El fútbol que Florentino Pérez no representa

Mientras el fútbol de élite vive entre millones y polémicas, clubes asturianos como el Ceares, el Rosal o el Langreo sobreviven gracias al barrio, el voluntariado y la comunidad.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Esta semana el fútbol español volvió a hablar de millones, conspiraciones, agravios arbitrales y periodistas incómodas. Florentino Pérez compareció ante la prensa convertido, a ratos, en una mezcla de emperador romano y tertuliano agraviado. Habló de enemigos mediáticos, deslizó comentarios machistas hacia periodistas y volvió a presentarse como el gran salvador del madridismo. Mientras tanto, las televisiones y las redes sociales hervían alrededor del espectáculo.

A cientos de kilómetros de ese ruido, en Asturies, otro club celebraba algo mucho más pequeño y quizá bastante más importante: haber conseguido sobrevivir.

El histórico Unión Popular de Langreo, recién descendido a Tercera Federación y asfixiado por las deudas, logró salvarse gracias a una campaña de microfinanciación colectiva bajo el lema Salvemos al Unión. Aportaron dinero aficionados, comercios, exjugadores y vecinos. Entre ellos, David Villa, “El Guaje”, que volvió a echar una mano al club donde empezó a jugar de niño. El objetivo no era fichar una estrella ni construir un palco VIP. Era algo mucho más elemental. Se trataba de que el club no desapareciera.

UP Llangréu

La historia del Langreo funciona estos días como una especie de recordatorio incómodo. Mientras el fútbol de élite parece girar cada vez más alrededor de fondos de inversión, derechos televisivos y guerras de poder, todavía existen clubes donde el fútbol sigue siendo otra cosa. O, mejor dicho, donde el fútbol es apenas una excusa para algo más grande.

El club como lugar de encuentro

En el barrio gijonés de Ceares y en el ovetense Rosal lo tienen bastante claro. “Yo creo que el fútbol es la excusa”, resume Xosé Estrada, vicepresidente del UC Ceares. Lo dice casi al principio de la conversación, como quien lanza una frase sencilla sin darle demasiada importancia. Pero alrededor de esa idea parece girar buena parte de lo que representan todavía muchos clubes modestos asturianos.

El UC Ceares estuvo a punto de desaparecer hace años. La gente que lo llevaba estaba agotada y el club parecía encaminarse lentamente hacia el cierre, una historia bastante habitual en el fútbol regional. Pero ocurrió algo distinto. Un grupo de personas decidió rescatarlo y convertirlo en algo más parecido a un proyecto comunitario que a una simple entidad deportiva. “Interactuamos mucho con asociaciones y colectivos del barrio. Participa gente muy distinta y el club acaba siendo un poco un nexo de unión”, explica Estrada.

Eso se nota incluso fuera del campo. Hace apenas unos meses, el Ceares y el Gijón Industrial aprovecharon un partido en La Cruz para apoyar públicamente a Blanca Morillo, una pensionista amenazada por una subida abusiva del alquiler. Hubo pancartas, lectura de manifiestos y recogida de firmas. Para el club no era raro involucrarse en algo así. “Uno de los principios del club fue no ponerse de perfil ante las cosas que pasan cerca”, subraya Estrada. “Aunque a veces sea más cómodo no posicionarse”.

Xose Estrada, vicepresidente del club. Foto: Alisa Guerrero

El Ceares no es exactamente un club de fútbol al uso. O no solo. En torno a él se han tejido redes vecinales, amistades y hasta conexiones internacionales improbables. Hace más de una década, un grupo de aficionados del club viajó a Manchester para ver un partido del FC United of Manchester, un equipo nacido desde abajo y asociado al llamado “fútbol popular”. El encuentro se suspendió por la nieve y acabaron entrando casi por casualidad en un campo de Stockport, en las afueras de la ciudad inglesa.

Allí conocieron a aficionados locales. Se hicieron amigos. Hoy siguen visitándose cada año. “Es una relación creada totalmente por amor al fútbol”, cuenta Estrada, “pero no al fútbol de élite, sino al fútbol más cercano”.

“En el Rosal, muchos chavales no pueden pagar siquiera el carnet de socio y el club busca igualmente la manera de integrarlos”

“Aquí todo el mundo hace de todo”

En Rosal, en Oviedo, la historia tiene un tono parecido, aunque más caótico, más artesanal y probablemente más divertido. “Aquí todo el mundo hace de todo”, resume María Xosé Martínez, conocida en el fútbol asturiano simplemente como Pepa. Presidenta del Rosal desde 2017, exfutbolista y una de las pocas mujeres al frente de un club asturiano, Pepa habla del equipo como quien habla de una mezcla entre familia numerosa, grupo de amigos y pequeño milagro logístico.

