Las ciudades asturianas siguen siendo demasiado duras

Referentes del paisajismo alertan que Asturias sigue tratando el verde como decoración cuando debería ser una infraestructura esencial.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Una plaza de hormigón a las cinco de la tarde de un día de julio puede estar varios grados por encima de una calle arbolada situada a pocos metros. La diferencia no depende del azar ni del clima. Depende de cómo se diseñó la ciudad.

Para buena parte de la población, el paisajismo sigue asociado a jardines privados, rotondas más o menos vistosas o espacios ornamentales. Sin embargo, detrás de esta disciplina se encuentra una de las grandes discusiones urbanas de nuestro tiempo y que tiene que ver con cómo adaptar las ciudades al cambio climático, cómo hacerlas más habitables y cómo recuperar el contacto con la naturaleza en entornos cada vez más dominados por el hormigón.

José Valdeón, paisajista ovetense, autor del libro Jardines clásicos de Asturias y miembro de la Asociación Española de Paisajistas, y Juan Carlos Martínez, ingeniero agroambiental y antiguo responsable del servicio de Parques y Jardines de Gijón durante más de tres décadas, coinciden en el diagnóstico. Las ciudades españolas han mejorado en muchos aspectos durante las últimas décadas, pero siguen arrastrando una visión demasiado pobre del paisaje urbano y continúan considerando el verde como un elemento secundario cuando debería formar parte de las infraestructuras esenciales de cualquier municipio.

Mucho más que jardines

Para Valdeón, la debilidad del paisajismo en Asturias no puede entenderse sin mirar atrás. A su juicio, España llegó tarde a incorporar una auténtica cultura del paisaje y del jardín, una tradición que en otros países europeos llevaba décadas consolidándose. Aunque Asturias contó con ejemplos notables impulsados por la nobleza, la burguesía industrial o los indianos, aquella evolución se interrumpió y nunca llegó a recuperarse plenamente.

España llegó tarde a incorporar una auténtica cultura del paisaje y del jardín, una tradición que en otros países europeos llevaba décadas consolidándose

El resultado es que el paisajismo sigue siendo una disciplina poco conocida y, en muchos casos, infravalorada. “El jardín y el paisajismo no son lo mismo”, recuerda el profesional asturiano, pero ambos comparten una misma raíz cultural. Cuando esa cultura desaparece, también se resiente la capacidad de la ciudadanía y de los responsables públicos para valorar la calidad de los espacios que les rodean.

La consecuencia práctica es que todavía hoy muchas administraciones continúan viendo el verde como un adorno. Valdeón no duda al afirmar que existe una enorme confusión sobre este asunto y defiende el concepto de “infraestructura verde” como una herramienta imprescindible para construir ciudades más habitables. No se trata únicamente de plantar algunas flores o añadir vegetación de manera testimonial. Se trata de diseñar espacios capaces de absorber contaminación, reducir temperaturas, mejorar la calidad del aire y aumentar el bienestar de quienes viven en ellos.

El problema de las ciudades duras

Si Valdeón analiza el problema desde la perspectiva del diseño, Juan Carlos Martínez lo hace desde la experiencia acumulada durante décadas gestionando parques, jardines y arbolado urbano.

Cuando habla de renaturalización evita cualquier romanticismo. Para él, renaturalizar una ciudad significa revertir el proceso mediante el cual las ciudades fueron sustituyendo suelo fértil por asfalto, hormigón y superficies impermeables. Allí donde antes el agua se infiltraba de forma natural y existían ecosistemas vivos, hoy predominan espacios incapaces de regular la temperatura o absorber las lluvias.

La diferencia no es menor. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea (JRC) recuerda que las islas de calor urbanas hacen que las ciudades sean, de media, entre cuatro y seis grados más cálidas que su entorno, con picos que pueden alcanzar los diez grados durante episodios extremos.

Movilización en defensa del Parque del Este en Oviedo/Uviéu. Foto: Pablo Lorenzana

Renaturalizar implica recuperar parte de esos procesos. Significa devolver vegetación a la ciudad, permitir que el agua vuelva a infiltrarse en el suelo y favorecer el regreso de aves, insectos y otras formas de vida que desaparecieron con la expansión urbana.

