Durante los siglos XIV y XV, docenas de ciudades y aldeas de lo que hoy llamamos Alemania, Países Bajos e Italia conocieron una moda muy singular: la de los flagelantes. Convencidos de que el fin del mundo estaba cerca, estos cristianos renacidos recorrían calles y caminos azotándose a sí mismos y exhortando a sus vecinos a unirse a la causa de la salvación. Solo los puros alcanzarían el paraíso después de que una lluvia de azufre exterminara a los miles de hijos de puta que habían traído a Europa el hambre, la peste y las guerras.
Aquellos entusiastas del apocalipsis razonaban con cierta coherencia: si dentro de unos años no va a quedar ni rastro de nuestra vida actual, y si además lo más probable es que a la mayoría le espere una eternidad de sufrimiento inenarrable, no tiene mucho sentido andarse con tonterías. Comprendieron que situaciones extraordinarias requieren medidas radicales, de modo que pusieron en un segundo plano el respeto por tradiciones y valores que sospechaban un invento de los mismos privilegiados a los que culpaban de todos los males del mundo. Entre esas tradiciones y valores estaban la riqueza y la propiedad privada, cosas muy importantes, sin duda, cuando se poseen, pero completamente intrascendentes si uno carece de ellas y además le atormenta la salvación eterna.
Las elites, claro, se lo tomaron a mal. Si al principio aquellos chiflados podían resultar hasta simpáticos, introduciendo una nota de color en la aburrida vida de aquellas localidades insalubres y poco gratas a la vista y al olfato, en seguida se volvieron un incordio, primero, y un peligro después. Los poderosos decidieron aportar su toque personal a aquellas raves improvisadas: la quema de flagelantes. El recuerdo de estas parrilladas echaría raíces en la imaginación revolucionaria de los siglos venideros, hasta el punto de hacer olvidar que muchos de aquellos protocomunistas no solo estaban mal de la cabeza sino que además eran responsables de la aniquilación de comunidades judías enteras.
En un trabajo reciente, Naomi Klein y Astra Taylor se refieren al “fascismo del fin de los tiempos” para categorizar la nebulosa ideológica que se extiende entre Silicon Valley y la Casa Blanca
Más o menos por las mismas fechas, pero en ambientes ligeramente menos sofocantes, otra raza de iluminados experimentaba con modos de vida alternativos bajo la misma presunción de que el fin del mundo estaba al caer. Al igual que los flagelantes, habían hecho penitencia sobre sus propios cuerpos, purificándolos, pero, en lugar de someterse a una vida de privaciones hasta el fin de sus días, consideraron más prudente vivir como si ya hubieran alcanzado la santidad. Al purificarse, se habían vuelto inmunes al pecado: podían hacer lo que les viniera en gana, y es el caso que a la mayoría, tanto hombres como mujeres, lo que le vino en gana fue fornicar sin tasa, pero lo mismo les podría haber dado por el canto coral, la gula o el asesinato en serie. La santidad los había transformado en sujetos amorales, los había situado más allá del bien y del mal. Los ecos de esta doctrina, conocida a veces como Doctrina del Espíritu Libre, se siguieron oyendo en Europa Central hasta los días de la Reforma.
Constantemente nos preguntamos si la humanidad progresa. Podemos encontrar un argumento a favor en el hecho de que los modernos herederos de aquellos flagelantes y libres de espíritu del Medievo ya no sean quemados en masa por orden del Papa. Yo al menos veo en ello un avance, en líneas generales. Tema aparte es que también esos herederos de la matraca apocalíptica hayan progresado adecuadamente y hoy tengan mando en plaza en gobiernos y corporaciones. La corte de Donald Trump está llena de alienados de este género, a los cuales no conseguiremos conmover jamás advirtiéndoles de que su líder puede precipitar el fin de la humanidad, puesto que, al igual que los doctrinarios del Espíritu Libre, viven convencidos de que el temido apocalipsis es una bendición que hay que acelerar cuanto se pueda. Esa convicción los convierte en seres sin escrúpulos morales, para los que carece de sentido el concepto de perversión. Se consideran una élite de santos, y algo parecido les ocurre a los millones de conversos a las diversas sectas evangélicas que han brotado como hongos en los últimos años en América Latina y empiezan a hacerse notar también en Europa.
