“El problema no es el aguacate. El problema es el modelo”. Rafael Yus, coordinador de GENA-Ecologistas en Acción en la Axarquía malagueña, lleva décadas estudiando el impacto de los cultivos subtropicales en una de las mayores zonas europeas de producción de aguacate. Ahora observa cómo el cultivo empieza a extenderse hacia el norte y cree reconocer algunas señales. “La fiebre ya ha empezado”, advierte.
Hace apenas unos años, hablar de plantaciones comerciales de aguacate en Asturias habría sonado a extravagancia tropical. Hoy ya no. Entre Cabranes, Villaviciosa, Pravia o la costa occidental empiezan a multiplicarse las fincas donde, junto a pomaradas, maíz o pastos, crecen árboles de una fruta que hasta hace poco parecía reservada al sur peninsular.
El aguacate ha dejado de ser una rareza botánica para convertirse en una oportunidad económica. Y también en un debate sobre agua, paisaje y límites.
El cultivo que quiere echar raíces
El auge del aguacate tiene mucho que ver con la situación del campo asturiano. En una comunidad marcada por el envejecimiento rural, el abandono de explotaciones y la crisis prolongada de buena parte de la agricultura tradicional, muchos productores buscan actividades capaces de generar ingresos donde otros cultivos ya apenas resultan rentables.
La demanda acompaña. El consumo europeo no deja de crecer y España supera ya los dos kilos de aguacate consumidos por persona al año. El producto mantiene precios altos y se ha convertido en uno de los cultivos más atractivos para quienes buscan diversificar explotaciones o recuperar fincas abandonadas.
En Asturias el fenómeno todavía es pequeño, pero empieza a hacerse visible. Desde la pandemia han aparecido nuevos viveros especializados, asesorías agronómicas y pequeñas plantaciones comerciales vinculadas a cultivos subtropicales en Galicia, Asturias y Cantabria.
Aura, ingeniera forestal y productora en Oles, en Villaviciosa, llegó al aguacate después de perder una plantación de arándanos durante una granizada en 2021. Hoy gestiona varias fincas y cree que el cultivo tiene recorrido en Asturias. “Si consigues dar con la tecla, a nivel de venta se vende todo”, explica.

Parte del atractivo tiene que ver también con el clima. El cambio climático está desplazando lentamente algunos límites agrícolas y abriendo la puerta a especies consideradas hasta hace poco inviables en el norte. Aura cree además que las condiciones atlánticas ofrecen ventajas difíciles de encontrar en el sur. “Estas brumas que tenemos por la mañana, que al tomate le vienen fatal, al aguacate le vienen de maravilla”, explica.
Incluso Rafael Yus, una de las voces más críticas con el modelo intensivo del sur, reconoce que el cultivo puede tener sentido en determinadas condiciones y a pequeña escala. “No digo que no pueda cultivarse”, explica. “El problema aparece cuando entra una lógica de expansión constante y de monocultivo”.
Asturias mira al sur sin querer parecerse
Quienes defienden el desarrollo del aguacate en Asturias repiten una idea constantemente. Asturias no es Andalucía. Y tienen razón, al menos en parte. Asturias sigue siendo una de las regiones más lluviosas de Europa occidental y apenas una pequeña parte de su superficie agraria depende del regadío intensivo. La escala tampoco es comparable. Mientras en la Axarquía existen miles de hectáreas dedicadas a subtropicales, en Asturias el cultivo sigue siendo reducido y disperso.
Ese argumento aparece con frecuencia entre productores y técnicos del sector. La idea de que el norte todavía está a tiempo de desarrollar el cultivo sin reproducir los desequilibrios hídricos y territoriales que hoy afectan a algunas zonas del sur.

