A Grau al mercáu

Un recorrido por el histórico mercáu de Grau, ocho siglos de comercio, huerta, quesos y vida social en el corazón de Asturies.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

“Celébranse 2 mercados los miércoles y domingos de cada semana, cuyas especulaciones se reducen a frutos y ganados del país, y 2 ferias anuales, la una el domingo siguiente al de Pascua de Resurrección, y la otra el domingo de Pentecostés; cuyo tráfico consiste en ganados, granos y frutos del país, en paños, ropas de algodón, quincalla, géneros coloniales y ultramarinos”.

Pascual Madoz, que hizo un diccionario geográfico y estadístico de España y, ojo, de sus posesiones en Ultramar, dejó esto escrito de Grau en esa obra faraónica que el político navarro dirigió a mediados del siglo XIX.

Han pasado casi doscientos años y lo que en Grau se sigue vendiendo y comprando viene siendo prácticamente lo mismo, y el mercáu se sigue creando cada miércoles y domingo además de en esas fechas señaladas ya por Madoz de las ferias anuales, las “flores de Grau”. Pero es que la cosa viene sucediendo desde mucho antes. Porque resulta que Alfonso X El Sabio, que fundó la villa moscona en marzo de 1256, ya dejó establecido esto mismo, que se hiciesen mercados miércoles y domingos. Más de setecientos años; poca broma la pila de tomates, ablanas y lechugas que han podido cambiar de mano.

Mercáu de Grau.

Que un encuentro comercial navegue hacia los ocho siglos de historia no es casual, como tampoco lo fue que al rey sabio le diera por establecer ese mandato. Grau es y era cruce de caminos: el que conduce a Uviéu; el que conduce y da entrada al occidente -que es a su vez el primer camino de Santiago-; el que conduce al Cantábrico por la bocana de la confluencia del Nalón y del Narcea; y el Camín Real de la Mesa que fue hasta el siglo XIX uno de los pasos más notables hacia tierras leonesas y luego a Castilla. Pero es que además Grau se asienta sobre una fértil vega, la del río Cubia, que es vecina de otras como la del Nalón a la altura de Vega de Anzo, y como la muy cercana del Narcea, que ya viene dando huerta desde Soto de los Infantes, pero que alcanza su esplendor entre Cornellana y Pravia.

Vale, tenemos cruce de rutas, de humanos y de mercancías, y tenemos huerta de calidad en cantidubi, pero esto mismo sucede en algunos otros lugares que no llevan cientos de años erre que erre con un mercáu. Qué cojones pasa aquí. Quizás la razón esté en que en Grau se desarrolló una tradición industrial y comercial que merece un aparte.

“Grau tiene algo, Grau tiene duende. Yo creo que es la luz.”

Hubo fábrica de armas -“industria de la defensa” que se dice ahora por aquello de blanquear- que nació al amparo de molinos en la zona de San Pelayo con los que se barrenaban fusiles; hubo una fábrica de sidra espumosa -atentos al nombrazo: La Reina de Asturias-; dos de zapatillas -La Moscona y La Gradense- y dos de galletas -La Gilda y La Triunfante-; una de tintes -Extractos Curtientes del Norte de España-; y un tostadero de café, entre otras pequeñas industrias hoy muchas de ellas desaparecidas. Pero aguardad, que aún hay más. Los impulsores de los dos grandes emporios comerciales españoles en el siglo XX, El Corte Inglés y Galerías Preciados, César Rodríguez y Pepín Fernández respectivamente, nacieron ambos en el concejo de Grau.

El tema es muy loco porque estamos hablando de un municipio que a principios del siglo XX rondaba los 20.000 habitantes y que, por muy bien ubicado que estuviera a nivel de comunicaciones, no dejaba de enclavarse en el centro de una región secularmente aislada. Y sí, vale que llegó el ferrocarril -hacia 1900 con la línea Uviéu-San Esteban, lo que hoy es la FEVE-, vale que arribaron gentes vascas con la instalación de aquellas primeras fábricas de fusiles y bayonetas -todo esto de la mezcla ayuda siempre, mezcla de la que se conservan apellidos vascos-, y vale que hubo industria, pero tiene que haber algo más, algo que no se alcanza a medir en términos socioeconómicos.

