“Alemania temía que en España los comunistas tomasen el control de la oposición, hubiera revueltas y un golpe como el de Chile”

Antonio Muñoz documenta en "El amigo alemán" las relaciones del SPD y el PSOE, y la influencia de Alemania en la Transición.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La República Federal Alemana, y más en concreto el Partido Socialdemócrata, jugó un papel clave en la orientación de la Transición Democrática. No solo en España, sino también en Portugal. Esa es la tesis central de “El amigo alemán” (Villa de Indianos, 2025), un libro en el que el historiador asturiano Antonio Muñoz (Xixón, 1971), profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, documenta y da cuenta del papel central jugado por la socialdemocracia alemana al PSOE entre el final del franquismo y los inicios de la democracia.

Siempre se ha hablado de la importancia del factor humano en las relaciones entre el SPD y el PSOE, de una cierta fascinación de Willy Brandt por Felipe González. ¿Hasta qué punto fue importante?

Bueno, se puede decir que en política no hay amigos, hay intereses. Y, por supuesto, Willy Brandt, aunque ya no era canciller alemán, era un hombre de Estado. Era presidente del SPD, había sido canciller hasta pocos meses antes de conocer a Felipe González y, en fin, actuaba como tal. Si apoyó a Felipe González fue porque eso iba en línea con los intereses de la política exterior alemana, que en aquel momento guiaba ya su sucesor, Helmut Schmidt, también socialdemócrata.

¿Qué tipo de transiciones democráticas imaginaba el SPD en el Sur de Europa?

La idea que tenía el SPD en el gobierno desde 1966 —primero con los conservadores en la gran coalición y desde 1969 con los liberales— era que el sur de Europa, las dictaduras de Grecia, Portugal y España, iban a evolucionar lentamente hacia democracias o pseudo-democracias de manera autónoma. Es decir, los propios regímenes se abrirían y se liberalizarían en un plazo indeterminado. No se sabía cuándo. De esos tres países, quizá el que entendían que estaba más preparado para evolucionar hacia la democracia era España, precisamente porque era el más desarrollado económicamente, con una clase media asentada y con una tendencia clara, no solo de la clase política sino también económica y social, hacia Europa. Había una voluntad de confluencia con Europa. Por lo tanto, parecía lógico que, una vez muriese Franco, que ya estaba muy mayor, España evolucionase hacia algún tipo de democracia. Esa era la perspectiva, que no era muy distinta de la que existía hacia las dictaduras comunistas del Este de Europa. Se consideraba que no iban a colapsar, que eran regímenes sólidos, pero que por sus propios intereses, sobre todo el acercamiento a la Comunidad Económica Europea, acabarían abriéndose hacia algún tipo de liberalización a muy largo plazo. En base a esa idea se desarrollaban las estrategias. En el caso de España, las relaciones eran básicamente cordiales con el régimen y Alemania tenía muchísimos intereses económicos en España que solo se podían fomentar con una buena relación con el régimen. Si el régimen no daba luz verde, no podía entrar capital alemán ni de ningún otro país.

Y en esto llega la revolución portuguesa

Sí. Todo eso se cae de manera inesperada en Portugal el 25 de abril de 1974. El régimen de Salazar se consideraba muy sólido, tenía casi 50 años, apenas había oposición y parecía una realidad pétrea, algo que no iba a cambiar nunca. Se pensaba que Portugal evolucionaría, pero mucho más lentamente que España, de la mano del nuevo dictador, Caetano, que llevaba en el poder desde 1968. En Alemania y en Europa se le veía como una especie de dictador contra su voluntad, un liberal que esperaba llevar Portugal hacia algún tipo de sistema pseudo-democrático. Todo eso se derrumba el 25 de abril de 1974. El país del fado, de la saudade, donde nunca pasaba nada, vive de repente una revolución de izquierdas, la última revolución de izquierdas en Europa. Eso cambia completamente la perspectiva europea y americana. El único partido realmente organizado en Portugal era el Partido Comunista, que no tenía nada que ver con el eurocomunismo de Italia o España. Era un partido ortodoxo que vio en esa circunstancia inesperada la oportunidad de implementar un régimen socialista avanzado, no como los del Este, porque eran conscientes de las limitaciones y de que Moscú tampoco tenía interés, pero sí algo parecido a lo que habían intentado los checoslovacos en 1968.

