en los “Diálogos Visibles” del MUSOC, en un acto organizado junto al Comité de Solidaridad con la Causa Árabe y Asturies con Palestina.
Memoria, expolio y guerra cultural
En Palestina no solo se han destruido vidas, sino también archivos, universidades, museos y lugares de memoria. ¿Hasta qué punto el expolio cultural forma parte de una estrategia política deliberada para impedir la reconstrucción nacional palestina?
Es algo que viene ocurriendo desde el primer momento. Cuando Israel, en 1948, se apodera de buena parte de las ciudades palestinas, lo primero que hace es acudir a las grandes bibliotecas y archivos para requisar todos los documentos. Ocurre lo mismo en Beirut en 1982: tras la invasión israelí, uno de los primeros objetivos fue el Instituto de Estudios Palestinos, del que se incautaron prácticamente todos los archivos. Ahora lo hemos vuelto a ver en Gaza. Una de las primeras acciones fue la destrucción sistemática de todas las universidades de la Franja, en lo que puede calificarse de academicidio: el asesinato de académicos e intelectuales, incluidos varios rectores universitarios. A esto se suma lo que podríamos llamar memoricidio: el intento de borrar no solo a los palestinos como pueblo, sino cualquier documento que pruebe su existencia histórica y su vínculo con la tierra.
Cuando habla de academicidio y memoricidio, ¿se refiere a una política deliberada de borrado, más allá de la guerra en sí?
Sí. Es un intento de borrar del mapa no solo a los palestinos, sino también cualquier rastro documental que pruebe su existencia y su ligazón a la tierra.
¿Es posible reconstruir un pueblo cuando se intenta borrar su relato histórico?
Sí, es posible. A pesar de que el proyecto sionista nació hace más de un siglo, de la Declaración Balfour de 1917, de las numerosas guerras y del respaldo constante de las grandes potencias —primero el Reino Unido y después Estados Unidos—, los palestinos siguen aferrados a su tierra.
¿Qué le permite afirmar que ese vínculo sigue intacto pese a todo lo ocurrido?
De hecho, hoy hay más palestinos que judíos israelíes en el territorio comprendido entre el río Jordán y el mar Mediterráneo: aproximadamente un 55 % de la población es palestina frente a un 45 % judía israelí. A pesar de todas las campañas militares y del intento sistemático de erradicar su presencia, no han conseguido su objetivo. Los palestinos siguen vinculados a su tierra y a su proyecto nacional. Lejos de destruir el movimiento nacional palestino, estas políticas lo han reforzado.
Gaza tras la ofensiva
La ofensiva sobre Gaza ha terminado formalmente, pero no la ocupación ni el control. ¿En qué situación se encuentra hoy la Franja: posconflicto, castigo prolongado o nueva fase de dominación?
La estrategia sionista ha sido siempre la del “divide y vencerás”, como la de cualquier proyecto colonial. Se trata de fragmentar a la población palestina, tanto territorial como políticamente. Hoy más de la mitad de los palestinos vive en la diáspora, y el resto se reparte entre Israel y los territorios ocupados. En Cisjordania esta fragmentación es evidente: las zonas A, B y C establecidas tras los Acuerdos de Oslo hacen que los palestinos solo controlen de forma efectiva un tercio del territorio.
¿Y en Gaza?
En Gaza se intenta aplicar la misma lógica. Con el llamado plan Trump, Israel controla aproximadamente el 60 % del territorio, mientras que los supervivientes del genocidio se hacinan en el 40 % restante. La situación es traumática. Tras casi dos años de bombardeos que han destruido cerca del 90 % de los edificios y de las infraestructuras, la población afronta el invierno en condiciones infrahumanas. A pesar de los compromisos adquiridos por Israel para permitir la entrada de ayuda humanitaria y material de reconstrucción, esos acuerdos han sido sistemáticamente incumplidos. Ni la ayuda ni los materiales entran de forma suficiente.

Se habla de una segunda fase del plan Trump. ¿Se ha cumplido al menos lo previsto en la primera?
No. Ni siquiera se ha cumplido lo estipulado en la primera fase: ayuda humanitaria, reconstrucción y apertura del paso con Egipto. Por eso, incluso hablando de una supuesta segunda fase, la situación sigue siendo extremadamente precaria. Es muy difícil que este plan solucione los problemas de Gaza y, desde luego, no conducirá a la creación de un Estado palestino.
Derecho internacional e impunidad
Después de tanta destrucción y miles de víctimas civiles, ¿qué mensaje deja Gaza sobre quién responde y quién no ante el derecho internacional?
El mensaje es absolutamente desolador. Un mensaje de impunidad total para Israel, que ha cometido genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad ante la pasividad de la comunidad internacional. También deja en evidencia los dobles raseros: la Unión Europea se movilizó para defender la soberanía de Ucrania tras la invasión rusa, pero ha mirado hacia otro lado cuando Israel ha arrasado Gaza. No estamos solo ante una guerra contra los palestinos, sino ante una señal clara del tipo de orden mundial que se está consolidando. No es un orden basado en normas ni en el derecho internacional, sino en la ley del más fuerte.
Palestina y el escenario de apartheid
Con Gaza devastada, Cisjordania fragmentada y la Autoridad Palestina deslegitimada, ¿queda algún marco político viable para la autodeterminación palestina o estamos ante un apartheid consolidado?
El apartheid es ya una realidad para los palestinos, no solo en Cisjordania, sino también para quienes viven en Israel con ciudadanía israelí, pero sin los mismos derechos que la población judía. Israel es un Estado etnocrático que avanza hacia una teocracia autoritaria, dominada por fuerzas ultranacionalistas y ultraortodoxas.
Cuando habla de apartheid, ¿se refiere a una situación coyuntural o a un sistema ya plenamente asentado?