Uno lleva el agua. Otro, las rifas. Otro, las fichas federativas. Otro intenta conseguir patrocinadores. Ella recoge ropa, organiza cosas, responde mensajes de Instagram de chavales que quieren jugar el año siguiente y hace prácticamente todo lo demás. “Somos menos de diez personas llevando el club”, afirma. “Y la única persona que cobra es el entrenador”.

El Rosal juega en Tercera Asturfútbol, la última categoría del fútbol asturiano. No tiene campo propio. Va rotando por instalaciones municipales. Y, aun así, sigue ahí. Pepa recuerda que cuando asumieron el club querían evitar que desapareciera un equipo histórico nacido en 1929. También querían que fuera algo distinto. “Queríamos romper totalmente con ese otro tipo de fútbol”, dice.

Jugadores del Rosal con una pancarta por el 8M

Y cuando habla de “ese otro fútbol” no se refiere solo al dinero. También habla de comportamientos, de valores y de la manera de relacionarse dentro y fuera del campo. En el Rosal, asegura, cualquier comentario racista, machista, homófobo o xenófobo implica expulsión inmediata del club. “Y nunca tuvimos ningún problema”, añade.

También intentan que la grada funcione de otra manera. En lugar del insulto clásico al árbitro, optan por fórmulas más surrealistas. “Árbitro socialdemócrata”, recuerda entre risas. O frases como “árbitro, que se me pasen les fabes” o “tengo los gatos en casa muriéndose de fame”. A veces los árbitros ni siquiera saben si les están protestando. “Intentamos que todo tenga una parte un poco cómica”, explica.

La escena encaja bastante bien con la filosofía del club: competir, sí, pero sin convertir el fútbol en una guerra absurda de testosterona y malos humos.

Mucho más que noventa minutos

Al escucharles hablar, da la impresión de que estos clubes funcionan todavía con una lógica completamente distinta a la del fútbol convertido en industria global.

En el Ceares hay jugadores que aceptan cobrar menos por jugar allí. En el Rosal, muchos chavales no pueden pagar siquiera el carnet de socio y el club busca igualmente la manera de integrarlos. “Que el fútbol no sea solo Messi, Cristiano o Mbappé”, resume Pepa.

Jugadores del Ceares en defensa de una vecina amenazada de desahucio. Foto: David Aguilar Sánchez

Ella misma pasó veinte años jugando al fútbol, desde principios de los noventa, cuando apenas existían equipos femeninos en Asturias y las futbolistas recorrían media comunidad jugando siempre contra las mismas rivales. “Fundé tres equipos para poder jugar”, cuenta entre risas. Ahora mira con cierta mezcla de orgullo y envidia cómo el fútbol femenino ha crecido.

También mira alrededor y sigue viendo mucho trabajo invisible. Madres preguntando por qué dedican tantas horas al club. Directivos recogiendo ropa un martes por la noche. Gente preparando rifas para financiar gastos mínimos. Comercios del barrio aportando pequeñas cantidades para que todo siga funcionando.

En el Ceares, Estrada habla de tres pilares fundamentales: el voluntariado, la masa social y el apoyo de la hostelería y del pequeño comercio del barrio. “Si toda la gente que trabaja en el club cobrara, sería imposible sostenerlo”, admite. Y aun así siguen adelante.

El romanticismo que todavía resiste

Durante décadas, el negocio del fútbol ha conseguido convertir un deporte popular en un producto cada vez más lejano para mucha gente. Pura paradoja. Entradas prohibitivas, fondos de inversión, palcos VIP, clubes convertidos en marcas globales y ruedas de prensa que parecen reuniones de accionistas.

Mientras tanto, en campos modestos de Asturies siguen ocurriendo escenas mucho menos espectaculares y quizá bastante más humanas.

Una presidenta recogiendo ropa después de entrenar. Un vicepresidente organizando rifas y asambleas. Un grupo de vecinos defendiendo a una pensionista antes de un partido. Unos aficionados gijoneses acabando por accidente en un campo nevado de Stockport y regresando años después para reencontrarse con amigos ingleses. Un exfutbolista millonario acordándose del club donde empezó todo. Pequeñas cosas.

Pero quizá sea precisamente ahí donde todavía sobrevive algo parecido al viejo romanticismo del fútbol. No en los discursos grandilocuentes ni en las guerras televisadas entre magnates, sino en lugares donde todavía hay gente que dedica horas, dinero y energía a un club simplemente porque siente que forma parte de él. Porque, al final, tal vez Xosé Estrada tenga razón y el fútbol solo sea la excusa.

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