Divididos por la guerra, unidos por los videojuegos

Un ucraniano y un ruso exiliados en Pola de Siero trabajan juntos en un proyecto sobre la Inquisición en Asturias.

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Fueron los niños, que aún no saben qué es un extranjero o un enemigo, los que empezaron a hablar. Luego, quizás obligados por la cortesía o el idioma compartido, se conocieron los padres: Maxim, un refugiado de Járkov que huye de la guerra, y Yury, un exiliado moscovita que escapa de una dictadura, se encuentran en Pola de Siero. Y contraviniendo los tabúes y prejuicios de sus comunidades, se hacen amigos. “Nosotros somos una excepción. No es habitual que rusos y ucranianos se relacionen aquí”, cuentan en una cervecería de Pola. Esa amistad y el entusiasmo y agradecimiento que sienten por la tierra que les acoge les ha animado a trabajar juntos en la creación de un videojuego sobre un inquisidor enviado a una misión en Asturias. “Your judgement, inquisitor” estará disponible en plataformas de videojuegos a finales de 2026.

Maxim tiene ahora cuarenta años y trabaja como programador informático. “Como casi todos los ucranianos, no creía que la guerra fuese a empezar nunca. En mi ciudad ahora hay bombardeos casi a diario, pero yo tenía una vida tranquila con mi trabajo y mi familia. No estaba preparado para marcharme y, por supuesto, tampoco sabía nada de Asturias”, explica antes de rememorar el largo periplo previo a instalarse en Pola de Siero. Con su mujer y dos hijos, cogiendo lo poco que pudo cargar y dejando a sus padres en Járkov, cruzó la frontera ucraniana y probó suerte en varios países europeos antes de llegar a Asturias en el verano de 2022: “Emigrar es muy duro. Te vas sin nada, cierras tu casa y te marchas sin saber qué pasará”.

También precipitada fue la salida de Rusia de Yury y Valeria, su mujer, que domina a la perfección el español y hace de traductora durante la entrevista. “Cuando empezó la guerra fue un shock”, recuerda el matrimonio, “cuando a las seis de la mañana leímos que nuestro país estaba bombardeando Kiev nos quedamos estupefactos. Pensamos que era el final. Ya antes habíamos pensado en dejar Rusia, porque la dictadura iba recortando las libertades, pero al final teníamos nuestra vida arreglada, nuestro trabajo y nuestra casa”.

Maxim y Yury FOTO: David Aguilar Sánchez

Con Valeria embarazada y “el recuerdo de la URSS, cuando cerraban las fronteras y no se podía salir del país”, se montaron en su coche y huyeron de Rusia hacia Kazajistán. De ahí a Tailandia, donde vivieron dos años, y por último Asturias: “Fue un amor a primera vista. Vimos que estábamos en el paraíso y la gente nos hizo sentir muy bien. Supimos de la historia de los niños de la guerra asturianos que fueron acogidos en la URSS. Ahora Asturias nos acoge a nosotros. Aquí mucha gente nos dice que nos entiende, porque ellos tuvieron familiares en Bélgica o en México. Esa empatía entre inmigrantes y exiliados nos ayuda a mantenernos sanos en esta situación y a seguir viviendo”.

Yury saca entonces su móvil y muestra ilusionado la foto de lo que se encontró un día paseando por Gijón: una placa en recuerdo del jesuita Federico Fierro Botas, traductor de Pushkin a la lengua asturiana y fallecido en un accidente automovilístico en Rusia. En la placa se puede leer, en asturiano y en ruso: “Dos llingües, dos pueblos”.

“Tenemos que encontrar más puentes”

El comienzo de la amistad entre los dos matrimonios de naciones enemigas no fue sencillo. “Yo, como rusa, me sentía responsable de esa gente que se quedó sin casa y sin nada”, reconoce Valeria, “por eso, siempre que me encuentro con algún ucraniano, le digo que estoy en contra de la guerra y que para mí Putin es un criminal”. Maxim, por su parte, aclara que no tiene nada contra los rusos ni contra su lengua.

Yury y Maxim en Pòla de Siero FOTO: David Aguilar Sánchez

Pero la experiencia compartida del desarraigo y el descubrimiento conjunto del paisaje y la cultura asturiana se sobrepuso a los recelos nacionales y a los rencores de la guerra. “En Rusia y en Ucrania es típico pintar huevos en la Pascua, y nos enteramos de que aquí en Pola también se celebra la fiesta de los Huevos Pintos”, cuenta Yury. También leyeron a Juan Uría, visitaron Covadonga –“sentimos que estábamos con el Rey Pelayo”-, el Museo Arqueológico de Oviedo, la catedral y varios castillos medievales por todo el territorio asturiano. “Al final, es el arte y la cultura lo que nos une y lo que nos da esperanza. Tenemos que encontrar más puentes, porque la cultura es lo único que nos queda en este mundo loco”, reflexiona Valeria.

Esa fascinación por la historia de Asturias y su afición por los videojuegos ha llevado a Yury y a Maxim a emprender un proyecto “artesanal, sin recurrir a Inteligencia Artificial” y que quiere ser su particular homenaje a su patria de acogida. “Sentimos una gran responsabilidad, porque es una región con unas raíces culturales muy hondas y una historia muy rica”, confiesa el ruso, “no hay videojuegos sobre la historia de Asturias y queremos ver cómo lo reciben los asturianos”.

“Esta es una inhóspita tierra norteña castigada por el viento y la lluvia”, dice la voz del protagonista en el tráiler del juego, “es la cuna de la España cristiana y es aquí donde se te ha enviado a sofocar una creciente herejía. Se te conoce como un formidable exorcista. Los Reyes Católicos y el gran inquisidor Tomás de Torquemada esperan que restaures el orden. La corona tiene grandes planes para el año 1492 y una herejía en el corazón de la España cristiana es lo último que necesita”.

La escuela del desarraigo

¿Y la esperanza de regresar a la patria? “Es una pregunta difícil y muy dura”, dice Maxim, “mientras dure la guerra, yo no puedo volver porque podrían reclutarme en el ejército. Pero allí está mi casa y mi familia. Espero volver algún día, aunque ahora estoy bien en España”. Valeria y Yury responden acordándose de la Pasionaria, que pasó cuatro décadas de exilio en Rusia: “Después de ese tiempo, ella pudo volver y eso nos da esperanza. El régimen de Putin no puede durar para siempre, aunque está siendo muy largo. Teníamos siete años cuando llegó al poder, y ahora tenemos un hijo de esa edad”.

La nostalgia es inevitable, pero aseguran que el exilio y el desarraigo es también una escuela de humanidad y una fuente de inspiración. “Nuestros amigos están dispersos por todo el mundo”, dice el matrimonio ruso, “pero nuestros vínculos son más fuertes, porque compartimos los problemas y las penas de la emigración. Antes, en Rusia, teníamos unos vecinos llegados a Moscú desde Tayikistán en busca de una vida mejor para sus hijos. No les entendíamos cuando decían que echaban de menos su ciudad natal. Pero ahora sí que lo entiendo. Entiendo perfectamente a los migrantes, porque ahora nosotros somos migrantes”.

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