ICE y Border Patrol: de policía migratoria a las S.A. de Trump

El objetivo de Trump tiene poco que ver con la inmigración y mucho con fomentar un clima de violencia callejera.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

Enero de 2026. Donald J. Trump cumple un año de regreso a la presidencia de Estados Unidos y, pese a que casi cualquiera con un mínimo de sentido común anticipaba escenarios sombríos para su segunda presidencia, la realidad ha logrado superar incluso las previsiones más pesimistas. No sorprende el rumbo que ha tomado, pero sí la velocidad vertiginosa con la que avanza, hasta el punto de que casi no existen ya diques institucionales capaces de contenerlo.

Es casi imposible seguir el ritmo de polémicas de esta administración, pero a nivel social parece que se está alcanzando un punto de ruptura. Lo ocurrido estas semanas puede que no sea más que el inicio de algo más grande y peor, especialmente para los estadounidenses. Minneapolis se ha convertido en la zona cero de una escalada terrorífica: la presencia masiva de agentes federales del ICE y la Border Patrol en operativos urbanos ha ido acompañada de un clima de miedo, protestas y paralización parcial de la ciudad. En ese contexto, dos ciudadanos estadounidenses (Renée Good y Alex Pretti) fueron abatidos por agentes federales en el marco de operaciones supuestamente destinadas a la búsqueda de inmigrantes irregulares. La desvergonzada versión oficial habla de actuaciones defensivas y de “terrorismo doméstico”, pero los vídeos y testimonios, especialmente en el caso de Pretti, evidencian que estaba grabando la intervención y tratando de ayudar a otros cuando fue ejecutado. Trump está utilizando estos operativos como una suerte de Sturmabteilung (S.A.) contemporánea, y cuenta incluso con su propio Ernst Röhm encarnado en Gregory Bovino: un personaje grotesco que se exhibe con abrigo largo verde militar, insignias, sienes rapadas y una estética abiertamente evocadora del imaginario nazi, y que ante una ejecución sumaria grabada en vídeo no duda en proclamar que el muerto era un “terrorista”.

Pero ¿quiénes son ICE y Border Patrol, y por qué están actuando como las Stormtrooper de Trump?

ICE, Border Patrol y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) forman el núcleo de la maquinaria federal que hoy tiene unos 3.000 agentes en las calles de Minneapolis (un dato para entender la desproporción: la policía local de Minneapolis cuenta con unos 600 efectivos). El DHS es la gran agencia del Ejecutivo encargada de la seguridad interior de Estados Unidos, creada tras el 11-S para coordinar desde la protección fronteriza hasta la respuesta ante amenazas internas y la inmigración; bajo la presidencia de Trump está a cargo de Kristi Noem, responsable directa de la supervisión de la Patrulla Fronteriza, ICE y el resto del aparato. Dentro de ese departamento, la Border Patrol es una fuerza uniformada y semimilitar cuya función clásica es vigilar físicamente las fronteras terrestres y costeras; e ICE (Immigration and Customs Enforcement) es una agencia de interior responsable de localizar, detener y deportar a personas dentro del país, además de investigar ciertos delitos transnacionales. Por resumirlo: Border Patrol intenta impedir que entres. ICE te busca cuando ya estás dentro. Bajo la dirección política de Noem y con la influencia decisiva del asesor presidencial Stephen Miller, arquitecto ideológico de la cruzada antiinmigración de Trump, estas agencias han dejado de operar como instrumentos administrativos del Estado para convertirse en herramientas de intimidación política, utilizadas deliberadamente para sembrar miedo, provocar conflicto y normalizar la presencia de fuerzas armadas federales en el espacio urbano.

Lo que en su momento eran fuerzas destinadas a perseguir a inmigrantes irregulares se han convertido ahora en fuerzas paramilitares que no nos engañemos, no tienen como misión principal buscar inmigrantes sino generar un clima de terror en la sociedad estadounidense. De hecho, la explicación de que todo esto pase en Minneapolis tiene que ver precisamente con esa misión.

Minnesota es un estado con baja inmigración irregular comparado con Texas, California o Florida. Sin embargo, Minneapolis es una ciudad mediana, fácil de saturar con miles de agentes, con una fuerte tradición progresista, símbolo de las protestas tras el asesinato de George Floyd y con un gobierno enfrentado a la Casa Blanca; no olvidemos que Tim Walz fue el compañero de candidatura de Kamala Harris.

El objetivo de Trump tiene poco que ver con la inmigración y mucho con fomentar un clima de violencia callejera que le legitime para emplear la violencia como herramienta política. De hecho, no sería extraño que en breve invoque la Ley de Insurrección (Insurrection Act), la herramienta legal que habilita al presidente a desplegar a las Fuerzas Armadas dentro del territorio de Estados Unidos para intervenir en asuntos de orden interno. Una coartada perfecta para culminar un autogolpe de Estado que le permita, si no perpetuarse directamente en el poder, al menos condicionar o vaciar de contenido unas elecciones de medio mandato en noviembre que previsiblemente pondrían en riesgo las mayorías de las que ahora dispone.

Ciudadanos se manifiestan contra la ICE.

Puede que a alguien esto le suene fantasioso o descabellado. Si es así, no ha estado en este mundo el último año. ¿O es que alguien se imaginaba hace doce meses que Europa estaría discutiendo el despliegue de tropas en Groenlandia como medida de disuasión ante una posible agresión de Estados Unidos?

Minneapolis es un ensayo. Un laboratorio donde Trump prueba los límites de hasta dónde puede llegar sin encontrar resistencias insalvables, estirando las costuras sociales hasta el punto de ruptura. Hoy son operativos “migratorios”; mañana será el orden público; pasado mañana, la seguridad nacional. A partir de ahí, lo inexplorado, al menos desde el siglo XIX y la Guerra de Secesión.

Veremos qué ocurre en las próximas semanas. Ahora parece que, tras el escándalo provocado por la ejecución sumaria de dos ciudadanos estadounidenses blancos y sin antecedentes, Trump recoge algo de cable. Pero el shock ya está creado. Y podemos dar por seguro que volverá con fuerzas renovadas en cualquier otro estado demócrata. Probablemente se reserve California como traca final, su gobernador, Gavin Newsom, es hoy el antagonista con mayor proyección dentro del Partido Demócrata, y California sigue siendo el gran símbolo del Estados Unidos que Trump quiere derrotar.

No sabemos exactamente cómo evolucionará esta deriva, pero sí sabemos una cosa: Trump no va a dejar de pisar el acelerador. En cualquier momento, la democracia del país más poderoso del mundo puede saltar por los aires.

Mientras tanto, en nuestro propio país, hay fuerzas políticas que aplauden y envidian la forma en que Trump trata a su población. Puede que resulte reiterativo, pero conviene insistir: la democracia y los derechos no son eternos ni inamovibles. Y hoy existe un bloque de fuerzas reaccionarias, bien coordinadas a escala internacional, empeñadas en desmontarlos pieza a pieza.

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