Andrés Villena (Málaga, 1980) lleva años estudiando las redes de poder que atraviesan la política, la administración y la economía españolas. Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid, acaba de publicar Las élites que dominan España (Libros del K.O.), un ensayo en el que rastrea la continuidad de determinados grupos de poder desde el franquismo hasta nuestros días y analiza cómo se reproducen las posiciones privilegiadas en la empresa, la alta función pública o los grandes medios de comunicación.
Esta semana estuvo el jueves en Matadero Uno, invitado por IU Oviedo/Uviéu, en un acto que estuvo presentado por Gaspar Llamazares, y el viernes en la librería La Revoltosa de Xixón, donde conversó con el escritor Santi Fernández Patón. Horas antes de ese encuentro, Villena habló con NORTES sobre la persistencia de las élites, los límites de la Transición, el papel de los grandes grupos mediáticos y financieros y la dificultad de cuestionar determinados consensos de poder. El libro iba a publicarse inicialmente con Planeta, que acabó descartándolo cuando ya estaba listo para llegar a las librerías. «Los grandes grupos empresariales no son únicamente empresas: también son actores políticos, financieros y mediáticos», sostiene.
Con tono didáctico, a ratos provocador y sin ocultar los nombres propios, Villena defiende que para entender quién manda hoy en España resulta menos importante observar las ideologías que analizar las redes, los apellidos, las instituciones y los espacios donde distintos poderes se cruzan.
El libro plantea que las élites españolas sobreviven a cambios de régimen, crisis y alternancias políticas. ¿Qué tienen de específico las élites españolas frente a otros países europeos?
Mi trabajo todavía no es un estudio comparativo y, por tanto, no puedo dar una respuesta empírica definitiva, pero sí creo que existe un factor diferencial importante. Para las élites de países como Italia, Francia, Alemania o Reino Unido, 1945 supuso una ruptura. No una ruptura total, porque muchas élites del régimen anterior lograron integrarse en los nuevos sistemas, pero sí tuvieron que aceptar pactos con el movimiento obrero, con sindicatos fuertes y con partidos de izquierda. En España eso no ocurrió. El factor trabajo permaneció controlado por los sindicatos verticales y por el Ministerio de Trabajo franquista. Mientras en Francia o en Reino Unido se nacionalizaban sectores estratégicos con una fuerte influencia sindical e incluso comunista, en España las élites nacionalcatólicas y neofascistas conservaron una continuidad que no sufrieron las de otros países. Esa herencia sigue siendo visible hoy. Si observamos determinados cuerpos del Estado, vemos que continúan reproduciéndose apellidos y familias vinculadas al franquismo. Eso indica que la renovación de las élites españolas ha sido mucho más limitada que en otros lugares de Europa.
Usted habla de continuidad entre el franquismo y la democracia. ¿Cuál es el principal mito de la Transición que desmonta su investigación?
La tesis de la continuidad es incómoda porque todos hemos aceptado que la Transición fue un proceso muy importante desde el punto de vista político y económico, y yo no lo niego. Lo que sostengo es que una transición no puede construirse desde cero. Para reformar el Estado hubo que recurrir a diplomáticos, inspectores de Hacienda, técnicos comerciales y altos funcionarios que procedían del régimen anterior. El problema es que muchos de esos sectores aprovecharon el proceso para conservar privilegios y trasladarlos al nuevo sistema democrático. La memoria histórica, la reforma profunda de la administración, la separación efectiva de poderes o la rendición de cuentas de grandes grupos empresariales y financieros vinculados al franquismo quedaron limitadas. La democracia llegó, pero llegó pactando con una élite que aceptaba el cambio siempre que pudiera mantener buena parte de sus posiciones de poder.
“La democracia llegó, pero llegó pactando con una élite que aceptaba el cambio siempre que pudiera mantener buena parte de sus posiciones de poder”
¿Hasta qué punto pesa todavía ese pasado en las élites actuales?
Mucho más de lo que solemos admitir. Existen familias políticas, administrativas y empresariales cuyos vínculos con aquel periodo siguen siendo evidentes. Lo vemos tanto en determinadas sagas familiares como en grandes empresas cuyos orígenes están ligados a concesiones y privilegios obtenidos durante la dictadura. No significa que todo siga igual que entonces, pero sí que existe una continuidad histórica que ayuda a entender por qué ciertos grupos conservan posiciones privilegiadas generación tras generación.