La pregunta es inevitable. Si conocemos los beneficios de estas soluciones, ¿por qué seguimos construyendo espacios públicos tan duros?

Martínez admite que se han producido avances, pero considera que persisten inercias muy fuertes. Habla de errores de diseño, de decisiones políticas y también de una percepción social que continúa viendo los árboles más como una fuente de molestias que como una necesidad. Reconoce que “hay ciudadanos que piden más arbolado, pero también otros que reclaman talas o podas agresivas porque las hojas ensucian o porque los árboles tapan vistas.”

Valdeón coincide en ese análisis. A su juicio, “la obsesión por mutilar árboles” es una de las expresiones más evidentes de esa incomprensión. Critica especialmente las “podas excesivas” que se practican en muchas ciudades y que reducen drásticamente la capacidad de los ejemplares para generar sombra, absorber dióxido de carbono o mejorar el confort urbano. “Necesitamos volumen foliar”, insiste, porque es precisamente esa masa vegetal la que aporta calidad a las infraestructuras verdes.

La batalla por el espacio

La discusión sobre árboles y parques conduce inevitablemente a la cuestión incómoda que supone el espacio que ocupa el automóvil.

Para Martínez, la ecuación es sencilla. No se puede renaturalizar una ciudad sin recuperar parte del terreno que hoy está reservado a coches, aparcamientos y grandes infraestructuras viarias. El vehículo privado consume una cantidad desproporcionada de espacio público y cualquier estrategia seria de adaptación climática pasa por modificar ese reparto.

Renaturalización del Manzanares.

El ingeniero pone como ejemplo las transformaciones impulsadas en ciudades como París o Barcelona, donde la reducción del tráfico fue acompañada por nuevas zonas verdes, espacios peatonales y modelos de movilidad más sostenibles. Recuerda que muchas de esas actuaciones fueron recibidas inicialmente con fuertes críticas, “pero acabaron siendo asumidas por la ciudadanía una vez demostraron sus beneficios.”

En Asturias, señala, las experiencias han sido más modestas. Destaca actuaciones desarrolladas en Gijón, como la transformación de la avenida del Molinón, donde el espacio antes ocupado por vehículos fue sustituido por una zona verde destinada al tránsito peatonal y ciclista. También reivindica el plan de renaturalización urbana aprobado por el Ayuntamiento de Gijón, una iniciativa pionera en España que, en su opinión, debería tener continuidad.

La apuesta, de hecho, no parte de cero. Gijón dispone de más de 3,7 millones de metros cuadrados de parques y zonas verdes municipales, una de las mayores redes verdes urbanas del norte de España.

La sombra como cuestión de salud pública

Valdeón, que actualmente reside en Rincón de la Victoria, en la provincia de Málaga, observa cómo muchas ciudades recurren a estructuras temporales para aliviar las altas temperaturas. Aunque pueden ofrecer cierto alivio inmediato, considera que son soluciones insuficientes frente al papel que desempeña la vegetación. Los árboles no solo generan sombra. También reducen la temperatura ambiente, capturan contaminantes, almacenan carbono y mejoran las condiciones de habitabilidad de calles y plazas.

Plantación de árboles en El Solarón. Foto: David Aguilar Sánchez

No es una percepción subjetiva. El propio Centro Común de Investigación de la Comisión Europea (JRC) ha documentado que los árboles urbanos reducen la temperatura del aire en ciudades europeas y que, en determinados barrios, el efecto de enfriamiento puede superar ampliamente la media urbana.

No se trata únicamente de bajar unos grados el termómetro. Datos del Cool Cities Lab del World Resources Institute muestran que la presencia de arbolado puede mejorar la sensación térmica entre dos y ocho grados centígrados gracias a la combinación de sombra y evapotranspiración.

Valdeón sostiene que el debate sobre la sombra suele plantearse de forma equivocada: “Durante años se ha aceptado con normalidad la tala o mutilación de árboles mientras las ciudades intentaban compensar después sus efectos mediante soluciones artificiales”, reflexiona.

