La sierra del Naranco, un paraíso menguante

José Luis López del Vallado, paseante y abogado jubilado, publica una enciclopedia "naranquista" en tres volúmenes.

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Cuando le preguntan a José Luis López del Vallado (Oviedo, 1947) por los encantos y atractivos del Naranco no elogia apenas la variedad de su fauna, la riqueza de su flora o la relevancia histórica de la montaña. Alude sin más al silencio de sus caminos, a la belleza de sus bosques y a los esplendorosos recuerdos de las tardes de la infancia. Para este humanista retirado de la abogacía son esas razones que ameritan el tiempo y el esfuerzo necesarios para dar a luz los tres tomos de “La sierra del Naranco: territorio y ciudad” (KRK Ediciones, 2026). Una verdadera enciclopedia de la montaña ovetense, tan cercana y supuestamente tan conocida, que es también un compendio de recuerdos personales, una historia social de la ciudad, un panfleto ecologista y un ensayo sobre el control de los cuerpos y la extinción del silencio en la sociedad de masas. Un libro lleno de datos y referencias archivísticas, de testimonios orales de vecinos de la sierra e ideas excitantes. Ejemplo: el Naranco fue para los ovetenses el reverso de la polis, el lugar de los amores prohibidos, de los encuentros clandestinos y de las conductas censuradas por la moralidad pública.

Pero no siempre se pone tan elevado. Décadas de paseos por el Naranco y el exhaustivo estudio de su historia le hacen ser muy consciente del maltrato y el expolio que ha sufrido la sierra. El crecimiento urbano, la construcción de carreteras, la privatización de caminos, el secado de fuentes, las talas masivas o la codicia del “lobby de los áridos” han conducido a lo que el autor considera un deterioro “irremediable” del Naranco. Donde José Luis jugaba de niño, ahora una valla con alambre de espino prohíbe el paso al recinto de la cantera.

¿En qué momento, cómo y por qué decidiste afrontar este monumental proyecto de investigación?

No hubo un momento preciso en que decidiese meterme en un proyecto de estas dimensiones. Llevaba un diario, con intermitencias, y empecé tomando notas antes de saber que terminaría escribiendo un libro. La decisión dependió de una preocupación medioambiental, que nos llevó a un grupo de amigos a constituir en 2000 la asociación Amigos del Naranco, que no se parecía en nada a la del mismo nombre constituida en 1928, y de una afición personal a caminar y mirar paisajes. Pero no se puede hacer nada hasta que descubres la inmensidad documental que encierran los archivos de Oviedo. También, por simplificar: estás en lo alto del Naranco y te preguntas cómo puedes explicar lo que ves. Cuando lo intentas, no tienes ni idea ni de lo que te vas a encontrar ni de en qué te estás metiendo. Si la tuvieras, retrocederías.

José Luis López del Vallado haciendo de guía por los caminos más recónditos del Naranco FOTO: Pablo Lorenzana

Lamentas la ignorancia e indiferencia de los ovetenses respecto al Naranco, pero sobre todo el desinterés de los intelectuales hacia la sierra ovetense: ¿a qué crees que responde?

Es algo que me he preguntado muchas veces y para lo que no encuentro explicación. Quizá sea que el Naranco es tan cercano y familiar que no lo ven. Lo extraño es que esa ceguera, o ese punto ciego, haya pasado de una generación a otra, hasta el día de hoy. El interés de la cultura letrada se centró en los Monumentos Nacionales y se desentendió de todo lo demás. Cada dato estaría respaldado por mi experiencia personal,  por la de los ancianos de la sierra con los que hablé muchas horas y, sobre todo, por uno o más de uno de los miles de documentos consultados. En las notas fui dejando llamadas a la cultura letrada. Por ejemplo, la parte final de la cita de Marx se refiere a la jornada laboral y los “ensueños de libertad quimérica”; y plantea con ello una cuestión central en la filosofía política desde la Ilustración hasta hoy. El Rousseau de la página 84 es el de los paseos por el campo, pero hay otro Rousseau, que remite a esa filosofía política; pero no quise llevarlo más allá. Cuando estudias la población, que se verá en el segundo volumen, no puedes esquivar el “Primer ensayo sobre la población” de Malthus.

¿Cómo y cuándo conociste el Naranco como paseante o excursionista, y de qué modo ha cambiado el monte desde entonces?

Vivo en Oviedo desde 1955. Entonces tenía 8 años. Hacia 1960 empecé a hacer excursiones por el Naranco con los amigos. Después me olvidé del Naranco durante muchos años; volví en la década de 1990 y ya no lo dejé. Desde que me jubilé, hace 14 años, pude subir más a menudo y pasar más tiempo en los archivos. El Naranco siempre está cambiando. Por los 60, cuando yo empezaba a hacer excursiones, acababa de sufrir una transformación, porque hacía poco que se habían talado los pinares y se estaban haciendo repoblaciones de eucalipto, que hoy ocupan decenas o cientos de hectáreas. A mediados de los 60 llegó otra gran transformación, porque en 1964 Ensidesa empezó a abrir esa cantera que enseguida tomó proporciones gigantescas. Si sumamos esas dos transformaciones, casi simultáneas, podemos ver hasta qué punto cambió el Naranco en muy poco tiempo. No son acontecimientos, sino procesos, porque la cantera no dejó de crecer y las talas se suceden cada pocos años y son visibles desde las calles de Oviedo. Ese Naranco anterior a Ensidesa no se describió, y eso nos devuelve al desinterés de los intelectuales locales. Hubo más cambios. Por ejemplo, los ancianos del Naranco recordaban que por los 50 había muchos cultivos y pocos prados, pero ahora hay muchos prados y pocos cultivos. Las vacas de los 50 daban leche y trabajaban los campos; las de hoy son rojas y para carne.