Aura cree además que el propio territorio asturiano pone límites naturales al crecimiento masivo del cultivo. “Aquí no tenemos grandes extensiones. Más de cinco hectáreas en Asturias las cuentan con los dedos de la mano”, sostiene.
La estructura minifundista, las parcelas fragmentadas y la complejidad de acceder a grandes superficies agrícolas dificultan, al menos de momento, la aparición de enormes explotaciones como las del sur peninsular.
También desde el ámbito científico se insiste en que el debate no puede reducirse simplemente a “aguacate sí” o “aguacate no”. Especialistas vinculados al Instituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterránea La Mayora llevan años defendiendo que la sostenibilidad del cultivo depende sobre todo de cómo se dimensionen las plantaciones y de la disponibilidad real de agua de cada territorio.
El agua empieza a entrar en la conversación
El debate sobre el agua aparece inevitablemente cada vez que se habla de aguacates. El cultivo necesita riego regular, especialmente durante el verano, cuando aumentan las necesidades hídricas de los árboles y disminuyen las precipitaciones.
Investigadores del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA) y de distintos equipos especializados en cultivos subtropicales recuerdan que las necesidades de agua del aguacate varían enormemente según el clima, el tipo de suelo, la densidad de plantación o el sistema de riego empleado.
Aura considera exageradas algunas de las críticas que recibe el cultivo en Asturias. “Consume más agua un manzano de mesa que un aguacate”, asegura. También compara su demanda hídrica con otros cultivos habituales del norte. “No consume más que un arándano ni más que el eucalipto”, sostiene.
“Consume más agua un manzano de mesa que un aguacate”
Otros especialistas recuerdan, sin embargo, que el debate no gira únicamente alrededor de cuánta agua consume una hectárea, sino sobre cómo crece el cultivo y qué presión acumulada puede generar sobre sistemas locales pequeños y vulnerables durante el verano. La Universidad de Oviedo lleva años señalando que Asturias también experimenta episodios recurrentes de aridez estival, especialmente entre julio y septiembre.
La experiencia andaluza aparece aquí más como advertencia que como destino inevitable. Diversos trabajos científicos sobre la Axarquía llevan años alertando de los desequilibrios que pueden producirse cuando la expansión del regadío crece más rápido que la disponibilidad real de agua.
“Cuando ves algunas montañas parecen paisajes lunares”
Para Rafael Yus, el principal error sería pensar que los problemas aparecen de golpe. “Todo empieza poco a poco”, explica. Primero unas hectáreas, después nuevas fincas, luego movimientos de tierra, captaciones y una presión creciente sobre el territorio. “Primero se planta y luego se sale a buscar el agua”.
El coordinador de GENA-Ecologistas en Acción cree que el problema no es únicamente hídrico. También tiene que ver con la transformación física del paisaje y con el modelo agrario que acompaña al cultivo. Describe laderas convertidas en terrazas artificiales, desmontes y erosión de suelos. “Cuando ves algunas montañas, parecen paisajes lunares”, sostiene.

En muchos pueblos del norte el debate empieza a sonar familiar. Primero llega un cultivo nuevo presentado como oportunidad económica. Después aparecen viveros, asesorías, movimientos de tierras y fincas que cambian rápidamente de uso. La comparación con otros procesos agrícolas recientes surge cada vez que se habla de monocultivos, presión sobre el territorio y transformación acelerada del paisaje.
Yus cree que el riesgo está precisamente ahí, en la velocidad. “Unas hectáreas parecen irrelevantes. El problema viene después, cuando el crecimiento ya responde solo a la lógica del mercado”.
El debate llega a los valles asturianos
En Asturias nadie habla todavía de un escenario comparable al andaluz. Pero algunas de las preguntas que hoy atraviesan Málaga empiezan a escucharse también en el Cantábrico.
En Cabranes, uno de los municipios pioneros en este tipo de cultivos, han aparecido ya tensiones vecinales relacionadas con movimientos de tierra, captaciones de agua y ampliación de plantaciones. El conflicto sigue siendo local y de pequeña escala, pero refleja algo más profundo. La llegada de nuevas lógicas económicas a territorios rurales que durante décadas parecían quedar al margen de los grandes ciclos de inversión agrícola.
También empieza a surgir otro debate más incómodo. El de las certificaciones ecológicas. Buena parte de los nuevos proyectos de aguacate en Asturias buscan precisamente esa etiqueta. Producción ecológica, proximidad y reducción de importaciones.
Pero distintas corrientes de la agroecología llevan años recordando que ecológico y sostenible no son necesariamente sinónimos. Investigadores como Miguel Altieri, una de las referencias internacionales de la agroecología, insisten en que la sostenibilidad agrícola no depende únicamente de reducir fertilizantes o fitosanitarios, sino también de cuestiones como la escala del cultivo, la diversidad agraria, el impacto sobre el paisaje o la presión acumulada sobre recursos como el agua y el suelo.
Las normas europeas de producción ecológica regulan métodos de cultivo y determinados insumos químicos, pero no limitan por sí solas la expansión de monocultivos ni resuelven automáticamente los efectos territoriales asociados a determinadas explotaciones intensivas.
Aura escucha muchas de las críticas que rodean al aguacate y entiende parte del debate. Cree que cualquier cultivo puede convertirse en un problema si crece sin límites ni planificación. Pero también piensa que en Asturias todavía se habla demasiado del aguacate como si fuese una amenaza futura y demasiado poco de la realidad actual del campo.
“Aquí la mayoría somos pequeñas explotaciones”, explica. “La gente imagina plantaciones enormes y eso no tiene nada que ver con lo que existe ahora mismo”.
La ingeniera forestal ve en el aguacate una posibilidad de mantener actividad agraria en zonas donde muchas fincas llevaban años abandonadas. “Si esto sirve para que la gente joven pueda quedarse en el pueblo y vivir del campo, ya merece la pena intentarlo”, sostiene.
Quizá por eso el debate alrededor del aguacate en Asturias todavía no se parece tanto a una guerra entre partidarios y detractores como a una pregunta abierta sobre el futuro del territorio. Sobre qué agricultura quiere el norte, cuánto está dispuesto a transformar y cómo hacerlo antes de que las decisiones lleguen solo marcadas por el mercado.



