En un trabajo reciente, Naomi Klein y Astra Taylor se refieren al “fascismo del fin de los tiempos” para categorizar la nebulosa ideológica que se extiende entre Silicon Valley y la Casa Blanca. Convencidos de que estamos a las puertas de una catástrofe global sin precedentes, los tecnooligarcas estadounidenses se han pasado los últimos años imaginando no solo cómo sobrevivir al Armagedón sino también cómo obtener de él suculentos beneficios. Mientras unos sueñan con ponerse a salvo en un Arca de Noé extraterrestre, otros diseñan Ciudades de la Libertad concebidas como búnkeres para ultrarricos: fortalezas-tabernáculo al margen de las leyes internacionales, incluidas las de su propio país (por más que previsiblemente se construyan sobre terrenos federales, como Trump prometió en su última campaña electoral: no esperábamos menos de un presidente que en su faceta cosplayer se ha exhibido como un musculoso jedi, pero también como el Papa de Roma y como Jesucristo).

Las fantasías apocalípticas de Peter Thiel y Elon Musk pueden pasar por excentricidades de niño pijo, y seguramente no sean mucho más que eso. Pero conectan con un estado de ánimo y un vocabulario que interpelan por igual a CEOs socializados en Star Wars y El Señor de los Anillos y a jóvenes y no tan jóvenes trabajadores que encuentran un refugio y un consuelo en el culto evangélico. Y no es ese el único aspecto en que coinciden estas dos versiones extremas de delirio apocalíptico. También se reconocen mutuamente en una misma teología de la prosperidad.
Dios reconocerá a los suyos gracias a la marca infalible del éxito económico: de eso van los relatos de redención y autosuperación que los profetas de la fe evangélica difunden por tierra, mar y aire. Paradójicamente, dan sentido a las carencias cotidianas que experimentan millones de excluidos del festín neoliberal: sus sufrimientos son transitorios, puesto que la fe y el entusiasmo no tardarán en dar fruto. Que ese fruto depende del esfuerzo personal es un principio fundamental que ninguna de estas confesiones pone en duda. Los mecanismos redistributivos son una trampa de Satanás. De ahí que el gobierno estadounidense no tenga empacho en justificar la supresión de sus programas de ayuda alimentaria, de los que se beneficiaban casi cinco millones de personas que a partir de ahora pasarán hambre en el sentido más literal de la expresión, con el argumento de que el trabajo es un mandato bíblico.
No hay proyecto democrático que pueda soslayar la necesidad de hacer frente a estos sinvergüenzas. No cabe encogerse de hombros apelando a la libertad de expresión: no es la libertad de expresión la que organiza eventos multitudinarios en estadios de fútbol ni es la libertad de expresión la que riega con fondos públicos las arcas de estas organizaciones liberticidas. Como tampoco cabe encaramarse a la misma retórica clasista y racista que se suele utilizar en Europa para frenar la expansión del islam (sin resultados visibles, por otra parte): burlarse de las creencias de millones de desesperados quizá no sea la mejor manera de combatirlas. En cualquier caso, no hay ideología, ni progresista ni conservadora, que pueda competir con estas fantasías, al menos mientras duren estos tiempos de exuberancia audiovisual que un servidor, modestamente, ha resuelto denominar Tecnobarroco: explosión sentimental de desencanto con los placeres del cuerpo, adoración alucinada de modelos de depravación moral extrema y una mal disimulada necrofilia. No conseguiremos nada, insisto, combatiendo los efectos (espectaculares, seductores, rematadamente horteras) de este estado de opinión, pero tal vez estemos a tiempo de desactivar sus causas.



