Redes de poder y reproducción social
En Asturias, como en otros lugares, existe a veces la sensación de que todo el mundo relevante —en la política, la empresa, la universidad, la judicatura o los medios— está conectado. ¿Las élites funcionan más por ideología o por redes personales?
Por las dos cosas, aunque probablemente las redes personales sean más importantes de lo que solemos pensar. Las élites están obligadas a ser pragmáticas. Ser de izquierdas no impide pertenecer a una élite y ser de derechas tampoco determina automáticamente una posición de poder. Lo que ocurre es que las personas que ocupan posiciones privilegiadas suelen estudiar en los mismos centros, frecuentar los mismos espacios y compartir experiencias de socialización muy intensas. Esos vínculos generan confianza y facilitan acuerdos posteriores. Al final, personas con ideologías muy distintas pueden entenderse porque comparten una misma cultura institucional, profesional o de clase.

¿Esas redes llegan a estar por encima de las diferencias ideológicas?
Muchas veces sí. Hay ejemplos muy claros. Durante los años de Zapatero, los principales responsables económicos del PSOE compartían cuerpo de funcionarios y formación con figuras muy relevantes de gobiernos del PP. Habían estudiado las mismas oposiciones y pasado por experiencias similares. Evidentemente podían discrepar políticamente, pero existía una base común que facilitaba el entendimiento. Cuando perteneces al mismo cuerpo de élite del Estado, compartes una identidad profesional muy fuerte. A eso se suman colegios, asociaciones, clubes o círculos sociales comunes. Todo ello genera una homogeneidad que trasciende las diferencias ideológicas.
De hecho, en el libro aparece con frecuencia la idea de que las posiciones sociales condicionan más que los discursos.
Exactamente. Un caso interesante es el de Ramón Tamames. Mucha gente interpreta su trayectoria como un viaje ideológico desde el Partido Comunista hasta Vox. Yo creo que es más útil observar sus posiciones sociales. Desde muy joven fue catedrático, técnico comercial del Estado y miembro de entornos privilegiados. Lo que permanece constante no es una ideología concreta, sino la pertenencia a espacios de poder. Las ideologías pueden cambiar, pero las posiciones sociales suelen ser mucho más estables.
El poder en la España actual
¿Qué élites tienen hoy más poder en España: las financieras, las tecnológicas, las administrativas o las mediáticas?
Cada vez resulta más difícil separarlas. Las grandes compañías tecnológicas ya desempeñan funciones que antes asociábamos exclusivamente al sector financiero, mientras que los fondos de inversión tienen participaciones significativas en la mayoría de las grandes empresas. Además, la globalización ha reducido la importancia de las fronteras nacionales. Los grandes fondos internacionales están presentes en prácticamente todas las compañías estratégicas españolas y condicionan muchas decisiones.
¿Y qué papel juega la política en ese entramado?
La política sigue siendo muy importante, pero muchas veces acaba integrada en ese sistema. La capacidad que tienen determinadas élites para incorporar a antiguos responsables políticos a sus estructuras es enorme. Por eso creo que resulta más útil analizar las conexiones entre los distintos espacios de poder que estudiarlos de forma aislada.
El caso Planeta y la censura silenciosa
Su libro iba a publicarse con Planeta y finalmente no salió adelante. ¿Qué aprendió de esa experiencia sobre cómo funciona hoy la censura en España?
Fue un proceso silencioso y bastante doloroso. Estuve catorce meses trabajando con la editorial, revisando el texto y preparando la promoción. La fecha de publicación ya estaba fijada y el libro estaba listo para salir. Sin embargo, empezaron a pedirme información sobre las familias poderosas, los grupos mediáticos y las grandes corporaciones que aparecían en la investigación. También encargaron informes legales para comprobar si existía algún riesgo de denuncia. Los informes concluyeron que el contenido era objetivo y no presentaba problemas jurídicos, pero aun así decidieron no publicarlo. Nunca me dieron una explicación real. Me comunicaron que habían cambiado los planes editoriales, me ofrecieron una indemnización y facilitaron que pudiera llevar el manuscrito a otra editorial. Poco después, Libros del K.O. asumió el proyecto y lo publicó.