Antonio Muñoz en el Milán. Foto: Pablo Lorenzana

Tras lo ocurrido en Portugal, ¿cómo cambia la visión alemana sobre España?

Después de lo que pasa en Portugal, los alemanes piensan que la perspectiva que tenían para España ya no es creíble. La seguridad de que España evolucionaría tranquilamente hacia la democracia tras la muerte de Franco deja de ser sólida. Con una Portugal tan inestable, era posible que en España sucediese algo parecido: no necesariamente una revolución de izquierdas, pero sí que los comunistas tomasen el control de la oposición, hubiera revueltas en la calle y un contragolpe de los sectores ultras. Un escenario como el de Chile. Para evitar ese escenario, los alemanes entienden que, igual que en Portugal, hay que apoyar a un Partido Socialista fuerte que haga sombra al Partido Comunista y acepte una transición impulsada desde el propio régimen.

Volvemos a la química Brandt-González

Desde las primeras entrevistas, González se muestra como un político muy moderado, muy realista, cuyo discurso no tiene nada que ver con las resoluciones radicales del Congreso de Suresnes. Él dice claramente: queremos la democracia en España, pero la ruptura democrática es inviable. No solo porque la oposición no tiene fuerza, sino porque es extremadamente peligrosa y puede provocar un contragolpe de los ultras. Confiamos en la apuesta de los sectores liberales del régimen y del propio Rey Juan Carlos, a quien ya conocemos a través de contactos, para transformar el régimen. Lo que queremos es acelerar ese proceso mediante presión política y llegar cuanto antes a unas elecciones democráticas, donde sabemos que tenemos grandes posibilidades. Existe una simpatía enorme hacia un Partido Socialista, como se vio en Portugal, donde un partido que antes del 25 de abril tenía apenas medio centenar de militantes arrasa en las elecciones de 1975 con casi el 40%. Los socialistas españoles que están en Portugal en ese momento ven que ellos también tienen esa oportunidad. No quieren tomar las calles ni participar en manifestaciones contra el régimen porque saben que poco pueden hacer. En España el PSOE tenía unos 1.500 afiliados; los grupos trotskistas o maoístas eran más fuertes. El PSOE apuesta por aceptar la transformación del régimen y centrarse en organizar las elecciones. Para eso el apoyo exterior es fundamental.

¿Qué papel juega ahí el apoyo alemán?

Willy Brandt ve esta estrategia como muy inteligente y alineada con los intereses alemanes de contribuir a una transición tranquila. Por eso les apoyan masivamente con medios económicos y, sobre todo, políticos. El dinero es importante para propaganda y organización, pero aún más importante es dar a conocer a un político desconocido. Felipe González viaja a Alemania más que ningún otro político español, mientras que al rey nadie lo invita en Europa. González está permanentemente en Europa, aparece junto a Willy Brandt, François Mitterrand, figuras de primer nivel. En España hay una fascinación por Europa y eso le da una proyección enorme. En pocos meses pasa de ser un desconocido a una figura de primer orden.

Brandt y González.

¿El SPD actúa solo por razones de Estado?

En política internacional no existe la solidaridad, existe la defensa de los intereses nacionales. Alemania busca estabilidad en el flanco sur de la OTAN. Pero lo curioso es que esto lo hace un partido que está en el gobierno: el SPD gobierna entre 1969 y 1982, con Brandt primero y Schmidt después. En la Transición se da una confluencia poco habitual entre solidaridad ideológica y realpolitik. Alemania quería una transición tranquila y vio que la mejor forma era apoyar a los socialistas. Hasta entonces, apoyar al PSOE era marginal. Todo cambia con Portugal. Además, en Alemania existía un sentimiento de culpa, sobre todo en la izquierda, por el papel de Alemania en la Guerra Civil española a través de la Legión Cóndor. Ese componente emocional llevó a un apoyo mayor del que habría existido solo por interés. Pero hay que decirlo claramente: por solidaridad sola nunca se habría dado esa ayuda si no hubiera coincidido con los intereses del gobierno.