Grau tiene algo, Grau tiene duende. Yo creo que es la luz. Si vas desde Uviéu y enfilas la amplia vega desde el estrechón de Peñaflor, o ahora desde que asomas del túnel llegando por la autovía, se abre un espacio amplio flanqueado al sur por los altos de Yernes y Tameza, al oeste por la sierra del Pedroiro, y al norte por las suaves colinas que limitan con Candamu. Y allí, allí en medio, está Grau, con esa caída del que luce elegancia de cuna.

Hablo de ello con Laura, que atiende a los visitantes en la oficina de turismo en el palacio de Fontela, uno de esos edificios nobles de Grau que también acoge el museo “Villa ya Mercáu”, una exposición que no debéis perderos porque es una cocada. Laura, que es mitad de Tapia y mitad de El Franco, destaca eso, la luz. Y la gente, el carácter de la gente de Grau, un carácter en el que jugaron un papel determinante el comercio y las mujeres.

Si vas a Grau, repara:

en cada esquina una tienda,

las muyeres trabayando

y los homes na tabierna

Vaya, qué raro que los paisanos no la preparásemos. Laura me cuenta que de ese buen vivir de los negocios -llegó a haber 150 comercios en Grau-, algunas familias pasaron apuros porque “muchos hombres eran más mangantes de la cuenta”, y que se dieron casos de familias que no salieron adelante hasta que el hombre de turno no se vestía el pijama de madera. Sirva para ilustrar esta reflexión de Álvaro Fernández de Miranda en su Grado y su concejo de 1907:

“La miseria no existe en la villa: hasta las clases ínfimas viven más o menos desahogadamente; todos comercian, trafican, se industrian y constituye la vega o sus huertas un poderoso elemento de bienestar; relativamente son pocos los señores. La mujer de la clase popular es muy aplicada y laboriosa: trabaja más que el hombre, que, lastimosamente, suele frecuentar los centros de Baco”.

“Hay puestos de embutidos y salazones que parecen sacados del medievo.”

Afortunadamente no eran todos los tan aficionados al alpiste, también los hubo hacendosos, como aquel tipo que con las ablanas que vendió en un año se construyó una cabana. Porque las ablanas fueron una de las joyas que salieron de Grau en barcos, y no es una manera de hablar: Almacenes Miranda, empresa asentada en la villa, embarcó desde El Musel muchas toneladas de ablanas adquiridas en Grau con destino a la exportación.

Pero volvamos con las mujeres. Si recorres el mercáu un domingo cualquiera, te encontrarás a muchas paisaninas vendiendo productos de sus huertas. Fabes de la granja, verdines y canelas; lechugues, repollos, vainillas -lo que en otras zonas llamamos vaines o fréjoles-, arbeyos… y por supuesto tomates.

Jaime, madrileño, y Birgit, de un pueblo del suroeste de Alemania, llevan dos años viviendo en Asturies y desde que descubrieron el mercáu de Grau no suelen fallar a su cita en busca de tomates. Como no estamos en temporada se conforman con comprar un repollo picudo y una docena de huevos en el puesto de Primitiva, que es de La Mata y lleva acudiendo a vender al mercáu desde que tenía 20 años. Ahora tiene 77, pero me cuenta que “como cobro la pensión de ‘la agraria’, no me da, y encima tengo al marido enfermo desde hace años”.

Ca Sanchu. Mercado de Grau.

Hay puestos de embutidos y salazones que parecen sacados del medievo, hay flores, hay ropa, hay panes y hay llambionaes como el tocinillo de cielo, esa anomalía cuántica que desafía las leyes de la física capturando todo el azúcar y la yema de huevo del universo conocido.

Pero estando en Grau hay que hablar de quesos, y entre ellos, faltaría más, de los de Afuega’l Pitu. Me detengo a hablar con Ana e Isabel de la quesería La Borbolla. En diez minutos que estamos charlando no dejan de parar compradores que van a tiro fijo. Un poco más abajo está Xel, de Ca Sanchu en Ambás, también con la mejor mercancía quesera local. Tanto Ana e Isabel como Xel conocen el mercáu y destacan el cuidado que pone el gobierno municipal en su promoción, y afirman que el mercáu está muy vivo, con mucha gente los domingos. Ambas queserías arrastran tradición vendiendo en la villa: Minina, la madre de Marta la de Ca Sanchu, estuvo cuatro décadas vendiendo quesos, casi tanto como la madre de Ana e Isabel las de La Borbolla.

