Todo el honor para los espartanos temblones

El ejército de Israel, sus salvajadas, sus incontables crímenes, hacen temblar lo que hay de humano en todos nosotros.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

En la antigua Esparta había un adjetivo para los que no se mostraban valientes en combate, para los que se permitían temblar. Eran los trésantes, literalmente “temblones”. No es algo exclusivo del pueblo espartano lanzar insultos contra los que vacilan cuando van a morir o a matar, pero sí es llamativo que hicieran de ellos una categoría social muy marcada, castigada incluso con la pérdida de algunos derechos civiles. Ya en el siglo VII a.C. el poeta espartano Tirteo utilizaba esta palabra y animaba a mostrar valor en primera línea de batalla diciendo que no había honor para los temblones. Mucho tiempo después, Heródoto contaba la historia de Aristodemo “el Temblón”, al que, por haber sobrevivido a la batalla de las Termópilas, “ningún espartano le daba fuego ni le dirigía la palabra”, queriendo decir el historiador, obviamente, no que Aristodemo fumara, sino que fue aislado totalmente de la vida en sociedad. Aunque en ningún lugar se aplaude a los temblones, fueron los espartanos los que se ganaron fama de implacables ante cualquier debilidad. Incluso se contaba que las propias mujeres de Esparta se despedían de sus maridos e hijos cuando iban al combate diciendo aquello de “vuelve con el escudo o sobre el escudo”, es decir, o victorioso o muerto.

Las circunstancias históricas de la Esparta arcaica y clásica justifican en gran medida este culto al valor en la batalla. Yo, que tengo la suerte de no formar parte de la guardia personal de Leónidas, me permitiría temblar mucho si tuviera que ir a la guerra, temblaría mucho y a mucha honra, y no me importaría nada que me llamaran “temblona”. A estas alturas ya hemos aprendido que el funcionamiento de los insultos es básicamente cultural, que se nos educa para enfadarnos cuando se nos dicen determinadas cosas y que, de forma automática e irreflexiva, hacemos eso que se espera de nosotros, enfadarnos. No sería mi caso si me llamaran cobarde por no querer ir a matar.

Visto desde otra perspectiva, se me ocurren infinidad de insultos, pero insultos de verdad, no blandenguerías como “temblón”, para los que no tiemblan, sino que hacen temblar. No puedo escribirlos, pero se me ocurren. En imágenes de esta semana, una niña palestina temblaba violentamente al ser rescatada de los escombros tras un bombardeo israelí. No es la primera vez que veo imágenes así. Hacer temblar a una niña merece insultos que no puedo escribir. Seguro que temblaron los diez palestinos, cinco de ellos niños, quemados vivos, asesinados por el ejército de Israel en un ataque aéreo sobre una zona residencial en Gaza también esta misma semana. Los sionistas pueden hacer temblar a niñas, a niños que llevan años viviendo bajo las bombas, que ven agonizar a sus padres, que se despiertan en un hospital sin un brazo, sin una pierna. Seguramente tiemblan también las mujeres a las que violan, los prisioneros a los que torturan, los campesinos a los que les queman sus olivos. Pero no podemos insultar a los sionistas como merecen, no podemos insultar a los que hacen temblar, no vaya a ser que nos acusen de antisemitas.

Israel hace temblar Gaza, Cisjordania, Líbano. Y no se parará ahí. Ordena impunemente la evacuación de los doscientos mil habitantes de Tiro, la histórica ciudad del sur del Líbano, como antes hizo en amplias zonas de Palestina. Ordena evacuar a miles y miles de ciudadanos, roba sus tierras, amenaza, expulsa, saquea, y no hacemos nada, seguimos alimentando a la bestia.

El ejército de Israel, sus salvajadas, sus incontables crímenes, hacen temblar lo que hay de humano en todos nosotros. Los insultos y la deshonra han sido siempre para los que tiemblan, no para los que hacen temblar, pero es este un pequeño detalle que está en nuestra mano cambiar.

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