Mañana, 6 de marzo, el periodista y activista por la memoria histórica Emilio Silva Barrera presenta en Asturias su primera novela, Nébeda, en un encuentro con lectores en Oviedo, organizado por la asociación cultural La Ciudadana. La cita —que tendrá lugar a las 19:30 horas en El Manglar— llega en un momento especialmente significativo para el autor: después de décadas escrita y guardada, la novela aparece ahora como una indagación literaria en los silencios familiares, la transmisión del trauma y las deudas aún abiertas del pasado reciente español.
Silva (Elizondo, Navarra, 1965) es conocido sobre todo por su trabajo al frente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que fundó tras impulsar en el año 2000 la primera exhumación científica de una fosa común de civiles republicanos asesinados por el franquismo en Priaranza del Bierzo, donde fue identificado genéticamente su propio abuelo. Periodista de formación, ha dedicado más de dos décadas a documentar desapariciones forzadas, acompañar a familias y cuestionar la impunidad de los crímenes de la dictadura. Con Nébeda, traslada ese recorrido al terreno de la ficción para explorar desde otro lugar la memoria, el miedo heredado y las huellas íntimas de la violencia política.
El libro llega después de décadas escrito y guardado. ¿Por qué ha estado guardado y por qué este es el momento de sacarlo?
Yo soy periodista y en 1999 dejé mi trabajo para escribir este libro. Mientras lo documentaba, viviendo en Madrid, me iba los domingos muy temprano al Bierzo, entrevistaba a varias personas y regresaba el mismo día. En marzo del año 2000 encontré a Arsenio Marcos, amigo de la infancia de mi padre y militante comunista encarcelado, que me llevó al lugar donde estaba la fosa de mi abuelo, la primera exhumada científicamente en España, y aquello cambió muchas cosas. Terminé el libro un año después, pero lo he llevado conmigo durante décadas, pasando de bolsa en bolsa, por miedo y por una educación familiar marcada por el silencio: cuando preguntaba por mi abuelo, mi padre siempre me advertía que no hablara de eso fuera de casa, y este libro es precisamente hablar de eso fuera de casa. Me ha costado mucho atreverme a publicarlo; curiosamente, publiqué hace veintidós años un libro periodístico sobre la historia de mi abuelo sin problema, pero la literatura te retrata mucho más porque entran tus emociones y hasta tu inconsciente. Además, hace unos meses murió el último de los hijos de mi abuelo, y quizá la desaparición de esa generación también me empujó a sacar a la luz esta historia.
En el prólogo habla de una genealogía del silencio y de haber aprendido a callar antes incluso de hablar. ¿Qué silencios reconoce hoy en la sociedad española?
Creo que hay muchos. Mi padre solía repetirme una frase que era la mala moraleja de lo que le ocurrió a mi abuelo: “El que vive de sueños muere de realidades”. Esos silencios están en muchos lugares de nuestra vida. Culturalmente, en España no ha habido un relato masivo sobre la brutalidad de la violencia franquista; la representación más coherente con lo que he oído en pueblos y familias quizá sea el capitán Vidal de El laberinto del fauno. Políticamente, la impunidad de los crímenes de la dictadura es el silencio de nuestra justicia: jamás se ha sentado en el banquillo a un responsable y nosotros hemos presentado decenas de denuncias, incluso en Argentina por jurisdicción universal. Y hay silencios sociológicos: tenemos una de las mayores tasas de paro juvenil de Europa sin conflictos sociales que expresen ese malestar; esa cultura de huir del conflicto también tiene raíces en el franquismo. Todavía hay muchas cosas de las que la gente no se atreve a hablar, sobre todo en el mundo rural, y mucha gente ha muerto callándolas; mi abuela murió veintidós años después de Franco y jamás le oí hablar de mi abuelo. La sociedad española es muy ruidosa para lo banal y muy silenciosa para lo trascendente.
“La despolitización también es política, y muchas veces lo que parece normalidad es miedo sedimentado.”
Ese silencio del que habla, ¿cree que sigue organizando nuestra vida pública hoy?
Sí, en muchos sentidos sigue operando, incluso cuando no se percibe. La despolitización también es política, y muchas veces lo que parece normalidad es miedo sedimentado; hay comportamientos colectivos que se explican por esa historia no resuelta. En muchos lugares todavía se sabe mucho y no se dice nada, y eso marca cómo nos relacionamos con el conflicto, con la justicia y con el pasado.
El título remite a una planta humilde de cuneta. ¿Por qué le parecía la imagen más justa para titular la novela?
Yo nací en Navarra y hasta los quince años viví allí; cada noviembre mi padre y yo íbamos a la estación de tren de Pamplona a recoger un saco de castañas, otro de nueces y una bolsa de nébeda que nos mandaba un tío desde Pereje, el pueblo de mis abuelos. El olor de esa planta siempre lo he vinculado con ese lugar y con mi infancia. En el Bierzo se usa para cocer castañas y tiene un valor circular en el libro, porque la historia trata de dos exiliados que regresan después de muchos años en Argentina con la idea de volar el Valle de los Caídos, y me parecía que ese olor podía ser la puerta de entrada al pasado, como me pasaba a mí cuando de niño la frotaba en las manos y la olía.
Y además tiene un significado material muy concreto en su historia familiar.