Se trata de un sistema consolidado. El proyecto nacional palestino está hoy más amenazado que nunca. Estamos asistiendo en directo a una nueva Nakba, comparable a la de 1947-1948, cuando tres cuartas partes de la población palestina fueron expulsadas de sus hogares.
¿Cree que el actual Gobierno israelí está aprovechando esta coyuntura para dar un salto definitivo en ese proyecto?
Sin duda. La actual coalición de gobierno pretende aprovechar una coyuntura internacional que considera favorable para impulsar una segunda limpieza étnica. Primero en Gaza y, si se permite, después en Cisjordania.
A diferencia de otras etapas del conflicto, ¿hasta qué punto ese objetivo se formula hoy de manera abierta?
Lo hacen abiertamente. A diferencia de 1948, hoy no se oculta el objetivo. Ministros israelíes hablan sin tapujos de “transferencia” de población, un eufemismo para referirse a la expulsión masiva. Ayer mismo, Smotrich volvió a reclamar públicamente la expulsión de millones de palestinos.
Irán tras Gaza y Siria
Después de Gaza y de los cambios en Siria, ¿Irán sale más vulnerable?
Sin duda, Irán es uno de los grandes perdedores de las transformaciones vividas en Oriente Próximo en los últimos dos años. Contaba con una red de aliados regionales —el régimen de Bashar al Asad, Hezbolá, Hamás— que funcionaban como elementos de disuasión frente a Israel.
¿Qué papel jugaban exactamente esos aliados en la proyección de poder iraní?
Ese sistema de alianzas le permitía a Irán proyectar poder sin enfrentarse directamente a Israel. La lógica era clara: si atacas mi territorio, activaré a mis aliados en distintos frentes. Ese mecanismo de disuasión se ha desmoronado. Con la destrucción de Hamás, el descabezamiento de Hezbolá y la caída del régimen sirio, Irán ha perdido sus principales peones. Ya no se encuentra en una posición ofensiva, sino defensiva. A ello hay que sumar una profunda crisis interna, con protestas alimentadas por una situación económica desastrosa, agravada por las sanciones internacionales. Todo ello debilita aún más su margen de maniobra.

¿Quién sale beneficiado de este debilitamiento iraní?
Esto beneficia claramente a sus rivales regionales, en especial a Arabia Saudí, que ve cómo el liderazgo iraní en la región se ha erosionado de forma significativa.
El programa nuclear y la crisis interna
¿El programa nuclear iraní se ha convertido en el principal seguro de supervivencia del régimen?
Lo que demuestra la escena internacional es que quien posee un arma nuclear no es atacado ni por Israel ni por Estados Unidos. El caso de Corea del Norte es ilustrativo. De ahí la obstinación del liderazgo iraní en mantener su programa nuclear como mecanismo de blindaje.
¿Irán busca realmente usar esa capacidad o que nadie se atreva a atacarlo?
Es una forma de garantizar la supervivencia del régimen. Pero este programa, junto con la financiación de actores regionales como Hezbolá, Hamás o los hutíes, ha drenado enormes recursos que podrían haberse destinado a mejorar la vida de la población iraní.
¿Y ese coste interno está detrás del actual malestar social?
Sí. Ese es uno de los argumentos centrales de las protestas. No solo el deterioro económico, sino el rechazo a una estrategia exterior que amplios sectores de la población perciben como costosa e inútil.
¿Podría estar el régimen iraní ante el principio del fin o es una afirmación demasiado aventurada?
El régimen atraviesa uno de sus momentos de mayor debilidad, al combinar presión externa y descontento interno. Es verdad que no es la primera vez que enfrenta protestas. Ocurrió en 2009, 2017, 2019 y 2022. Hasta ahora ha logrado sobrevivir, pero el contexto actual es distinto.
¿Qué es lo que marca la diferencia respecto a etapas anteriores?
Se trata de un régimen autoritario con una legitimidad muy limitada y cada vez menos recursos para mantenerse en el poder. El gran problema es la ausencia de una alternativa clara. La oposición y la sociedad civil han sido sistemáticamente reprimidas. Los sectores reformistas existen, pero carecen de poder real frente a los sectores duros que controlan la Guardia Revolucionaria y el Ejército.
Europa y el nuevo orden global
¿Ha quedado Europa desdibujada en Oriente Medio? ¿Tiene hoy algún margen real de influencia sobre Irán?
Ninguno. Desde hace décadas, Europa ha asumido un papel secundario impuesto por Estados Unidos. Aunque formalmente exista una política exterior y de seguridad común, en la práctica son 27 políticas distintas, lo que debilita enormemente su capacidad de acción. El caso de Gaza es paradigmático. La Unión Europea ha sido incapaz de adoptar la más mínima sanción contra Israel pese a violaciones flagrantes del derecho internacional. Esto demuestra que Europa no actúa como un actor geopolítico autónomo.
Entonces, ¿dónde se están tomando realmente las decisiones clave?
Todo se decide fundamentalmente en la relación entre Irán y Estados Unidos, con un actor adicional cada vez más relevante que es China. China es el principal socio comercial de Irán y también de Arabia Saudí y de Emiratos Árabes Unidos. Compra cerca del 90 % del petróleo iraní y tiene intereses crecientes en toda la región. Pero su papel va más allá de Oriente Medio.
¿Diría entonces que este desplazamiento hacia un orden multipolar ya es irreversible?
Sí. Estamos asistiendo al tránsito de un orden unipolar a uno multipolar, con China como actor central. A diferencia de Estados Unidos, China apuesta por la expansión de su influencia a través de la economía y el comercio, no mediante la confrontación militar directa. Ese choque de modelos es inevitable y tendrá consecuencias globales.



























