Nada tan ovetense como la piqueta. Ni siquiera el Martes de Campo, el bollu en San Mateo o la fidelidad inquebrantable a su histórico equipo de fútbol. La destrucción implacable de su patrimonio parece que forma parte de la identidad de Oviedo, por la codicia de los poderosos o la abulia de sus habitantes, inmortalizada por Clarín en “La Regenta”, sin que la democracia y los modernos planes de urbanismo hayan sido capaces de poner freno a dolorosos derribos y lamentables pérdidas históricas y patrimoniales. Dicen expertos, como el geógrafo Sergio Tomé, que destrozó más en la capital de Asturias la piqueta insensible en tiempos de paz que la guerra civil o la revolución de 1934, y eso que bombas y disparos atentaron contra dos de sus grandes monumentos, la catedral y la Universidad.
La lista de los destrozos es interminable desde el siglo XIX. El convento gótico de San Francisco, el acueoducto de Los Pilares, el claustro de Santa Clara, el palacio de Concha Heres, la estación del Vasco… Hasta el carbayón, un icono de la ciudad, fue derribado sin piedad en 1879, lo que vino a ser un suicidio colectivo, porque los ovetenses se identificaban tanto con su árbol totémico que por carbayones los conocen en toda España.
No se trata de una cuestión de ideología, sino de sensibilidad. La tala del carbayón fue posible por el apoyo de los concejales progresistas de la época, que se impusieron en el Ayuntamiento a los conservadores, que también eran conservacionistas. Casi un siglo después, al derribo del claustro de Santa Clara se opuso un grupo de ovetenses, Los Clarisos, que eran asturianistas ilustrados y conservadores, con Juan Uría Ríu al frente.
Hay progresistas sensibles con la cultura, la historia y la belleza, y otros que confunden el progreso con la destrucción de cualquier vestigio del pasado
Hay progresistas sensibles con la cultura, la historia y la belleza, y otros que confunden el progreso con la destrucción de cualquier vestigio del pasado, lo que viene a ser una forma de barbarie. Y hay conservadores en sentido estricto, que quieren conservar lo que merece ser conservado, en el patrimonio material y en el inmaterial, pero también otros que lo desprecian fomentando y apoyando su destrucción. Oviedo es un buen ejemplo de estas contradicciones, una auténtica tradición que llega hasta nuestros días.

Una repetida estrategia que prologan desde hace siglos los bárbaros de la piqueta es el abandono de los bienes patrimoniales hasta provocar su deterioro y justificar entonces su destrucción como un mal inevitable. Una verdadera impostura. Se ve en Oviedo en la mayoría de los derribos, tras los que pasado un tiempo llega un lamento generalizado. Pasa el tiempo pero no esos viejos vicios, como se puede observar ahora con los Hongos del antiguo HUCA del barrio de El Cristo, gran muestra del estilo brutalista, de los arquitectos Ignacio Álvarez Castelao y Francisco de Saro, condenado al derribo tras más de una década sin actuar en la zona, viendo como crecían la maleza, las ruinas y las ratas.
La misma amenaza que pesa sobre la Fábrica de Gas, donde quieren destinar a chatarra la marquesina del ingeniero Ildefonso Sánchez del Río, que correría así la misma suerte que la vieja tribuna del estadio Carlos Tartiere, la primera sin columnas construida en España. Eso sí, a Castelao o Sánchez del Río se les venera en la ciudad como grandes artistas y se presume de sus obras, mientras se las deja pudrirse y caer para luego edificar sobre ellas otras mediocres o a menudo verdaderamente espantosas. Basta con repasar actuaciones anteriores.

Vivimos negros tiempos de distopía y reacción, como si la civilización se estuviera desmoronando a la vez que las piedras milenarias de un monumento maltratado. Solo así se entiende que en Oviedo esté a punto de llevarse a cabo una de esas aberraciones de las que los carbayones se arrepentirán penosamente en el futuro, si es que la civilización no llega al colapso. En pleno siglo XXI y en un enorme espacio que es más que un monumento: en la antigua fábrica de armas de La Vega estamos ante un gran recinto fabril, una pequeña ciudad histórica e industrial dentro de la ciudad moderna y de servicios que fue creciendo tras sus muros.
Ya en los últimos años del franquismo, otro clariso, el cronista oficial de Asturias, Joaquín Manzanares, alertó sin que nadie le hiciera caso del atentado a la iglesia de Santuyano, con pinturas de enorme valor en su interior, que suponía la entrada en Oviedo de la autopista Y justo al lado de esa joya del prerrománico. Los carriles separan desde entonces Santuyano de la Fábrica de La Vega, donde hay una iglesia románica y se supone que los restos del palacio del rey asturiano Alfonso II.

