Como dice la canción, parece que anda suelto Satanás. No es por las bombas y los drones. Es por la maldad que respiramos, tan tóxica como los malos humos. Es un triunfo aparente de la guerra cultural de la ultraderecha. No pensemos solo en Trump o Bukele. Y no busquemos un bálsamo en la esperanza que supone Xi Jinping. No estoy hablando bien de Xi, como pueda parecer, a ese bálsamo iremos. Repasemos lo que tenemos entre nosotros. En primer lugar, el barco Hondius se convierte en alta mar en una ratonera por un virus infeccioso que puede ser mortal. Se detecta la emergencia en la costa de Cabo Verde, frente a Senegal. El país no puede organizar el desembarco y repatriar a los enfermos. El punto fiable más próximo es Canarias. La humanidad solo existe en racimos tribales emocionales. Pero hay hechos que reblandecen las fronteras y destiñen los colores de los mapas. Ante una persona que está a punto de ahogarse o un grupo de personas atrapadas en un barco donde agonizan algunos y pueden infectarse todos, debe emerger como un calambre la pura humanidad. La infantería ultra brama, y con ella la derecha de siempre, y llena la vida pública de ignorancia y bajeza. La infantería es bruta, pero los generales, que diseñan la propaganda y saben a dónde quieren llegar, no lo son. Conocen las fisuras por donde entra el mal. No tardó en llenarse el ambiente de agravios delirados y mezquindades sonrojantes: que no nos salpiquen, no socorramos, quitémonoslos de encima; ¿por qué nosotros?, que vayan a Holanda; ¿por qué Canarias?, si fuera el País Vasco o Cataluña no fondearían; hay ratas con el virus y pueden nadar hasta nuestras islas; el Gobierno oculta casos de infección. Clavijo se puso al frente de este tipo de estupidez, que es la cosecha de la propaganda ultra, la de agitar en la gente los peores resortes de maldad. Entre ellos está esa versión degradada de la tribu que siempre escuda la sordidez en fantasmagóricos agravios grupales. Mariló Montero se sumó a la fiesta, para que no quedara bajeza ni ignorancia sin aflorar. Lo sintetizó Rufián. Está de moda ser un malnacido.
No es solo el Hondius. Andamos a vueltas de la inmigración y su regularización. No se trata solo de ese racismo que alimenta la autoestima de los miserables, que de tan miserables no tienen de dónde sacar autoestima más que de ser racistas. Ni se trata solo de la sarta de embustes propalados por los miserables. Ni de la pulsión de estigmatizar a minorías, presente siempre en todos los afanes totalitarios. Es también lo que decimos quienes sí queremos esa regularización y sí convivimos sin sarpullidos con personas de otros acentos. Son falsos los bulos de pagas y de delitos en un país de baja criminalidad. Los inmigrantes corrigen el desequilibrio demográfico y además hacen trabajos convenientes que aquí nadie quiere hacer. Eso decimos: que mienten los fachas y que la inmigración es beneficiosa. Y tendemos a eliminar cualquier expresión de humanidad con quienes buscan dignidad para sus vidas o incluso huir del horror. El buenismo irrita y lo sacamos del discurso. Los generales ultras conocen nuestros escozores. La gente pierde y sufre. Alguien que lo pasa mal se encrespa si le dices que piense en los demás. Necesita solo un empujón para creer que le echas la culpa y sentir que a esos humildes de fuera les dan unos privilegios que paga él. La bondad tiene que venir con algún egoísmo para no cortar como una cuchilla.
Qué risa cuando un tribunal americano falló la ilegalidad de deportar a unos inmigrantes a las mazmorras de El Salvador y Bukele, el dictador más bobo del mundo, puso en Twitter: ‘Ups, demasiado tarde
La vivienda debería sacudir la humanidad básica de cualquiera. Solo en nombre de la maldad se puede aceptar que el derecho a la propiedad de muchas viviendas esté por encima del derecho de la gente a vivir bajo techo, e incluso que sea una prioridad de país la renta por poseer viviendas hasta anular la que se obtiene por formación (qué bochorno el de los médicos en las Baleares). El santo remedio para este colesterol que obstruye nuestras arterias son impuestos, expropiación e intervención y solo la maldad puede ponerse del lado de la usura. Y más maldad. El balance del gobierno de Milei debería estar hecho ya desde que sacó a Argentina de la OMS, cerró hospitales, llevó la legislación laboral a antes de 1886 en Chicago y dejó de considerar la educación como un derecho. Pero no será así. Si la inflación y la deuda se contienen, hablarán de milagro económico y ejemplo a seguir.
