Y Odiseo ya no deseaba a Calipso

No sé lo que ha hecho Nolan, pero sí sé lo que hizo Homero, que cantó el lado oscuro de la guerra y enseñó a los griegos que la falta de compasión con el enemigo se pagaba cara.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Cuando hablamos de mitos griegos, la libertad de la que disfrutamos para elegir qué contar y cómo es casi infinita y siempre encontraremos una cita en la que apoyarnos, aunque sea un verso casi olvidado de un autor sin nombre. Muchas veces lo que me llama la atención es más bien lo que se calla, pese a estar a la vista.

El héroe de moda tardó veinte años en regresar a su hogar en Ítaca desde que salió acompañando a Agamenón en la expedición de castigo contra Troya. Diez los pasó combatiendo allí y los otros diez, se cuenta, “volviendo a casa” una vez acabada la guerra. Pero podemos verlo de otra manera, calculadora en mano: Odiseo estuvo siete años con Calipso en la isla de Ogigia. Siete. Siete años con una diosa en una isla, en una gruta rodeada de álamos, chopos y fragantes cipreses, dice Homero. Una isla con búhos, halcones y aves marinas, viñas y fuentes de agua limpia. Y Calipso, una diosa, cantando e hilando en casa, muriendo de amor por el rey de Ítaca. A la isla de Ogigia llegó el héroe después de la enésima metedura de pata de sus compañeros de viaje, llegó solo, único superviviente de un naufragio más, y la diosa, dice Odiseo cuando rememora sus desdichas en la corte de los feacios, “me acogió y me dio su amor”. Pero Odiseo, pobre Odiseo, después de siete años ya no la desea. Insisto en el “ya no” porque es eso exactamente lo que se dice en el verso 153 del Canto V de la Odisea.

En su primera aparición en el poema, el chico de moda está sentado a la orilla del mar, llorando porque quiere volver a casa, porque ya no desea a Calipso. Sus gimoteos son escuchados por los dioses, especialmente por su protectora Atenea, y Calipso es obligada a dejarlo partir. Antes lo colma de infinitas provisiones, agua y dulce vino, le facilita madera para hacer un barco, tela para sus velas, hace que soplen vientos amables, le da indicaciones para la navegación… y se van al lecho una última vez. Que a Odiseo lo espera Penélope, sí, pero no hay tanta prisa como para no poder despedirse en condiciones.

Ya antes, en otra isla, la de la maga Circe, la que convirtió en cerdos a los compañeros de Odiseo, el héroe, una vez hechas las paces con ella y vueltos sus amigos a la forma humana, había pasado también una larga temporada, un año enterito, disfrutando de la hospitalidad de la divina maga, comiendo y bebiendo sin tasa, de nuevo tratado a cuerpo de dios. Hasta que recordó que Penélope esperaba. Cuando quiere irse, Circe, igual que Calipso, lo ayuda, llena su barco de víveres y de vino y le da consejos para encontrar el camino a casa.

“Que cualquiera con un mínimo de conciencia se revuelva cuando vea que los sionistas asesinan incluso a quienes celebran los funerales de sus seres queridos.”

Si descontamos estos días de vino y diosas, los diez años que Odiseo tardó en regresar a su querida Ítaca les parecerán a ustedes, seguro, mucho más llevaderos: un año con Circe, siete con Calipso… Pero Odiseo es un llorón. Lo es porque puede, como podía Aquiles, y, del mismo modo que Aquiles lloraba frente al mar, invocando a su mamá, la diosa Tetis, así Odiseo moquea frente a otro mar, esperando que su protectora Atenea venga al rescate.

No está muy claro qué mar bañaba la isla de Calipso, Ogigia, porque no tenemos ni idea de dónde estaba situada. El mar frente al que lloraba Aquiles en Troya sí lo conocemos bien, es el mismo Mediterráneo junto al que ni llorar pueden los gazatíes de la Franja, el mismo al que tienen prohibido acceder y en el que son atacados los miembros de la Flotilla cada vez que intentan llevar comida o medicamentos a las víctimas del genocidio en Gaza.

No sé cuántas maneras hay de contar lo de Troya, todos los poetas de la antigüedad mencionaron, en uno u otro momento, algunos de sus episodios. En la propia Odisea aparecen dos aedos, Demódoco en el país de los feacios y Femio en Ítaca, y los dos cantan dentro del canto y recuerdan, entre otras cosas, lo del caballo de madera. Lo de Palestina necesita ser contado de todas las maneras posibles y necesitamos escucharlo. Que los periodistas no se queden indiferentes ante la ejecución continua de sus compañeros y compañeras en Gaza, Cisjordania, Líbano. Que los médicos no se resignen a ver caer hospital tras hospital, a ver cómo el ejército de Israel ataca a las ambulancias y dispara sobre el personal sanitario, o los secuestra y tortura. Que cualquiera con un mínimo de conciencia se revuelva cuando vea que los sionistas asesinan incluso a quienes celebran los funerales de sus seres queridos. Que si, mientras estamos atentos al mundial, alguien mira a Palestina y quiere contar lo que ve, que no diga que “muere un futbolista de la selección palestina sub-17 en Cisjordania”. Que escriban su nombre, Fadi Nassan, y que digan que ha sido asesinado cobardemente por los colonos.

Todavía no he podido ver qué ha hecho Nolan en su Odisea, merecerá la pena haya elegido lo que haya elegido contar, me da igual que hable de la belleza de Helena, de las mentiras de Odiseo, del Cíclope o de la diosa Calipso, de los hospitalarios feacios o de los bárbaros lestrigones, que se remonte al juicio de Paris, o que nos coloque directamente en la llanura troyana. No me importa si ha hecho de Odiseo un héroe pese a sus mentiras. No sé lo que ha hecho Nolan, pero sí sé lo que hizo Homero, que cantó el lado oscuro de la guerra y enseñó a los griegos que la falta de compasión con el enemigo se pagaba cara.

Estamos en un verano abrasador, si no tenemos madre ni diosa nadie nos va a rescatar, así que nos toca bañar las lágrimas en el mar en vez de quedarnos llorando en la orilla. Pero cada vez que lo hagamos, recordemos que en Gaza el ejército de Israel no permite a los palestinos tocar siquiera ese mar de Odiseo, ni para buscar reposo ni para buscar alimento. Y que las bestias sionistas no necesitan quien les cante, sino quien los denuncie día tras día. Porque haga lo que haga Nolan con la Odisea, abramos el libro de Homero por donde lo abramos, encontraremos algo de belleza, pero del infierno que Israel ha hecho en Palestina solo el horror se puede narrar, empecemos la historia por donde la empecemos, escojamos el capítulo que escojamos de este insoportable genocidio que estamos permitiendo.

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