Asturias en la década de los eclipses y fenómenos astronómicos extraordinarios

Las hemerotecas recuperan los miedos, inventos y bromas con los que los asturianos miraron al cielo entre 1905 y 1912.

Recomendados

Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

A pocos días del eclipse total del 12 de agosto, las hemerotecas permiten reconstruir cómo se vivieron en Asturias otros grandes fenómenos astronómicos del pasado, entre cristales ahumados, observatorios improvisados, excursiones al monte, temores al fin del mundo y una sátira en la que un puñado de sal terminaba dentro del caldo.

Pero antes de ir al pasado, vayamos un momento al presente. En una terraza de Llaranes (Avilés), la conversación discurre entre miradores, desplazamientos y gafas. Una pareja ya ha decidido dónde irá a ver el eclipse. Otra todavía compara lugares. Hay quien encargó las gafas por Amazon, quien las recibió en el trabajo y quien acaba de descubrir que el 12 de agosto está mucho más cerca de lo que parecía y aún no tiene con qué mirar al Sol.

La escena podría repetirse en cualquier lugar de Asturias. El Principado de Asturias ha establecido 78 puntos recomendados de observación, uno por concejo, ha distribuido más de 100.000 gafas homologadas y ha preparado un dispositivo de seguridad integrado por más de 1.300 personas. Habrá refuerzos de transporte, ampliación de horarios y vigilancia especial en los lugares donde se espera una mayor concentración. Al eclipse no le falta planificación. Tampoco promoción turística. También en 1905 hubo excursiones y viajeros atraídos para ver un eclipse total. Lo nuevo no es desplazarse para verlo, sino la escala y el grado de organización y promoción que lo rodean. A principios del siglo XX no existían miradores oficiales ni gafas con certificación ISO, pero sobraban ventanas, tejados, chimeneas y montes desde los que mirar.

Representación de la corona solar durante el eclipse total del 28 de mayo de 1900, elaborada a partir de un dibujo del astrónomo Ventosa e incluida por Enrique Fernández Echavarría en la guía divulgativa publicada por la Universidad de Oviedo con motivo del eclipse de 1905. La obra fue recuperada en junio de 2026 por la institución académica y el Gobierno de Asturias mediante una edición facsímil completada con textos de los investigadores Javier de Cos y Noemí Pinilla-Alonso. Imagen del Repositorio Institucional de la Universidad de Oviedo.

Cuando toda Asturias se convirtió en observatorio

El eclipse del 30 de agosto de 1905 no sorprendió a los asturianos sin previo aviso. La Universidad de Oviedo encargó al profesor Enrique Fernández Echavarría una guía divulgativa que explicaba el fenómeno y que fue distribuida gratuitamente. El Gobierno de Asturias y la institución académica recuperaron este verano aquella publicación mediante una edición facsímil acompañada de textos actuales. La iniciativa demuestra que también hace 121 años hubo voluntad científica y preocupación por informar al público. Otra cosa eran los medios de los que disponía la mayoría.

Al día siguiente del eclipse, El Carbayón dedicó buena parte de su portada a contar cómo se había vivido la jornada en Oviedo. El periódico comenzó su relato con una afirmación que no dejaba demasiado espacio para la indiferencia: “Día memorable y de imperecedera recordación ha sido el de ayer”.

Profesores y observadores se habían reunido en la torre meteorológica de la Universidad de Oviedo, pendientes de unas nubes que amenazaban con arruinar la jornada. Había llovido y el cielo permanecía cubierto, pero la ciudad no renunció a mirar hacia arriba.

Los vecinos buscaron altura y visibilidad donde pudieron. Las ventanas, los tejados, las escaleras y hasta las chimeneas se transformaron en observatorios. El catálogo de accesorios incluía cristales ahumados o verdes, tarjetas postales y tubos de cartón. La homologación, como puede suponerse, no figuraba entre sus principales virtudes y ninguno de aquellos métodos debe imitarse ahora. El propio periódico resumió la movilización con una frase escueta: “Observatorios, en todas partes, se improvisaron”.

El Carbayón describió cómo la luz fue perdiendo intensidad, las fachadas adquirieron una claridad semejante a la de la Luna y el paisaje tomó colores difíciles de clasificar. Cuando llegó la totalidad, la reacción de quienes se encontraban en la Universidad de Oviedo fue inmediata: “Un grito prolongado de admiración y sorpresa salió de todos los pechos”. Según la crónica, el espectáculo duró tres minutos y 36 segundos.

