La Pietà recorre Palestina, Cisjordania, Líbano

El infraser de nombre Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad de Israel, ha dicho estos días que "por cada lágrima de una madre israelí, deben llorar mil madres libanesas".

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El infraser de nombre Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad de Israel, ha dicho estos días que “por cada lágrima de una madre israelí, deben llorar mil madres libanesas”. No se preocupen, que la ONU ya ha condenado “con la mayor firmeza posible” estas palabras. Pero, por si acaso, reflexionemos un poco sobre esta basura, sobre el emisor y su mensaje.

La crueldad necesita que la sensibilidad de quien la ejerce y de quien la sufre sea compartida, necesita saber qué es lo que te duele, qué es lo que temes; a la brutalidad le basta con la fuerza. Los filósofos diferencian entre ambas, el infraser Ben-Gvir ofrece ejemplos de las dos. Ejerce, por supuesto, la fuerza bruta, la que le da su superioridad militar y su inferioridad como ser humano, pero su crueldad es también de sobra conocida. Él, ese ser inmundo que luce una soga en la solapa, abogando por la horca para los palestinos, conoce muy bien la fuente de las lágrimas de miles y miles de madres palestinas, libanesas, o de cualquier otro lugar por el que la bestia sionista pise, conoce muy bien qué les duele, qué temen, el desgarro que sienten por sus hijos torturados y asesinados.

La mater dolorosa es una imagen tan impactante que atraviesa la literatura y el arte de todas las culturas. En Troya supimos de las lágrimas de Tetis por su hijo Aquiles, o las de Hécuba por su hijo Héctor; fuera de ahí, otros mitos hablan de las de Níobe, que vio morir a sus siete hijas y a sus siete hijos a manos de los gemelos Ártemis y Apolo y lloró y lloró hasta que los dioses la convirtieron en piedra. Y, prefiriendo como prefiero a los griegos sobre todas las cosas, tengo que reconocer que la Pietà de Miguel Ángel, que tantas veces había visto en fotos, es la única obra de arte que, vista de cerca y en tres dimensiones, me cortó el aliento y me impresionó como ninguna otra nunca, ni antes ni después. Veo a la Pietà en las fotografías que llegan del holocausto sionista día tras día, en las imágenes de tantas madres llorando sobre los cadáveres de sus hijos.

Itamar Ben-Gvir quiere oír el llanto de mil madres libanesas. No es un enfermo, es un ser deleznable y cruel, sabe muy bien lo que quiere cuando reclama esas lágrimas. Tampoco despreciará escuchar el llanto de los padres, que también lloran, lo hizo Príamo por su hijo Héctor y casi lloró hasta un dios, Zeus, por su hijo Sarpedón muerto en Troya. Lo que a lo mejor no sabe Itamar Ben-Gvir es que hay dolores que están más allá de toda expresión. Lo explica Montaigne en sus Ensayos, cuando habla de la tristeza. Aunque la rechace por considerarla una muestra de debilidad y alabe a los estoicos por censurarla (qué hartura con los estoicos), es interesante que diferencie entre pesadumbres que pueden expresarse con lágrimas y otras que van mucho más allá de cualquier posibilidad de expresión. Lo ilustra con ejemplos que le ahorro al lector porque me gusta Montaigne, pero estoy realmente harta de los estoicos y su insensibilidad inhumana y lo que me importa es esa idea de que hay un dolor más allá de las lágrimas, como un río subterráneo que la garrapata de Ben-Gvir no verá ni imaginará, pero que existe y algún día romperá los diques y se llevará por delante a los genocidas.

El número de periodistas asesinados por Israel crece cada día, como el de las niñas y los niños, como el de los trabajadores humanitarios. Pero, aunque no quedara ni un periodista vivo para documentar el holocausto del pueblo palestino, es ya imborrable la imagen de la Pietà que recorre Palestina, Cisjordania, Líbano. Ben-Gvir se burla de ella porque es escoria irredenta.

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