Sí, porque cuando asesinan a mi abuelo en octubre del 36 nos quitan todo: él había emigrado a Argentina y Estados Unidos y tenía un almacén en Villafranca del Bierzo, y mi abuela tuvo que refugiarse en Pereje con seis hijos y prácticamente solo castaños para sobrevivir. Las castañas eran la base de la dieta y la nébeda servía para romper la monotonía del sabor; se cocían aprovechando el fuego de las cocinas de leña, porque cuando vives en la precariedad el fuego es para calentarte, no para asar castañas. Yo crecí comiéndolas cocidas con leche y azúcar y ese olor lo tengo incrustado en recuerdos muy concretos del pueblo. El libro se tituló primero El recuerdo y la piedra, pero con los años se volvió más íntimo y elegí ese nombre porque lo asocio a la infancia, a las calles del pueblo y a la historia familiar.
“La memoria es un lenguaje con el que leemos el presente, el pasado y nuestra identidad.”
Memoria, territorio y transmisión
Escuchándole se diría que la memoria funciona así: como algo discreto, aparentemente menor, pero persistente. ¿Lo ve así?
La memoria está siempre ahí; olvidar cosas así es muy difícil. Hay además una transmisión inconsciente: mucha gente no conoce el pasado y, sin embargo, se comporta como si lo conociera porque lo que se transmite son emociones y comportamientos. Recuerdo haber estudiado en filosofía cómo ciertas cosas activan recuerdos —la música, por ejemplo—, pero para mí los olores son fundamentales: a veces percibo uno que me lleva directamente a la infancia sin saber exactamente adónde. La memoria es un lenguaje con el que leemos el presente, el pasado y nuestra identidad; cada cual lo construye con elementos comunes y personales. La memoria histórica sería, si se quiere decir de forma poética, el esperanto de los perdedores: un idioma común y un silencio compartido por quienes vivieron pisoteados durante décadas y luego fueron abandonados en gran medida por la democracia.
Había hablado de una lengua común; aun así, ¿nota diferencias en la recepción de estas historias según el territorio?
Sí, las hay. En lugares como Asturias, el País Vasco o Navarra ha habido más movilización sindical y conflicto social, y la memoria es conflicto; donde ha habido más conflicto ha habido más narración y más presencia de quienes construyeron la primera democracia en los años treinta. Todo lo que activa conflicto desactiva silencio, porque el silencio es una herramienta de los verdugos impregnada de miedo. Ha habido gente capaz de enfrentarse a eso y otra que no, porque el terror se les metió en el tuétano.
Historias así, ¿cambian también su manera de entender el duelo?
Muchísimo. La desaparición forzada es terrible porque implica vivir atravesado por la incertidumbre; recuerdo una exhumación en Valdediós en la que vino desde Houston la hija de un celador asesinado y contó que durante años, cuando sonaba el timbre por la mañana, sentía que su padre volvía. Es devastador oír eso frente a sus huesos. En cierto modo hay una necesidad de “matar al muerto”, de cerrar esa incertidumbre que el derecho internacional considera tortura permanente. Parte de la resolución para muchas familias es investigar, contar y digerir la historia, aunque muchas cosas queden rotas sin remedio y otras aún puedan repararse.
“El significado del pasado tiene una potencia política enorme en el presente y por eso se ha fomentado tanta ignorancia.”
Generaciones, política y conversación
¿Qué le dicen los lectores jóvenes cuando se acercan a esta historia? ¿Estamos ante un relevo generacional en la memoria?
Creo que sí hay jóvenes interesados, incluso bisnietos implicados. Las movilizaciones siempre son minoritarias y aún hay mucho miedo; mucha gente apoya en privado cosas que no haría públicamente. Yo voy a muchos institutos y encuentro interés, aunque también jóvenes que reaccionan contra esto. El franquismo siempre ha estado ahí; en los años ochenta yo tenía compañeros con símbolos franquistas y nadie les preguntaba por Franco, ahora se les pregunta y parece escandaloso. Cuando hablo con estudiantes intento explicar que todos somos resultado de la historia de nuestras familias; como digo en el prólogo, antes de nacer ya éramos nuestros padres.

¿Le sorprende esa normalización?
No demasiado; lo que me parece interesante es que ahora se verbaliza más. El pasado siempre opera en nosotros, incluso inconscientemente: en la novela hay un personaje inspirado en un tío mío que fue diagnosticado de esquizofrenia y al revisarla descubrí que había dividido su personalidad en dos personajes sin darme cuenta. Porque cuando en un país son los “locos”, dicho con todo el cariño, quienes dicen las verdades que otros callan, eso habla también de nosotros. Mi tío era capaz de decir cosas que nadie decía y eso revela hasta qué punto el silencio ha sido estructural.
Para terminar, si Nébeda puede considerarse el final de un silencio, ¿qué conversación le gustaría que se abriera ahora?
Creo que es el final de un silencio y debería abrir una conversación profunda sobre el pasado y su significado político hoy. En este país se han enterrado franquistas con honores como si fueran demócratas, mientras muchísima gente que construyó la primera democracia —que podemos situar simbólicamente en el 19 de noviembre de 1933 con el sufragio universal— ha sido olvidada de manera injusta. Las élites franquistas pilotaron la transición e invirtieron el orden simbólico, blanqueando biografías y presentándose como ejemplo; pienso, por ejemplo, en el asturiano Sabino Fernández Campo, despedido en la prensa como un demócrata pese a su trayectoria en la dictadura. El significado del pasado tiene una potencia política enorme en el presente y por eso se ha fomentado tanta ignorancia. Mi profesor Jesús Ibáñez decía que una revolución es una gran conversación, y creo que los cambios empiezan ahí: cuando se nos acusa de dividir, lo único que hacemos es cambiar el significado del pasado, y esa conversación debería desordenar el falso orden que nos dejaron las élites de la dictadura.



























