Hace unos días leí un fogoso manifiesto republicano de Izquierda Unida y no pude evitar una media sonrisa. Es de todo punto evidente que la invocación a la República tiene en nuestro país un alto valor simbólico y viene trazando desde hace mucho tiempo una frontera ideológica entre sus ciudadanos. Quienes lo hacemos estamos reconociendo una deuda histórica con aquella generación que intentó romper con un oscuro pasado y pagó por ello tan duro e injusto precio, y con aquel breve periodo de esperanza del que tendemos a recordar sus muchas luces y a olvidar sus no pocas sombras.
No es menos cierto que en el mundo actual la distinción entre república y monarquía tiene escasa relevancia política. Repúblicas son Bielorusia, la Hungría de Orban, Turquía y Corea del Norte; y monarquías, Países Bajos, Dinamarca, Gran Bretaña o Japón. A la hora de valorar sus respectivos sistemas políticos no es principalmente la forma de estado a lo que prestamos mayor atención.
Es el contexto político y los objetivos del momento lo que pone en valor unas consignas u otras. Mi cada vez más debilitada memoria me lleva en esta ocasión hacia aquellos ya lejanos primeros años de la década de los setenta del pasado siglo, cuando la principal preocupación de las izquierdas era acabar por fin con la Dictadura. Por entonces, el partido político al que yo pertenecía, el Movimiento Comunista (MC) rechazaba y criticaba a la recién constituida Junta Democrática porque en su programa de objetivos se negaba a incluir dos reivindicaciones que considerábamos fundamentales, la República y el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades, exigencias ambas que el Partido Comunista (PCE) rechazaba rotundamente. Era el momento en que desde diferentes ámbitos se estaba gestando el pacto de lo que pronto sería la Reforma política y en tales circunstancias la reivindicación de la República tenía un claro significado: no sólo era un homenaje a las víctimas de la Dictadura sino sobre todo una exigencia de plena ruptura con el Régimen franquista y un rechazo de las maniobras reformistas.
Luego vino la Plataforma de Convergencia Democrática, promovida por el PSOE, donde el MC pudo participar desde el principio en la discusión y elaboración del programa político. Conseguimos meter el derecho a la autodeterminación, no entró la palabra mágica república, pero sí un rechazo explícito a la Monarquía. De aquella el PSOE todavía tragaba lo que le echasen. Después llegó la Platajunta… y todo lo demás.
¿Podrían haber ido las cosas de otra manera? Mi amigo Arturo Terán, cuando discutimos, me dice que era imposible, que no había fuerzas para conseguir más. Yo le digo que nunca lo sabremos, porque ni tan siquiera lo intentamos. Y no lo intentamos porque el PCE hacía tiempo que había excluido otra posibilidad que no fuese el pacto con el Régimen, Monarquía incluida.
Ahora, tantos años después y en circunstancias tan diferentes, cabría preguntarse por el sentido de la reivindicación republicana. Desde luego, es muy malo perder la memoria y no cabe duda de que si la jefatura del Estado estuviera sometida al sufragio de los ciudadanos nuestras instituciones ganarían en calidad democrática. Pero hoy la República, más que un objetivo político movilizador, es un rasgo identitario, un símbolo para una generación de militantes. Y abril la ocasión de encontrarse con los viejos compañeros de toda la vida y de recordar a los que ya no están.



