¿Cómo encaja Estados Unidos en todo esto?

Estados Unidos no tenía tradición de poder blando. Había apoyado las dictaduras en Grecia, Portugal y España, y por eso toda la oposición era radicalmente antiamericana. Cuando cae el régimen portugués, los estadounidenses no tienen interlocutores en la oposición. Los alemanes sí los tenían, a través de sindicatos, fundaciones y la Internacional Socialista. Por eso Estados Unidos delega en el socialismo europeo, especialmente en los alemanes, en quienes confiaban más. No se fiaban de Mitterrand, que tenía una estrategia de alianza con los comunistas. La financiación americana llegó de forma indirecta, canalizada a través de partidos europeos. Los estadounidenses no tenían instrumentos ni tradición para apoyar oposiciones democráticas y dejaron ese papel en manos de Europa.

En esos años surge un socialismo del sur de Europa que está contra la OTAN, habla de autogestión y se presenta como la alternativa de izquierda a la socialdemocracia. ¿Cómo se vive esa disputa dentro de la familia socialista?

En los años 70 la socialdemocracia del norte de Europa es dominante, pero en el sur no tiene arraigo. Las sociedades son más desiguales y el discurso moderado no funciona. Por eso los socialistas del sur se radicalizan y se acercan al discurso comunista, mientras los comunistas se moderan con el eurocomunismo. En ese contexto, la alianza socialista-comunista resulta atractiva. En Francia, Mitterrand rompe el tabú en 1971. En España, el PSOE dice públicamente que se abre a pactar con los comunistas, pero internamente Felipe González plantea otra estrategia: monopolizar el espacio de la izquierda, marginar al PCE y llegar al poder por la vía nórdica. Creían que el Partido Comunista había ocupado más espacio del que le correspondía durante la dictadura y que en elecciones su apoyo real sería limitado. Con el apoyo europeo podían ganar esa batalla. Y eso fue lo que ocurrió, tanto en Portugal como en España.

“El ejemplo portugués era claro: un gobierno socialista con un movimiento sindical en manos comunistas genera enormes problemas”

También lo logran en el ámbito sindical.

Sí, y eso fue aún más inesperado. La UGT estaba prácticamente desaparecida al final del franquismo. Pero Felipe González insistía en que sin un sindicato fuerte no se podía gobernar. El ejemplo portugués era claro: un gobierno socialista con un movimiento sindical en manos comunistas genera enormes problemas.

En el libro afirma que los políticos alemanes tenían un auténtico temor a la fuerza del comunismo en el sur de Europa, y en especial de los partidos eurocomunistas

Porque era una alternativa real y atractiva. En Italia los comunistas superaban el 30% y gobernaban ciudades y regiones como Bolonia o Emilia-Romaña, con buenos servicios públicos. Eso demostraba que podían gobernar bien. Alemania era radicalmente anticomunista. Cualquier fortalecimiento del comunismo, incluso moderado, se veía como un refuerzo del bloque del Este. En la lógica de la Guerra Fría, eso debilitaba la cohesión occidental y la aspiración alemana de reunificación.

Enrico Berlinguer, líder del Partido Comunista Italiano.

Sin embargo, Brandt es recordado como el gran impulsor de la distensión con la Alemania del Este y la Unión Soviética.

Sí, y ahí está la paradoja. El SPD es el único partido socialista europeo que logra modificar la política exterior de su país. Con la Ostpolitik, Brandt apuesta por el diálogo con el Este, el reconocimiento de fronteras y la distensión como vía para debilitar a largo plazo los regímenes comunistas. Esa política se impone desde 1969 y define la política exterior alemana en los años 70. Mi tesis es que esa misma lógica se aplicó al franquismo.

¿Acertaron?

Es un debate abierto. Los alemanes creen que sí, que la Ostpolitik contribuyó al colapso del comunismo. Otros historiadores sostienen que fortaleció a los regímenes y debilitó a las oposiciones. En el imaginario alemán, Brandt tenía razón; en la historiografía, la cuestión es más discutida.