También hubo expediciones al Naranco. La crónica publicada por El Carbayón se tomó el viaje con bastante menos solemnidad que los profesores de la Universidad de Oviedo. “Entre los astrónomos, había de todo”, advirtió el periódico antes de describir a observadores con alpargatas y blusas, provistos de telescopios, anteojos y otros instrumentos bastante más modestos. La denominación de astrónomo se aplicaba con generosidad. Para participar bastaban las ganas de subir al monte y algún artefacto que pudiera apuntarse hacia el cielo.

Portada del Carbayón hablando del eclipse de 1905.

El Naranco no fue la única elevación convertida aquel día en observatorio. Una de las crónicas más completas llegó desde el occidente de Asturias. El 10 de septiembre, el periódico Castropol publicó el relato de un grupo que había subido el día del eclipse al pico de Agudelo, cerca de la entonces fábrica de papel de El Fomento Industrial de Castropol. Sin explicar por qué era necesario el aviso, la crónica cuenta que los observadores de la cumbre lanzaron cohetes para comunicar a quienes permanecían en la falda del monte el comienzo del eclipse, la llegada de la totalidad y el final del fenómeno.

Desde la cumbre midieron la temperatura y observaron los cambios en el viento. El cronista, que firmó como “Un espectador”, contó que los rebaños dispersos se reunieron en grupos compactos y que los perros corrieron a refugiarse entre las personas. Y dejó una de las imágenes más llamativas: “un grupo de pollinos con las cabezas bajas y las orejas completamente caídas, formaban semicírculo arrimando las testuces”. Son las observaciones de aquel testigo, no un estudio sobre el comportamiento animal, pero ayudan a reconstruir la impresión que produjo el súbito cambio de luz.

Desde aquella altura, la costa comprendida entre Foz y Tapia, la ría, el mar y los pueblos del entorno adquirieron, según el relato, “un aspecto fantástico”. Las nubes pasaron por un tono “amarillo verdoso” hasta alcanzar un color semejante al “verde botella”. Cuando terminó todo, los presentes lanzaron “entusiastas vivas á la Ciencia”.

Entre quienes contemplaron el eclipse desde la costa estuvo también el poeta Rubén Darío, que pasaba el verano en La Arena. Su relato ofrece una mirada individual sobre una experiencia que los periódicos reconstruyeron de forma colectiva. La crónica, fechada el 31 de agosto de 1905, apareció en La Nación de Buenos Aires y fue recogida después en Opiniones, un libro de artículos y crónicas publicado en Madrid en 1906. El escritor recordó la luz rojiza, el frío repentino, las gallinas que buscaron refugio, el paso de las gaviotas y el miedo confesado por un criado. Darío condensó aquella sensación de alarma en una frase: “Había miedo sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte cercano; miedo en el aire”. El desenlace resultó mucho más cotidiano: “Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo”.

El eclipse entró de otra forma en la poesía. El propio 30 de agosto, Castropol publicó un soneto titulado “Eclipse” y firmado como Aircolmen. En sus versos, el Sol aparecía cubierto “con velo funeral, mano gigante” antes del regreso de la luz.

Rubén Darío en una fotografía publicada en la edición de Los raros de 1905. El poeta contempló el eclipse del 30 de agosto de aquel año desde La Arena.

El cometa que llevó a los vecinos al parque

Cinco años después, Castropol volvió a mirar al cielo. A finales de enero de 1910, un cometa se dejaba ver al anochecer sobre el Mondigo, la elevación situada en el vecino concejo lucense de Ribadeo. El periódico Castropol no manifestó ninguna duda sobre su identidad. Lo presentó como el cometa Halley, cuyo regreso estaba generando una enorme expectación en todo el mundo.

Los vecinos acudían al parque para contemplarlo y, según la cabecera, algunas “almas sencillas” creían próximo el fin del mundo. El periódico respondió con una broma local: “Nosotros no creemos que haya ningún fin próximo más que el de la política de Lagar”. Después introdujo al Anticristo, la Vega y la gerencia de la “Hidro-Eléctra” en un comentario cuyas alusiones políticas resultan hoy difíciles de descifrar.

Sin embargo, los vecinos no estaban viendo todavía a Halley. La fecha, la posición y el brillo permiten identificar el astro con el gran cometa C/1910 A1, aparecido inesperadamente aquel mes y confundido en numerosos lugares con el visitante esperado. A finales de enero, el nuevo cometa era visible a simple vista al anochecer, mientras que Halley no pudo contemplarse sin telescopio hasta abril. La gente de Castropol vio un cometa verdadero, pero el periódico le puso el nombre equivocado.

