Alfonso Castro prácticamente ha dejado de utilizar la pequeña terraza de su casa. Vive en Sama, muy cerca de las instalaciones de Química del Nalón, y asegura que cada pocos días vuelve a encontrarse polvo acumulado en un espacio que además está parcialmente cubierto. Llegó a la cuenca hace cinco años y aquella contaminación cotidiana fue una de las cosas que más le sorprendieron. “No se trata de trasladar horror. Hay que trasladar información, que la gente sepa qué es lo que está respirando”, explica.
Castro forma parte de un pequeño grupo de vecinos que durante los últimos meses ha promovido una campaña con tres reivindicaciones concretas. Reclaman una estación de medición en Ciañu, medidas correctoras frente a las emisiones y un protocolo de actuación para la población ante una posible emergencia ambiental. Aseguran haber reunido 3.164 firmas después de extender la recogida por comercios, establecimientos hosteleros y particulares de la zona. La iniciativa no pertenece a ninguna asociación constituida y, cuando sus promotores necesitaron cobertura jurídica para organizarla, acudieron a la Coordinadora Ecoloxista d’Asturies, que les prestó apoyo.
La coquería forma parte de un paisaje urbano donde industria, viviendas y servicios públicos prácticamente se tocan. Junto a la instalación se encuentra además el IES La Quintana, levantado décadas después de que la actividad industrial se asentara en la zona. Para Fructuoso Pontigo, portavoz de la Coordinadora, esa proximidad resume buena parte del problema. “Estamos hablando de un proceso productivo muy contaminante rodeado de viviendas. La empresa comparte el patio con un instituto”, señala.

Lo que una media no cuenta
Los datos oficiales de calidad del aire no dibujan una sucesión de incumplimientos continuados, pero tampoco explican por sí solos todo lo que ocurre durante las miles de horas que forman un año. El caso del benceno permite observar bien esa diferencia. La legislación utiliza una media anual para evaluar este contaminante, mientras no existe un valor límite ambiental horario equivalente. La Organización Mundial de la Salud lo considera un carcinógeno genotóxico para el que no puede establecerse un nivel de exposición completamente exento de riesgo.
Los datos abiertos de AsturAire, la red de calidad del aire del Principado, muestran esa diferencia entre la media y los episodios puntuales. Entre enero y septiembre de 2026, la estación de Sama I registró 79 días en los que hubo al menos una hora con una concentración de benceno igual o superior a 3,4 microgramos por metro cúbico. En 35 días hubo alguna hora igual o superior a 5, mientras el máximo horario del periodo alcanzó 34,9 microgramos. Esas cifras no pueden interpretarse como superaciones de un límite anual, pero sí permiten comprobar que los episodios aparecen de forma repetida a lo largo del año y terminan diluidos cuando todas las mediciones se convierten en una única media.

Adán Abajo Chic, biólogo, doctor en Ecología por la Universidad de Oviedo y vinculado a Rebelión Científica, participó esta semana en un encuentro celebrado en Ciañu para abordar con los vecinos los efectos ambientales y sanitarios de la contaminación. Para él, esa diferencia entre medias anuales y episodios puntuales resulta fundamental. “No es que no se supere un límite diario. Es que no existe tal límite”, explica respecto al benceno, antes de insistir en que los picos pueden ser elevados aunque la media anual permanezca por debajo del valor de referencia.
Abajo cuestiona también que el control de este contaminante dependa de una estación ubicada en Sama y defiende la instalación de un equipo permanente más próximo a Ciañu. Esa es también una de las principales reclamaciones de los vecinos y de la Coordinadora, aunque existe un antecedente que obliga a introducir matices y que permite observar el problema con algo más de perspectiva.
El Principado ya llevó una estación a Ciañu
Entre diciembre de 2021 y mayo de 2022, el Principado instaló una unidad móvil de calidad del aire en Ciañu. Durante varios meses midió dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, partículas, ozono y benceno. La concentración media de este último contaminante durante la campaña fue de 0,84 microgramos por metro cúbico, mientras que en Sama I, durante exactamente el mismo periodo, alcanzó 1,16. La estación cuestionada por vecinos y ecologistas registró, por tanto, una media superior a la propia unidad móvil situada en Ciañu.
Aquel mismo informe contiene, sin embargo, otro dato. El 20 de mayo de 2022, a las 05:00, la unidad móvil instalada en Ciañu registró un máximo horario de 53,8 microgramos por metro cúbico de benceno. La media de toda la campaña siguió siendo de 0,84, dos cifras que no se contradicen pero que describen dimensiones distintas de una misma exposición.

