Karol Józef Wojtyła, es decir, Juan Pablo II, es el único Papa que ha visitado hasta la fecha Asturies. Sucedió el 20 de agosto de 1989, en la recta final de la Guerra Fría, apenas tres meses antes de la revolución popular que derribó el Muro de Berlín en la República Democrática Alemana, desencadenando el final del comunismo en Europa. Un comunismo que a diferencia de sus predecesores en Roma, Juan Pablo II consideraba incompatible con el cristianismo.
La de agosto de 1989 fue la tercera visita del Papa a España, y más allá de la anécdota de su paseo en zapatillas de deporte por los Lagos de Covadonga, el viaje estuvo lleno de claves políticas. Wojtyła, de origen polaco, y fuertemente comprometido con la ideología neocon y la batalla contra el comunismo, visitó el norte de España en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud, que aquel año se celebró en Santiago de Compostela.

En la tercera ciudad santa del cristianismo el Papa aprovechó para hacer gala de su ideología reaccionaria en temas morales, cargando contra “el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de la natalidad y los medios anticonceptivos”, y exhortando a los 250.000 jóvenes allí reunidos a alejarse de formas de vida que van “contra la ley de Dios”, y producen “una contaminación de las ideas que puede conducir a la destrucción del hombre”.
España avanzaba poco a poco en derechos civiles tras 40 años de nacionalcatolicismo. Contaba con divorcio desde 1981 y había aprobado tan solo tres años antes, con Felipe González, en 1985, su primera ley del aborto, una norma muy tímida, criticada por insuficiente por el movimiento feminista, pero que a pesar de su tibieza había contado con una activa oposición de los grupos católicos. El discurso del Papa en Santiago pretendía rearmar al catolicismo español para combatir el avance de la secularización en el país, tal y como había hecho en octubre de 1982, cuando protagonizó una visita de 10 días a España.
En Asturies el tema fue el trabajo y sus problemas en los tiempos de la revolución tecnológica
En Asturies, advertido de las características y el momento de la comunidad, el tema fue el trabajo y sus problemas en los tiempos de la revolución tecnológica. La informática y la robotización se abrían paso destruyendo millones de puestos de empleo en los países del capitalismo avanzado, la industria pesada se reconvertía, y el Principado vivía tiempos traumáticos, marcados por la crisis de sus sectores económicos tradicionales, así como por fuertes movilizaciones obreras, que en muchos casos contaron con el apoyo de la Iglesia asturiana, liderada entonces por el carismático Gabino Díaz Merchán. “Venís a encontraros con un pueblo antiguo por su historia y su cultura, pero siempre joven por su coraje” señaló el arzobispo al Santo Padre, según la crónica del diario madrileño El País, en la que se destacó el discurso de Díaz Merchán sobre la delicada situación de minería, industria y campo en el Principado.

Entre 100.000 y 150.000 personas, menos de las esperadas, siguieron la misa en La Morgal, Llanera, en la que Juan Pablo II aprovechó la homilía para condenar tanto el “fracaso de las sociedades del materialismo ateo con su organización colectivístico-burocrática del trabajo humano”, como de los problemas “no menos graves” que sufren “las sociedades neocapitalistas afectadas por una creciente cultura materialista”.
Posteriormente el Pontífice se trasladaría en peregrinación a Covadonga donde un polaco le esperaba para recibirle con una bandera polaca y el símbolo de Solidaridad, el sindicato independiente, liderado por Lech Walesa, espina dorsal de la oposición al régimen comunista, y activamente apoyado por Juan Pablo II.
Polonia vivía tiempos de incertidumbre, si bien ya se atisbaba el inicio de una transición política. El 18 de junio de 1989, tan solo tres meses antes, de la visita asturiana, los polacos habían podido votar en unas elecciones semilibres, en las que Solidaridad, reconvertido de sindicato a partido sería la segunda fuerza más votada al Cogreso y la primera al Senado. La situación de los países del Este, marcada por la retirada de la URSS y las protestas contra los regímenes de partido único, así como la evolución de la Guerra del Líbano centrarían la agenda del breve encuentro celebrado en Asturies entre el Papa y Felipe González tras los actos religiosos.
La protesta de los cristianos de base y la ausencia de Tarancón
La visita del Papa también tuvo sus críticos. Los cristianos de base no se callaron ante la llegada a la comunidad del Pontífice, azote de la Teología de la Liberación, enterrador del espíritu del Concilio Vaticano II, y que se había dado el lujo de humillar en público, para que así lo viera todo el mundo, al religioso y ministro sandinista Ernesto Cardenal. “Con el Papa viajan también la intolerancia y el sentido antiguo de la Iglesia” explicaban en una entrevista con La Nueva España los grupos cristianos gijoneses.

Los cristianos progresistas no asistieron a los encuentros con un Papa al que acusaban de autoritario y retógrado, pero sí enviarían una carta explicando los motivos de su ausencia.
Quien estaría literalmente desaparecido, y así lo resaltarían los medios, sería el cardenal Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal entre 1971 y 1981. Hombre de talante aperturista, había jugado un papel favorable a la democratización del país en los últimos años de la dictadura. Su relación con el Papa no era mala, sino pésima. Ambos se detestaban. Juan Pablo II le había acusado de blando y de haber cedido demasiado durante la Transición. En agosto de 1982 ni siquiera enviaría un telegrama para disculpar una ausencia que no pasaría inadvertida para nadie… empezando por el propio Papa.



