Siempre se ha hablado del “oro de Moscú”. ¿Fue más decisivo el “oro del Rin”?

Son contextos históricos distintos. Dinero hubo por todas partes y todos los partidos lo recibieron. No hay una relación directa entre dinero y éxito político. El PSOE tenía una memoria histórica fuerte, una nueva generación sin vínculos con la Guerra Civil y un liderazgo carismático que no daba miedo. El apoyo político europeo fue, en mi opinión, más importante que el económico. El dinero ayudó a organizarse, pero la legitimación internacional fue clave. Yo no sé exactamente cuánto dinero recibió el Partido Comunista, pero lo cierto es que sus decisiones políticas fueron erradas. No renovaron su dirección y su imagen estaba demasiado ligada a la Guerra Civil.

Objetivamente, mucha gente sentía rechazo hacia el comunismo porque había mamado un anticomunismo radical durante el franquismo. Y hay un aspecto que todavía no está suficientemente estudiado y que tiene mucho potencial: analizar cómo durante el franquismo, que era quien manejaba los medios de comunicación, se modeló gran parte de la ideología del español medio. Durante cuarenta años, en la España de Franco, el socialismo estaba bien visto. De hecho, Franco llegó a decir en una ocasión que él era socialista y que sus políticas eran socialistas. En la prensa franquista de los años sesenta, el socialismo tiene una connotación positiva, mientras que el comunismo sigue identificado con Stalin y con la Guerra Civil.

Se produce una disociación del término socialismo respecto a lo que había sido en los años treinta. Durante los años sesenta y setenta, y por el propio franquismo, se remodela esa idea y se proyecta una imagen positiva del socialismo. Eso predispone al español medio a ver el socialismo como algo aceptable. De ahí la lucha tremenda entre los distintos grupos socialistas por hacerse con el monopolio del socialismo, con la antorcha del socialismo, porque sabían que tenía muchísimo potencial. Y de ahí que el Partido Socialista decida no aliarse con nadie y presentarse solo a las elecciones, consciente de que, con el apoyo exterior económico y político y el peso de sus siglas, podía monopolizar ese espacio.

¿Qué otros factores fueron decisivos para el éxito del PSOE frente a otras fuerzas de izquierda?

Hay otra enseñanza amarga para la izquierda más combativa, y es la importancia de los medios de comunicación y de la imagen en una sociedad democrática moderna. Ese trabajo de hormiga en los movimientos sociales queda muchas veces absolutamente barrido. Salir en televisión, tener buena prensa, buenos carteles y una buena imagen es, en muchas ocasiones, mucho más importante a la hora de conquistar el poder. No hace falta leer tratados de ciencia política: lo hemos visto en la experiencia inmediata. En España han surgido en los últimos diez años partidos prácticamente de la nada. Ciudadanos no tenía bases, pero su líder estaba permanentemente en los medios de comunicación. Podemos no fue muy diferente. Mientras tuvo presencia mediática, parecía fuerte; cuando la perdió, se vio que no había un trabajo real de bases. El primer Podemos que se presenta a las elecciones europeas de 2014 tiene que poner la imagen de Pablo Iglesias en la papeleta porque no tenía ni siquiera un logo. Para el español medio, el partido era Pablo Iglesias.

En la Transición no fue muy distinto. La sociedad española era muy naïf, no conocía los partidos políticos, todo era nuevo y existía una sola televisión. Quien controlaba la televisión controlaba quién salía en ella. El Estado se las arreglaba para que no aparecieran figuras como La Pasionaria o Carrillo, o para que, si salían, fuese dando una imagen negativa. Como explico también en el libro, por orden del Rey, Suárez dio cancha al Partido Socialista en TVE. Felipe González lo reconocía ante interlocutores alemanes: para él era mucho más importante un minuto en televisión que todos los mítines que pudiera dar, porque llegaba a muchísima más gente. Además, era muy telegénico y muy buen comunicador. Llegó a decir en 1976 que un minuto en televisión era un millón de votos.

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