Para Carmen Yano Asso, médica radióloga y otra de las participantes en el encuentro, esa diferencia tiene una importancia sanitaria clara. “Da igual que me digan que la media del año está por debajo de cinco”, sostiene después de referirse a los episodios de concentración elevada. A su juicio, cumplir el valor legal anual no significa que desaparezca el riesgo, especialmente tratándose de un carcinógeno como el benceno.
Yano identifica el benceno como el contaminante que más le preocupa alrededor de una coquería por su carácter carcinógeno. Distingue ese riesgo del efecto de partículas y otros gases, que pueden castigar especialmente a personas con patologías respiratorias o cardiovasculares, niños o mayores, pero insiste en que con el benceno la preocupación no queda restringida únicamente a esos grupos.
La médica evita, sin embargo, establecer una relación causal entre la planta y posibles cánceres en la población de Ciañu. Para demostrar algo así, reconoce, haría falta un estudio epidemiológico específico que relacionase exposición, incidencia de enfermedad y otros factores. “Se necesita que alguien se ponga a ello”, sostiene. “Hacer el diseño del estudio y aplicar estadísticas”.
Yano considera precisamente que esa investigación debería hacerse y, a partir de ahí, introduce una valoración política. A su juicio, profundizar en las consecuencias sanitarias de décadas de industria pesada puede chocar con intereses económicos y con la falta de voluntad institucional para abrir determinados debates.
“Desviaciones muy relevantes”
El historial ambiental de la coquería contiene también hechos que van más allá de las mediciones urbanas. La memoria oficial del programa de inspección ambiental correspondiente a 2024 recoge una inspección de la planta de Química del Nalón cuyo grado de cumplimiento fue calificado como de “desviaciones muy relevantes” en materia atmosférica. La Administración requirió a la empresa nuevos planes para reducir sus emisiones de monóxido de carbono hasta garantizar el cumplimiento del valor límite de emisión y propuso la apertura del expediente sancionador SANC-2024-4007.
No consta en la documentación pública consultada por NORTES cuál fue el resultado final de aquel expediente. Pontigo tampoco conoce su desenlace y enmarca esa falta de información en una crítica más amplia a la relación de los colectivos ecologistas con las administraciones. “Nosotros todas las presentamos, no nos contestaron ninguna”, asegura al hablar de las denuncias formuladas durante los últimos años.
Las denuncias continúan. Solo en las últimas semanas, la Coordinadora ha hecho públicas nuevas comunicaciones sobre emisiones observadas por vecinos alrededor de Química del Nalón, acompañadas de fotografías. El 30 de septiembre, el mismo día en que Pontigo hablaba con NORTES, aseguraba haber presentado otra denuncia. “Hoy mismo a las dos denunciamos un nuevo episodio de contaminación. Los vecinos están un poco hartos”, explicaba. La existencia de una denuncia o de una emisión visible no permite concluir automáticamente que se haya producido una infracción, pero sí muestra la continuidad de un conflicto que no comenzó con la actual campaña de firmas y que se extiende desde hace años alrededor de la actividad de la coquería.
Una fábrica que también reivindica sus mejoras
Química del Nalón sostiene públicamente un discurso diferente y ha informado durante los últimos años de inversiones dirigidas a renovar instalaciones, mejorar sistemas de captación y reducir emisiones. En 2026, el Principado autorizó además un nuevo tanque de almacenamiento de aceite de lavaje y estableció condiciones específicas para la reconstrucción parcial de los hornos de coque. Las denuncias ecologistas, las mejoras anunciadas por la compañía y la inspección oficial de 2024 forman parte, por tanto, de una misma historia industrial que sigue abierta.