Dices en el libro que el Naranco no tiene remedio, que ya está condenado como espacio natural exterior y ajeno a la ciudad: ¿es ya irreversible la domesticación del Naranco?

Sí, creo que esa domesticación es irreversible. Pero no creo que haya un responsable. Lo que sucede parece obra de una maquinaria impersonal que actúa por medio de personas e instituciones. Por ejemplo, y por atenerme a algo en lo que no se repara: cuando se corta la maleza en tiempo indebido, o cuando se sulfatan huertas, jardines y prados, se mata una gran parte de la fauna menor. Esto es cosa de las administraciones, pero no menos de los particulares. Y no es cosa de Oviedo, Asturias o España. Europa está llena de “libros rojos” acerca de especies protegidas que se extinguen. En el Naranco fotografié unas 40 especies de mariposas, unas 6 o 7 de libélulas y varias de sírfidos y otros insectos. Muchas de estas especies, a las que pocos prestan atención, o han desaparecido por completo en el Naranco, donde había más que en ninguna otra parte del concejo, o su número se ha reducido muchísimo. El ayuntamiento limpia de malezas las orillas de carreteras y caminos, y así debe ser, pero sería bueno que tuviese en cuenta en qué momento hay que hacerlo para preservar estas especies. Por eso no querría hablar solamente de talas y canteras. El lobby de los áridos hizo daño, y supongo que lo sigue haciendo, pero hace años que no me ocupo de sus actividades en el Naranco. La lepra urbana; es un problema serio. Es difícil conciliar intereses legítimos y, en los asuntos más espinosos, como éste, o la usurpación de caminos públicos, las administraciones tienden a apartarse un poco.

El Naranco en 1858.

Pese a todo, hay algún síntoma de aprecio de la sociedad civil ovetense hacia el Naranco, como podría ser las recientes movilizaciones contra la Ronda Norte…

En general, la sociedad ovetense aprecia el Naranco, pero sin entrar a fondo en los problemas que pueda haber. La Ronda Norte sería catastrófica para el Naranco. Lo más probable es que no se haga nunca. Hay razones técnicas y de presupuesto, pero hay también una más. La construcción en Prados de la Fuente podía verse como una punta de lanza para la construcción de la Ronda Norte, pero – y esto habría hecho sonreír a dos o tres filósofos que no hace falta nombrar – los vecinos de los nuevos edificios, como ya se vio, serán quienes más se opongan a una Ronda Norte que reduciría mucho su calidad de vida. En mi opinión, el ayuntamiento de Oviedo ha hecho muchas cosas merecedoras de elogio; confío en que haga una más y renuncie definitivamente a ese proyecto.

José Luis López del Vallado y Bernardo Álvarez. Foto: Pablo Lorenzana

De algún modo, en el libro se ve el Naranco como ese lugar en el que tiene cabida todo aquello condenado a la clandestinidad o a la condena pública en la ciudad: el silencio, el desnudismo, los amores prohibidos…¿Ha sido el Naranco para los ovetenses algo así como ese espacio de libertad en el que hacer todo aquello que está mal visto dentro de la polis?

Sí, pero, por su propia naturaleza, la memoria de esas actividades clandestinas es oral y se ha perdido. Estas cosas no se escriben, y quienes podían contarlas, hace muchos años que están muertos. Antes del 2000 el desnudismo que se practicaba discretamente en el Naranco se veía ya con normalidad, como una muestra de adhesión a una cultura del cuerpo asimilada por la población. Sin embargo, la exhibición desafiante de ciertas conductas puede molestar a los más tolerantes, y esto no es mojigatería.

Uno de los hilos más sugerentes del libro es el que trata la cuestión del naturismo como una tradición oculta u ocultada, que pasa por debajo del radar de la Historia y que fue prácticamente liquidada en 1936, ¿de dónde proviene ese interés por esas ideas?

Quise enmarcar las excursiones al Naranco en un contexto muy amplio. Al señalar el rastro de una tradición naturista, que yo mismo descubrí con sorpresa, quería animar a historiadores jóvenes a que escribiesen esa historia, que es tan elusiva. De vez en cuando, hablando con parientes o con desconocidos, me llegan noticias de actividades naturistas que, en su tiempo, parecían extravagancias inexplicables. Tenía un ejemplo en mi propia familia. Mi tía abuela Milagros Villanueva Muñiz era vegetariana y fanática del sol y del ejercicio físico. Menos uno o dos meses de verano que pasaba en la montaña de León, todo su tiempo era para el Naranco. Mi madre la acompañaba alguna vez. La afición de Milagros a ese estilo de vida podía verse como una predisposición natural o como una excentricidad, pero el naturismo no se da de forma espontánea en un individuo al margen de una tradición. Esa tradición era lo que yo quería rastrear. Lamentablemente, cuando abrí los ojos a este hecho, Milagros había muerto y no pude preguntarle por la Jira del Naranco ni por esos primeros años del naturismo en Oviedo. Tenemos sus libros del Doctor Vander y algún folleto del Doctor Capo. Mi interés en estas cosas viene de la curiosidad, porque no sé o no recuerdo que en Asturias se haya escrito acerca de estos asuntos de los que nunca se hablaba y de los que, como bien dices, esquivan el radar de la Historia, y también porque se relacionan, más o menos, con temas tratados por Foucault.

José Luis López Vallado contemplando Oviedo y la sierra del Aramo. Foto: Pablo Lorenzana

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