Martínez utiliza un ejemplo muy conocido para ilustrar el problema. La remodelación de la Puerta del Sol de Madrid convirtió uno de los espacios más emblemáticos del país en una gran superficie mineral donde miles de personas terminan refugiándose bajo esos toldos para escapar del calor. A su juicio, la propia necesidad de instalar esas estructuras demuestra que el diseño original ignoró algo tan básico como el papel climático de la vegetación.

Ambos coinciden en que la sombra ha dejado de ser una cuestión de confort para convertirse en una necesidad. El aumento de las temperaturas obliga a replantear el diseño de plazas, parques y calles. Las ciudades que funcionaban hace medio siglo no necesariamente servirán para afrontar las condiciones climáticas de las próximas décadas.

Asturias, entre avances y asignaturas pendientes

Cuando se les pregunta por la situación asturiana, las respuestas mezclan reconocimiento y crítica. Valdeón considera que el paisaje urbano del Principado sigue siendo, en términos generales, “bastante mediocre”. La afirmación puede sonar dura, pero la vincula sobre todo a la escasez de verde, a determinadas prácticas de mantenimiento y a una falta de ambición en la planificación paisajística. Aunque reconoce mejoras importantes durante las últimas décadas, cree que Asturias sigue lejos de las referencias más avanzadas del país.

Asturias sigue lejos de las referencias más avanzadas del país

Entre esas referencias, sitúa a Vitoria-Gasteiz, una ciudad que logró multiplicar sus zonas verdes y conectarlas entre sí mediante corredores accesibles para peatones y ciclistas. Para él, ese modelo demuestra que las infraestructuras verdes pueden planificarse como una auténtica red urbana y no como actuaciones aisladas.

Una parte del anillo verde de Gasteiz.

Su mirada sobre Asturias tampoco es uniforme. Critica el estado de conservación del histórico Jardín Francés del Palacio de Ferrera, en Avilés, cuya restauración dirigió en la década de los 2000, y reclama una mayor sensibilidad hacia este tipo de espacios. Al mismo tiempo, reconoce que Gijón ha desarrollado políticas interesantes en materia de parques y arbolado; y considera que Oviedo presenta una preocupación creciente por el espacio verde, aunque sigue mostrando importantes carencias en el tratamiento del arbolado urbano.

Martínez comparte parte de ese diagnóstico, aunque introduce un matiz diferente. A su juicio, uno de los principales problemas no está únicamente en las administraciones, sino también en la sociedad. Durante la entrevista insiste varias veces en que no percibe una ciudadanía suficientemente concienciada sobre la necesidad de transformar el espacio urbano para adaptarlo al cambio climático. El resultado es que medidas como la reducción del espacio destinado al automóvil o determinadas actuaciones de renaturalización siguen encontrando resistencias, incluso cuando la evidencia científica apunta en sentido contrario.

La emergencia climática ya está aquí

Pese a proceder de trayectorias muy diferentes, el paisajista y el ingeniero terminan convergiendo en una misma conclusión. El debate sobre árboles, parques y zonas verdes ya no pertenece únicamente al ámbito de la estética urbana. Tampoco es una cuestión reservada a especialistas.

Las infraestructuras verdes se han convertido en una herramienta imprescindible para afrontar el cambio climático y mejorar la calidad de vida en las ciudades. Más árboles significan menos calor, más sombra, mejor calidad del aire y espacios públicos más agradables. Menos árboles implican exactamente lo contrario.

Valdeón defiende que “las ciudades necesitan más espacios verdes diseñados por profesionales que comprendan la complejidad del paisaje urbano.” Martínez, por su parte, insiste en que la renaturalización ya no puede considerarse una opción secundaria. La emergencia climática está aquí, insiste, y obliga a replantear la manera en que se construyen y gestionan calles, plazas y parques.

Por eso, cuando se le pregunta qué le diría a un alcalde que sigue viendo el arbolado como un gasto, Juan Carlos Martínez responde que cualquier responsable público tiene la obligación de velar por la salud y el bienestar de sus ciudadanos. En ese contexto, sostiene, los árboles han dejado de ser una opción. “Son una necesidad.”

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