¿Qué conclusión extrae de todo aquello?
La experiencia confirmó algunas de las tesis que planteo en el libro. Los grandes grupos empresariales no son únicamente empresas: también son actores políticos, financieros y mediáticos. Mantienen relaciones con gobiernos, administraciones y grandes corporaciones, y muchas veces prefieren evitar cualquier contenido que pueda incomodar a personas o instituciones con las que mantienen vínculos estratégicos. No creo que hubiera un problema legal con el libro. Creo que existía una voluntad de no molestar a determinados poderes.
¿La dependencia empresarial de los grandes medios dificulta investigar determinadas estructuras de poder?
En muchos casos sí. No suele existir una orden explícita para silenciar algo. El problema es que las grandes empresas mediáticas toman decisiones pensando también en sus relaciones institucionales, económicas y políticas. Si una investigación puede generar conflictos con actores importantes, a menudo la opción más racional es no asumir ese coste.
¿Esa autocensura es más importante que la censura explícita?
Sin duda. Es la forma de censura más eficaz porque ni siquiera necesita prohibir nada. Basta con que determinados proyectos dejen de parecer convenientes o rentables. Al final, muchas investigaciones ni siquiera llegan a plantearse porque quienes podrían impulsarlas saben de antemano las dificultades que tendrán para publicarlas o difundirlas.
Los poderes que apenas se tocan
¿Qué nombres o familias considera que siguen siendo especialmente intocables en España?
Uno de los casos más evidentes es Florentino Pérez. Creo que ha llegado a un nivel de poder que le permite incluso cometer errores de soberbia. Su capacidad de influencia sobre los medios es enorme y rara vez recibe un tratamiento realmente crítico. Basta ver cómo construyó la Ciudad Deportiva del Real Madrid, con apoyos que atravesaban todo el espectro político, para entender hasta qué punto el poder económico y el poder político se entrelazan en España. Hoy sigue siendo una figura clave para comprender cómo funciona el poder real.
¿Qué otros grupos destacaría?
Inditex ocupa una posición muy relevante y además cuenta con una poderosa legitimación social a través del relato del empresario hecho a sí mismo. También están grupos históricos como El Corte Inglés, que llevan décadas sabiendo cómo relacionarse con los medios y con las instituciones. De hecho, muchas veces los poderes más fuertes son precisamente los que menos aparecen. Existe una especie de consenso según el cual determinadas grandes empresas forman parte de la marca España y cuestionarlas parece casi ir contra el interés colectivo.
El poder sin rostro
En su libro también presta atención a actores mucho menos visibles.
Sí. Fondos como BlackRock, Vanguard o State Street poseen participaciones significativas en la mayoría de las grandes empresas españolas. No gestionan directamente esas compañías, pero influyen enormemente a través de la propiedad. Cuando consideran que una empresa no actúa como desean, pueden vender acciones o deuda y alterar de forma muy significativa su situación. Son poderes difíciles de identificar para la ciudadanía porque no tienen un rostro reconocible.

¿Son más difíciles de controlar democráticamente?
Muchísimo más. A una gran empresa española todavía se la puede señalar o exigir responsabilidades. Con los grandes fondos internacionales resulta mucho más complicado. Son estructuras transnacionales con una enorme capacidad de influencia y muy poca visibilidad pública.
Y junto a ellos siguen estando los grandes grupos mediáticos.
Claro. Pensemos en grupos como Prisa o Planeta. Si alguien escribiera un libro sobre las élites mediáticas españolas tendría muchas dificultades para promocionarlo precisamente en los medios que forman parte de esas estructuras. Un periódico difícilmente va a destacar una investigación que cuestiona su propio modelo de negocio o sus relaciones de poder. Por eso digo que la censura más eficaz es la que no necesita prohibir nada. La que consigue que determinados temas ni siquiera lleguen a plantearse.





























