Hay que ser muy miserable para tirar a la basura las exiguas pertenencias de quienes viven en la calle, como vemos que se está haciendo en la capital de nuestro país. Seguramente quienes ordenan retirar ese colchón sucio y viejo que, al menos, protegía de la dureza del suelo a una persona sin hogar, son los mismos que no se conforman, cuando van de viaje, con hoteles que les ofrezcan menos de media docena de almohadas diferentes para que escojan la que mejor se adapte a sus delicadas cervicales. Me autocensuro para no decir qué es lo que, en realidad, mejor se adapta a su cerviz. Los cartones que protegen del viento o del frío a esas personas desahuciadas se van a la basura porque unos miserables deciden que no hay sitio en las calles para ellos. No tienen casa y no pueden estar en la calle, quizá puedan probar a evaporarse.
Las terrazas pueden crecer infinitamente en las calles a costa de nuestro espacio vital, pero un colchón viejo, unos cartones, una mochila quién sabe con qué dentro, a lo mejor con una foto de alguien a quien miran de vez en cuando para no olvidar, eso se va a la basura. Si no tienen un techo y no pueden estar en la calle, ¿qué alternativa queda que no venga de la ciencia ficción o la magia? La inmoral prioridad nacional decide que no cabe la gente sin hogar y tampoco caben los inmigrantes pobres; a la vez, otros caben demasiado y se expanden como el más tóxico de los gases.
La idea de que aquí no cabemos todos puede materializarse de diferentes maneras, la peor sucede cuando la dicta un miserable sin escrúpulos. Zeus, a su manera, también lo tenía muy claro y no sólo fulminó al dios de la medicina, Asclepio, hijo de Apolo, por refinar tanto su arte que llegó a resucitar a los muertos, sino que enviaba periódicamente guerras y catástrofes a la tierra para aliviarla, para que no sufriera por “el peso excesivo de hombres”. Hay quien se cree Zeus y más que Zeus y se permite decir quién cabe y quién no, quién debe desaparecer, ser borrado, y quién puede quedarse.
Cuando Israel habla de su derecho a existir (¿quién lo niega?) en realidad habla de su derecho a ocupar todo el espacio
La frase “no cabemos todos” se la escuché también a mi madre muchas veces, pero el sentido y el contexto de esas palabras en su boca estaban lejísimos de lo que defienden los xenófobos y aporófobos que nos espantan con su insensibilidad. Siempre he tenido y sigo teniendo mucho miedo a la muerte de los otros a los que quiero. Bastaba que mi madre estornudara para que me diera un vuelco el corazón y cada vez que le preguntaba si estaba bien me respondía igual, “sí, estoy bien, y, si no lo estuviera, tú no te preocupes que yo ya viví, y, además, si no fuera así, no cabríamos todos”. Con muy poco y con esa dulzura que tiene quien te protege incluso cuando se va, lo decía todo, ese “si no fuera así” era su forma de referirse a la muerte, a la que nunca tuvo miedo. Y en su “no cabríamos todos” era a sí misma a quien dejaba fuera, no a los otros. Se imaginaba un espacio, pienso, en el que crecieran sus nietos, a los que conoció, y quizá más allá, a los hijos de éstos, que algún día llegarían y a los que ya no iba a conocer.
Cuando Israel habla de su derecho a existir (¿quién lo niega?) en realidad habla de su derecho a ocupar todo el espacio, en un crecimiento infinito, a seguir saltándose las resoluciones de la ONU a costa de todas las naciones que lo rodean, que también tienen derecho a existir, pero que Israel siente como una amenaza existencial, y que ven cómo se asesina a su población y se les priva de todo. Colchones viejos, cartones, bolsas y mochilas con cuatro cosas dentro, así vagan los palestinos expulsados una y otra vez de sus tierras por el estado colonialista de Israel, ¿cómo vamos a esperar que su imagen sacuda los cimientos de nuestra humanidad, como debería ser, cuando están tan lejos, cuando son solo figuras unidimensionales en una pantalla, cuando permitimos que les tiren a la basura lo poco que tienen a los que están a la intemperie en nuestras calles, a nuestro lado?
Sin embargo, pese a todo, por favor, el que pueda resistir que resista. No puede ser que ganen los miserables, son minoría aunque rujan. Somos más los que (y sobre todo las que) sufriremos su egoísmo, brutalidad y violencia si continúan, paso a paso, día a día, imponiendo su indecente prioridad, es decir, a sí mismos y su dinero.eda resistir que resista. No puede ser que ganen los miserables, son minoría aunque rujan. Somos más los que (y sobre todo las que) sufriremos su egoísmo, brutalidad y violencia si continúan, paso a paso, día a día, imponiendo su indecente prioridad, es decir, a sí mismos y su dinero.



