El auténtico Halley llegó después y trajo sus propios temores. El anuncio de que la Tierra atravesaría su cola durante la noche del 18 al 19 de mayo de 1910 y la presencia de cianógeno, un compuesto tóxico detectado mediante análisis espectroscópicos, alimentaron rumores sobre envenenamientos y catástrofes. Los científicos explicaron que la cola era demasiado tenue para representar un peligro, pero la prensa internacional alternó aquellas aclaraciones con predicciones alarmantes, mientras se comercializaban máscaras y supuestos remedios contra el cometa. El cielo seguía siendo un espectáculo, pero también un territorio en el que competían la ciencia y la superstición. Además de las ganas de vender periódicos.

El gran cometa de enero C/1910 A1, fotografiado el 21 de enero de 1910. Probablemente fue el astro que se vio aquel mes sobre el Mondigo, en Castropol, y que el periódico local identificó como el cometa Halley, cuyo paso se esperaba unos meses después. Archivo Fotográfico de la Universidad de Chicago / Wikimedia Commons.

Un “ecrix” acaba dentro del caldo

Otro eclipse solar, el del 17 de abril de 1912, dejó una huella distinta. Tres días después, Castropol publicó “Entre vecías”, un poema dialogado escrito en gallego-asturiano o eonaviego y firmado por Farruco, seudónimo atribuido al escritor castropolense Ramón García González.

No se trata de una conversación recogida por un periodista, sino de una composición satírica. En ella, una mujer cuenta que estaba salando el caldo, con su hijo en brazos, cuando comenzó a oscurecer. El susto quedó resumido en cuatro versos: “Mirei pra fora ¡era noite! / Entesecéronme os nervios, / y abrín a mau y botei / n’el caldo el puñado entero” (“Miré hacia fuera, era de noche; se me agarrotaron los nervios, abrí la mano y eché al caldo el puñado entero”). Ahora nadie podría comérselo y todavía quedaba por afrontar el mal genio de Pedro.

La vecina intenta explicarle que aquello había sido un eclipse, aunque el vocabulario científico no parece estar completamente asentado. “Pois, Xuana, foiche un ecrix”, le dice. Cuando la otra pregunta qué son los “crises”, recibe una respuesta poco esclarecedora: “Eu que sei; serán enredos” (“Yo qué sé; serán enredos”).

El poema introduce nubreiros, miedos y creencias populares, pero termina llevando el eclipse hacia la política. Farruco escribió buena parte de su obra satírica contra “os veyos”, como se conocía a los representantes de los grupos políticos tradicionales. El remate aprovecha el significado de la palabra: “Y si ecrix obscurecerse / en ecrix están os veyos. / —Pero un ecrix… pasa lougo. / —E que hay ecrixes eternos” (“Si eclipse significa oscurecerse, eclipsados están los viejos. Pero un eclipse pasa pronto. Y hay eclipses eternos”).

Vecinos observan el eclipse total con gafas protectoras en Kerrville (Texas), el 8 de abril de 2024. / Foto: NASA / Aubrey Gemignani

La incertidumbre está en las nubes

Más de un siglo después, casi todo está previsto. Se sabe a qué hora llegará la totalidad y cuánto durará en cada localidad. Las gafas deben estar homologadas. Las administraciones recomiendan observar el eclipse desde casa o desde un lugar cercano y evitar desplazamientos innecesarios. Al mismo tiempo, el fenómeno se promociona como reclamo turístico y Asturias se presenta como un territorio privilegiado para contemplarlo.

Ya no hay que averiguar si el cometa es realmente Halley ni improvisar la observación con un vidrio verde. Las preguntas son dónde habrá menos gente, si se podrá aparcar, qué aplicación meteorológica acertará con las nubes y si las gafas encargadas por internet llegarán antes del día 12.

En la terraza de Llaranes, la conversación regresa una y otra vez a esos detalles. Cada cual busca su propio observatorio, que esta vez puede figurar en un mapa y tener cerca un dispositivo de seguridad. Cambian los instrumentos, la información y el envoltorio turístico. Por si acaso, quizá convenga no salar el caldo durante el eclipse.

Artículo anterior
Artículo siguiente

Actualidad

spot_img