También hay puestos de quesos de otras latitudes, como el de David, de “Quesos con todo el sentido”, que atiende en un tenderete primoroso con variedades de distintas localizaciones. David despliega las artes del buen vendedor de quesos -porque los de Afuega’l Pitu se venden solos, pero estos foriatos hay que catarlos-. Corta lascas y las ofrece al tiempo que narra procedencias, tipo de pasto, variedad de razas, y el tiempo y tipo de curación. Uno se queda ensimismado con estos magos del comercio y decide llevarse un par de cuñas.

José Luis y Loli en el Mercado de Grau.

Las tiendas también abren los domingos. La tradición de adquirir ropa en Grau sigue viva, particularmente la ropa de los días grandes, bodas y comuniones, como sigue habiendo mucha gente que va a Grau a comprar muebles. Por eso sigue habiendo buenos comercios, con género fetén y una atención de esa que te cuidan desde que asomas por la puerta.

Ya llevo en la mochila dos Afuega’l Pitu, dos cuñas de a saber dónde, una docena de huevos, cinco limones y una bolsa de verdines cuando me tropiezo con Primo, que es de Caces pero está casado en Grau, y que me cuenta que lo mejor del mercáu son los vasos de vino que se bebe con los amigos. Pues no se hable más, vamos a echar un vaso juntos. Primo me cuenta que antes había más mercáu, que ahora viene mucha gente a pasear, pero que sigue habiendo enredos, como se dijo siempre: “hacer los enredos” era en Grau ir por las tiendas y los puestos. Me dice todo esto en El Manantial, uno de los bares con más años a la chepa, que está de bote en bote. En esto que sale Montse, la dueña y guisandera. Montse me cuenta que para ella el mercáu lo es todo, por negocio y por apego, y que nadie se marcha sin comer de su casa: si no vas primero, vas después. Entre los que van después están Ana y Rafa. Ella es de Grau, Rafa de Sama. Montse les dice que no sabe a qué hora podrá atenderles, pero ellos se lo toman con la cadencia de la felicidad: “Vale, ponnos dos vinos mientras tanto”. Ana me dice que para ella, como moscona, el mercáu es la esencia de la villa, que no entendería Grau sin ello.

Dejo a Primo, a Ana y a Rafa en El Manantial y salgo pitando antes de que se acabe el pan que necesito para empujar los quesos que pillé. Hablar de pan en Grau es hablar de escanda. Sí, allí está el puesto del pan de Las Cruces del que hablamos aquí hace ya un tiempo.

El mercáu empieza a recogerse y antes de retirarme me paro a hablar con Loli y José Luis en su puesto de esquilas, chuecas, foucinos, mangos de madera, navayas, y maniegos de distintas hechuras. Loli es de Carballo, de Cangas del Narcea, y José Luis de Trevías. Llevan desde 1971 viniendo a Grau con una mercancía que antes se compraba para trabajar y que ahora se adquiere como artesanía. “El campo se muere”, me dice José Luis, heredero de tradición familiar: su padre, gallego de Ourense, fue hojalatero, paragüero y afilador.

No sé si el campo se morirá o si solo se transformará -aunque no nos guste, por aquello de la fuerza genética de las costumbres-, como se ha transformado el mercáu de Grau desde que Alfonso X dijera que había que hacer mercados los miércoles y los domingos. Hoy no venden pitas, como se vendían hasta hace pocos años, ni se llevan burros cargando la mercancía -me alegro mucho por pitas y pollines, todo sea dicho-, y posiblemente aparecerán nuevos productos, nuevos vendedores y un público nuevo. Las cosas cambian.

Haceos un favor: nunca vais a tener en la mano, nunca, un barril de Brent ni un kilovatio, cosas que ni sabemos qué cojones son a pesar de que nos pongan la cabeza como un bombo con ellas a diario, pero sí que sabéis lo que es un puñado de ablanas, una botellina de sidra dulce casero, una cesta de castañes, un buen queso de Afuega’l Pitu o un paseo dominical recorriendo un mercáu con más años que un bosque. Dejad de hacer chuminadas e id a Grau, que lo vais a flipar.

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