NORTES trasladó a la empresa preguntas sobre sus actuales controles de emisiones, su posición ante la reclamación vecinal de reforzar las mediciones en Ciañu y las inversiones realizadas para reducir el impacto ambiental de la planta. Química del Nalón no respondió antes del cierre de este reportaje. Los promotores de la campaña, en cualquier caso, insisten en que no reclaman el cierre de la instalación. “No se pide ningún cierre ni ninguna eliminación de puestos”, explica Castro, que considera que buena parte de la resistencia que encuentran nace precisamente de interpretar cualquier cuestionamiento ambiental como una amenaza laboral.
Abajo adopta una posición diferente. Considera que existen posibilidades de introducir nuevas mejoras tecnológicas, especialmente en procesos como el apagado del coque, pero plantea además una discusión más amplia sobre qué industrias deben seguir considerándose estratégicas y qué modelo productivo necesitan las cuencas. “¿Por qué queremos que esa empresa disminuya sus emisiones en lugar de cerrar? Ahí ya es otra conversación diferente”, reconoce.
Cuando hablar de contaminación parece hablar de empleo
Uno de los principales obstáculos que describen los vecinos no tiene que ver con la química ni con las estaciones de medición, sino con el trabajo. Durante el verano, cafeterías, peluquerías, sidrerías y particulares colaboraron con la recogida de firmas, y algunas personas llegaron incluso a pedir hojas para conseguir apoyos por su cuenta. Con el paso de las semanas, relata Castro, parte de esa colaboración comenzó a desinflarse después de que algunas personas fueran increpadas y determinados establecimientos prefirieran apartarse de una campaña que otros interpretaban como una amenaza contra el poco empleo industrial que permanece en la zona.
Castro habla de discusiones, insultos y presión social, no de una campaña organizada de amenazas. Él mismo cuenta haber tenido enfrentamientos en establecimientos que frecuenta y resume así uno de los reproches que ha escuchado. “Que vengo hace cuatro días y lo que quiero es cerrar los pocos puestos de trabajo que hay aquí”.
La reacción recuerda inevitablemente a la encontrada por NORTES pocos días antes en Trubia, también alrededor de una actividad industrial contaminante. Allí algunos vecinos explicaban la dificultad de cuestionar una fábrica cuando de ella dependen empleos, familias y una parte de la identidad colectiva del lugar. En Ciañu, Pontigo establece él mismo el paralelismo. “Es un poco lo que hablábamos de Trubia. La gente que ha vivido siempre como que asume que eso es el peaje que tiene que pagar”.
Para el portavoz ecologista, la antigüedad de la instalación juega a favor de esa normalización, porque aquello que lleva décadas formando parte del horizonte puede dejar de percibirse como extraordinario. Castro representa casi la mirada contraria. No creció viendo esa fábrica todos los días y sostiene que, cuando llegó a vivir a la zona, le sorprendieron el polvo, las emisiones y la naturalidad con la que una parte del entorno convivía con ellas.
En las redes sociales de la Coordinadora Ecoloxista aparece además de forma recurrente otro discurso. Las denuncias ambientales reciben comentarios que acusan a los ecologistas de querer cerrar empresas o destruir empleo, aunque no todas las publicaciones sobre Ciañu generan el mismo nivel de hostilidad. Pontigo asegura que algunas alcanzan decenas de miles de visualizaciones y provocan reacciones muy agresivas. “Vais a cerrar todo” es una de las acusaciones que utiliza para resumirlas.

Tres personas y 3.164 firmas
La campaña de Ciañu tampoco encaja exactamente en la imagen de una gran movilización vecinal. Quienes la iniciaron son apenas tres personas. Uno de ellos trabaja y tiene familia, otro es un profesor jubilado con limitaciones físicas y Castro reconoce que buena parte del trabajo cotidiano ha terminado recayendo sobre él. Aun así, aseguran haber conseguido 3.164 firmas, una cifra que introduce una contradicción difícil de ignorar entre la debilidad organizativa del grupo y el número de personas dispuestas a respaldar sus reivindicaciones.
Durante la primavera y el verano organizaron además encuentros sobre contaminación y salud con profesionales sanitarios, científicos y representantes de movimientos ambientales. Su estrategia ha consistido más en proporcionar información y generar conversación que en convocar grandes movilizaciones. Adán Abajo dice haber encontrado en esas reuniones una mezcla de conciencia y resignación. “La sensación que tengo es que son muy conscientes del problema”, explica, aunque al mismo tiempo encuentra personas convencidas de que las instituciones difícilmente atenderán sus reclamaciones. Durante los últimos dos o tres años sí percibe algo más de movilización.
Ciañu no está protagonizando una revuelta ambiental, pero tampoco parece que su contaminación preocupe únicamente a tres personas. Entre ambas realidades quedan esas 3.164 firmas, una estación reclamada junto a una coquería, otra estación situada en Sama, los picos que aparecen entre miles de mediciones, una inspección que detectó “desviaciones muy relevantes” y una fábrica que forma parte desde hace décadas del paisaje económico y sentimental de la cuenca.
La pregunta, como antes en Trubia, no consiste únicamente en cuánto contamina una industria, sino también en cuánto se acostumbra una comunidad a convivir con ella y quién decide cuál es el precio aceptable de esa convivencia.



