Lo dijo Zuckerberg: moverse rápido y romper cosas. No hay tiempo, si te caes es que no te adaptas y los demás tenemos prisa. Lo dijo Elon Musk. Si trabajas el doble de horas que la competencia llegas el doble de rápido. Qué risa cuando un tribunal americano falló la ilegalidad de deportar a unos inmigrantes a las mazmorras de El Salvador y Bukele, el dictador más bobo del mundo, puso en Twitter: «Ups, demasiado tarde». Conocemos la indignidad de sus calabozos y la infamia del ICE americano, porque Bukele y Trump se complacen en mostrar con impudicia la crueldad. Creen que riendo ante el crimen intimidan. «El miedo es algo maravilloso», decía el malvado Walder Frey en Juego de Tronos.
Parece que anda suelto Satanás. EEUU se enfrentó a la URSS en la guerra fría desde el poder económico y militar. Pero también desde la superioridad moral. En el capitalismo debían ser posibles la riqueza y la libertad. En el comunismo solo la grisura y la dictadura. No importan las hipocresías de esa propaganda, importa que la altura moral era munición en la guerra fría. EEUU ahora cree que bastan el ejército y las finanzas. No hace falta caer bien a los aliados. Como digo, exhiben la crueldad, se ríen de cualquier manifestación de la bondad y se cagan en el cambio climático y el derecho internacional. Ya no venden moral ni ideología. Venden miedo y maldad y podríamos pensar que funciona. Pero ahora la gente ve a China como un bienvenido contrapoder estabilizador. La altura moral vuelve a ser parte de la guerra, por mucho que los brutos del Partido Republicano y los ignorantes de Silicon Valley crean otra cosa. Sánchez gana popularidad cerrando tratos con Xi Jinping en China y eso es económica y estratégicamente muy real. Resulta que la superioridad moral es de China. Un editorial del New York Times dice hablando de la visita de Trump: «China quiere dominar Asia y ampliar su influencia mundial. Quiere desacreditar la democracia y restar importancia a los derechos humanos y la igualdad política. Quiere un mundo en el que se acepte la opresión étnica y religiosa. China es el aliado más importante de varias dictaduras brutales, como Rusia, Corea del Norte e Irán. Cualquiera que crea en el pluralismo, la libertad y otros valores liberales debería estar en contra de un mundo en el que Xi y el Partido Comunista Chino tengan más influencia». El abogado de derechos humanos Yaqiu Wang dice que en China se sigue el principio de golpear al débil y temer al fuerte (la de lecciones que nos dio aquí de ese principio Margaret Thatcher) y titular significativamente uno de sus artículos «Lo que aprendí en China: la obediencia no te lleva a ninguna parte» (recuerde, golpea al débil). Dije al principio que Xi Jinping era un bálsamo, pero no porque fuera ajeno a la maldad. Es un bálsamo que, en vez de exhibirla con desfachatez, la oculte o la niegue. No es que me guste el engaño. Pero me gusta la hipocresía, por lo que tiene de consagración de principios. Que diga Xi que en China no se permiten oligarquías que saqueen la riqueza común y oculte crímenes y amenazas consagra como valores que el saqueo de las oligarquías, los crímenes y las amenazas son inaceptables. Y eso es mejor que la exhibición impúdica de la atrocidad. Y también me parece un bálsamo que la propaganda que está consiguiendo darle a China superioridad moral sea parte de su victoria lenta y acentúe el declive americano. Es un bálsamo que la altura moral y el bien sea fortaleza y ser un malnacido sea una debilidad. Si tuneamos a San Mateo 5:13, se es la sal de la tierra conservando principios, sazonando con ellos entorno, conductas y discusiones, y preservándose uno mismo sin dejarse desfigurar. Yaqiu Wang dice que no consigues benevolencia con la sumisión. No es tan ganador ser un malnacido.



