Aquella herida a la entrada de la ciudad nunca cicatrizó, porque la autopista no fue alejada de Santuyano, que padece las consecuencias del paso de miles de coches a diario a pocos metros del templo. Ahora la herida se va a reabrir y provocar una auténtica hemorragia: un destrozo patrimonial mayor. El proyecto que se pretende ejecutar en La Vega, con prisa y sin participación ciudadana, para que el destrozo no tenga marcha atrás, consiste en desviar la autopista para que penetre por la fábrica, donde se construirán además un millar de viviendas. Un disparate así no corresponde a una sociedad desarrollada.
La entrega de la medalla de oro de la Cámara de Comercio a la ministra de Defensa, Margarita Robles, en presencia de las autoridades locales y autonómicas, fue un espectáculo público de sumisión y entreguismo
Además de ignorancia o insensibilidad, o más bien ambas cosas, que suelen ir de la mano, el relato reciente del destrozo que se pretende ejecutar en La Vega esconde intereses políticos y económicos inconfesables que no ocultan el provincianismo y el sucursalismo de los grandes poderes y las élites ovetenses y asturianas.
El Ministerio de Defensa, que gestionaba una fábrica en los terrenos arrebatados a las monjas benedictinas que eran sus auténticas propietarias hasta la desamortización del siglo XIX, no cedió a la ciudad La Vega, como correspondía y ocurrió en A Coruña. Será en cambio el gran beneficiado del pelotazo previsto, con la complicidad del Ayuntamiento ovetense y el gobierno asturiano. Las plusvalías de la conversión del recinto fabril en un enjambre de pisos, en una nueva zona residencial atravesada por la autopista, irán al rearme en el que ya se ha embarcado el Estado español, como todos los demás. La entrega de la medalla de oro de la Cámara de Comercio a la ministra de Defensa, Margarita Robles, en presencia de las autoridades locales y autonómicas, fue un espectáculo público de sumisión y entreguismo comparable a los que nos causan tanto bochorno y estupefacción en el caso de Donald Trump.

Para entender todos estos comportamientos, y un plan ante el que Joaquín Manzanares comprobaría horrorizado que la barbarie continúa en el siglo XXI de la inteligencia artificial, basta con seguir la pista del dinero. Es público y notorio de donde parte: del lobby de políticos y empresarios que colonizan las instituciones, nunca dispuestos a que esas tonterías del patrimonio y la cultura aborten un gran negocio. Los mismos que proponen o apoyan con entusiasmo la candidatura de Oviedo a la capitalidad cultural europea, mientras tiran de piqueta en una actuación absolutamente incompatible con la cultura y el progreso.
Ahora tienen un último escollo a salvar. Aunque impidieron un trabajo arqueológico riguroso para evitar que la aparición de los restos del palacio de Alfonso II paralizase la obra, un estudio con georradar apunta a que pueden ser los que se localizan justo por donde pretenden meter la autopista. El concejal de Urbanismo, Nacho Cuesta, primero ocultó el hallazgo y luego lo minimizó cuando se conoció, a la espera de que la Consejería de Cultura de luz verde a la piqueta, lo que sería una verdadera aberración.
Nadie está en contra de convertir esa ciudad dentro de la ciudad en un gran espacio de futuro para Oviedo con un proyecto ambicioso y racional, algo que ya se tenía que haber abordado hace tiempo. La pregunta es otra : ¿Es imprescindible para ello destrozar La Vega metiendo la autopista por la fábrica y construyendo mil pisos? En absoluto. El sentido común y los colectivos sociales sensibilizados con este asunto, la sociedad civil organizada en favor del interés general y no de los negocios privados, ya lo han expresado con datos y argumentos. La autopista puede seguir sin penetrar en La Vega, el mal menor, y esos pisos se pueden construir en otras zonas de la ciudad. Pero esas propuestas, de La Plataforma Ciudadana en Defensa de La Vega y de Ecoloxistes n´Accción, no se admiten en el concurso de ideas que promueven Defensa, Ayuntamiento y Principado. ¿Concurso de ideas? Ahí solo concursan ellos y las ideas que no comparten no se admiten.
La pista del interés general la dio la Fundación Princesa con una gran idea que puso en práctica hace pocos años su directora Teresa Sanjurjo. Convirtió a La Vega en un gran recinto cultural durante la Semana de los Premios, que sirvió para que la inmensa mayoría de los ovetenses descubrieran maravillados los talleres, los pabellones y los viales de la vieja fábrica. Llevó allí, aprovechando la poética luz otoñal del Norte, conferencias, conciertos, exposiciones, teatro y cine.
El encanto de la decadencia de unas hermosas construcciones de la industrialización asturiana evoca a Berlín y otras ciudades europeas que supieron aprovechar la arqueología industrial, sus ruinas y monumentos fabriles, para conquistar el futuro a través de la cultura. Ese es el referente, en eso consiste el progreso. La antítesis de la salvaje piqueta. Tan tenaz, tan carbayona. Un arma de destrucción masiva, como las que se fabricaban en La Vega.



























