La escritora y periodista asturiana Carolina Sarmiento presenta en la feria del libro ovetense Ofelia su nueva novela Las fronteras (Siruela, 2026), una obra breve y muy poética, que mezcla ciencia ficción, western y reflexión política. Sarmiento toma como punto de partida una pregunta radical: ¿Qué habría pasado si la comunidad internacional decidiera despoblar la mitad del planeta con el objetivo de frenar el colapso ecológico?
¿Es más fácil escribir distopías que utopías?
La realidad es que yo no empecé Las fronteras planteándome que iba a escribir una distopía o una utopía. Lo que sí tengo claro es que ambas cosas se funden. El planteamiento de la novela es que el mundo llega a un consenso para despoblar la mitad del planeta y así recuperar la posibilidad de seguir vivos y dejar de destruir el medio ambiente y los ecosistemas. Que el mundo llegue hoy a un consenso así me parece utópico. Me cuesta imaginar a los países poniéndose de acuerdo en un fin tan casi bucólico. Pero la transición hacia eso acaba convirtiéndose en una distopía.
Porque una idea aparentemente positiva deriva en algo totalitario.
Claro. El planteamiento inicial es positivo, pero implica fronteras, vigilancia, gente armada controlando esos límites y reglas muy estrictas. Ahí enlaza con debates sobre ecofascismo o incluso con políticas como la del hijo único en China.
¿La cuestión medioambiental puede tener también un reverso tenebroso desde el punto de vista democrático?
Sí, yo creo que sí. Hay planteamientos ecologistas que defienden que hay que ir al extremo porque estamos en un punto de no retorno en muchos ecosistemas y especies. Ya hemos sobrepasado límites irreversibles: las barreras de coral, determinadas corrientes marinas, los icebergs… A mí me interesaba explorar esas fronteras morales: qué está bien y qué está mal, quién es víctima y quién sale beneficiado. La novela plantea preguntas, no respuestas. No es un ensayo ecologista. Desde la ficción me parecía un territorio muy fértil imaginar que el mundo tomaba una decisión tan extrema como renaturalizar la mitad del planeta.

La novela tiene mucho de ciencia ficción, pero también un aire de western.
Sí, totalmente. Hay caballos, un paisaje de frontera… El western está muy presente.
Y el propio concepto de frontera es muy del western.
Sí. Me interesa pensar en la colonización que representó el western clásico: hombres conquistando territorios y extrayendo recursos del “nuevo mundo”. Aquí sucede lo contrario. Es una especie de descolonización: la naturaleza nos reconquista a nosotros para poder empezar de nuevo.
“Me crié viendo películas de vaqueros y siempre me sentí cómoda con la voz masculina”
Tu protagonista es un hombre y además un personaje muy marcado por la violencia.
Me crié viendo películas de vaqueros y siempre me sentí cómoda con la voz masculina. El personaje me salió hombre de manera natural. También me interesaba reflexionar sobre cierta violencia innata que existe en muchos hombres. El guarda regresa a su pueblo después de enlazar una guerra tras otra. Vuelve deshumanizado, descorazonado y buscando sus raíces. Si lo llevamos de lo individual a lo colectivo, una sociedad que atraviesa muchas guerras también necesita revisarse a sí misma y preguntarse qué lugar ocupa en el mundo.

La novela apenas ofrece explicaciones directas sobre el mundo que plantea. El lector tiene que reconstruirlo.
El “Tratado de Desocupación” con el que arranca el libro tiene un lenguaje burocrático, administrativo, casi como un BOE. Son unas normas impuestas de manera urgente y obligatoria. Luego la novela tiene un tono más lírico y abstracto. Empieza con el recuerdo de un sueño y juega con esa sensación de no saber muy bien qué has soñado y qué has vivido realmente. Me gusta moverme en esa ambigüedad, en esa espesura entre la vigilia y lo inconsciente. A lo largo del libro el protagonista va recordando artículos de ese tratado y cómo se llegó a esa decisión extrema de despoblar la mital del planeta. De hecho, hay teorías científicas que defienden cosas parecidas. Por ejemplo, el ensayo Medio Planeta, de Edward O. Wilson, al que llegué después de terminar la novela, plantea algo parecido.
Dentro del ecologismo existe un debate entre quienes ponen el foco en el colapso y quienes creen que ese discurso puede ser desmovilizador. ¿Cómo te sitúas ahí?
Es una cuestión complejísima. El conocimiento científico está encima de la mesa, pero quitarnos privilegios es muy difícil. Hay intereses económicos enormes y también una ciudadanía acostumbrada a consumir y a vivir con determinadas comodidades. A mí me frustra mucho que teniendo toda esa información sigamos actuando como si no pasara nada. En el último siglo han desaparecido el 75% de las especies vegetales. Es una barbaridad. Pero vivimos como si eso no tuviera consecuencias sobre nosotros. Creo que hemos olvidado que somos interdependientes y que formamos parte de algo más grande. Antes la naturaleza era una divinidad; ahora parece que los dioses somos nosotros.
¿Entonces qué hace falta?
Necesitamos líderes valientes que actúen contra el cambio climático. Gente pedagógica e inspiradora, capaz de guiarnos sin recurrir a la imposición ni al totalitarismo.
Durante la pandemia pareció abrirse una oportunidad para replantear las ciudades y nuestra relación con el entorno.
La pandemia fue una ocasión perdida. De repente vimos ciudades con menos coches, gente caminando, espacios recuperados para las personas. En Gijón, por ejemplo, se peatonalizó el Cascayu y parecía que podíamos empezar a imaginar otra forma de vivir la ciudad. También hubo una revalorización de lo público: se aplaudía a las enfermeras, a los médicos… Parecía que podíamos aprender algo de todo aquello. Pero fue un espejismo. Yo eso lo vivo con bastante frustración porque veo cómo en Gijón, en lugar de proteger las zonas verdes, se siguen vendiendo para universidades privadas, promociones de lujo o nuevos supermercados. Se sigue construyendo y ampliando en vez de preservar esos espacios, que es precisamente lo que nos está diciendo el conocimiento científico. Mientras ciudades como París o Londres están plantando árboles masivamente porque las temperaturas suben, aquí seguimos edificando. Y oportunidades como la peatonalización del Muro, que parecía algo tan evidente, se dejaron escapar. Con el apagón de hace un año pasó algo similar. Durante unas horas la gente volvió a convivir de otra manera: parques llenos, adolescentes jugando a las cartas, personas leyendo, niños jugando… Pero volvió a ser algo pasajero.
La pandemia también mostró cómo la naturaleza recupera espacio rápidamente cuando dejamos de intervenir.
Sí. En pocas semanas empezamos a escuchar pájaros que antes no escuchábamos nunca. El verde ocupó lugares asfaltados. La naturaleza, siempre que puede, avanza y recupera su sitio, porque ese lugar originalmente era suyo y nosotros se lo hemos quitado. Por eso me interesan especialmente esas “fronteras verdes” que separan países enfrentados como Rusia y Finlandia o Corea del Norte y Corea del Sur. También me fascina el caso de Chernóbil. Toda la zona de exclusión que rodea la central nuclear se ha convertido en uno de los mayores refugios de fauna y flora de Europa. ¿Por qué? Porque la hemos dejado en paz.



























