Moros a punto de tomar otra vez España, ahora que no está el Cid; hordas de MENA arrasando barrios y violando mujeres; inmigrantes viviendo a cuerpo de rey con sueldazos arrebatados a nuestros abuelos; ETA sentada en el Consejo de ministros; nubes de okupas quitando a la gente su casa; una dictadura comunista en trámite; España aislada internacionalmente; alta traición del Presidente aleve; corrupción y cloacas rebosando de las alcantarillas del reino. Podría parecer que las derechas esnifaron algo. Rezaron ante la sede del PSOE, rugieron su cólera con banderas, insultaron, degradaron el lenguaje, mintieron, mancillaron las formas, el que pudo hacer hizo. Todo por la retahíla de delirios que enumeramos. Auténticas chorradas. Debieron esnifar algo. Con su impresionante caldera mediática y con las altas instancias judiciales intramuros de la M30 obrando de activistas, nos poblaron la mente de los chirridos de sus berrinches, como si también hubiéramos esnifado algo. Pareciera que el malo de Batman hubiera esparcido el gas alucinógeno que hace ver al vecino como un monstruo de pesadilla. Sin atención para los problemas reales, en el malestar y en el dolor de tantos, prendían esas alucinaciones.
Pero el voto está muy igualado, se formará una mayoría por muy pocos votos. El resultado lo marcará lo que haya pasado dos días antes de las elecciones, en esta montaña rusa de ruidos y cólera. Y en este carrusel, vaya por Dios, se da una derrota incapacitante del Gobierno en un momento de claridad, en el que está sobre la mesa lo que importa. Nada de invasiones de los moros ni del juez Peinado y sus cruzados: su majestad la vivienda.
El caso de Maricarmen, por su extrema impiedad, concentró en un punto el problema cuya infamia tapa lo demás. La vivienda no es tratada como un derecho de humanidad básica y ni siquiera como un negocio. Es ya una extorsión despiadada. Los grandes poseedores de todos los pelajes distorsionan el mercado y extienden su efecto a los pequeños poseedores. Se hizo normal que un piso dé al propietario el sueldo de un trabajo normal, solo poniendo la mano a fin de mes. Casi dos generaciones están sin vivienda y sin autonomía vital. Se alquilan pasillos y trozos inverosímiles de piso. Médicos se van de Mallorca por no poder afrontar la vivienda. En ciudades como la mía, Gijón, ciertas oligarquías sueñan con una ciudad sin habitantes y con solo gente de paso, con un turismo convertido en una plaga bíblica de langosta. Todo esto es gasolina bajo nuestros pies. Es demasiada crueldad, es demasiada degradación que la avaricia de algunos emboce de colesterol al país entero. Lo de Maricarmen se les fue de las manos. Cayó la chispa y la situación se inflamó.
Los grandes poseedores de todos los pelajes distorsionan el mercado y extienden su efecto a los pequeños poseedores.
Ahora se habla de lo que importa, no de invasiones de moros. Se habla del derecho de la mayoría frente a la voracidad inmisericorde de minorías parásitas. Se habla de la intervención del estado en los mercados. No hay mayoría en el parlamento para decisiones serias sobre la vivienda. El Gobierno perdió en un tema que se inflamó y que arde en acampadas y movilizaciones. Es un buen momento para elecciones. Que cada uno nos cuente lo que quiere hacer. Almeida ya condensó la doctrina del PP y de todos los fondos buitres del mundo sobre lo que hay que hacer: nada. Almeida me recuerda a un compañero que tuve en tercero de primaria, llamémoslo López. A los maestros franquistas les gustaba señalar a los burros (ese era el tecnicismo). López no sabía nunca nada. Solo sabia una cosa: cuándo se acentuaban las esdrújulas. Así que Don Carlos, cuando salía el asunto de la acentuación, decía: «¿Y las esdrújulas, López?». López decía muy alto: «tooodaas». Y todos festejábamos el acierto. Así me imagino a Almeida en las atahonas estratégicas del PP.—«¿Y con la vivienda, Almeida?». —«Naaaadaa». Y aplausos. Es el momento para que rehabiliten aquello de Andrea Fabra para los desahuciados: ¡que se jodan!. Sánchez podría presentarse con los decretos derrotados como estrella del programa electoral. Y la izquierda podría lucir esos decretos como galones y añadir lo que quedó fuera. Es un buen momento para que se hable de lo que ocurre y no de moros en la costa.
La cacareada unidad de la izquierda solo puede ser yendo a lo que Ortega y Gasset decía a los argentinos: a las cosas. Pues aquí está la cosa y la gente está movilizada. A las cosas, no a los repartos. Como dijo Rufián, quien pueda unir, que una, y quien no, que se aparte. Hablamos de la vida y de los derechos de la gente. A las derechas les estorba el estado y realidad también la nación, ese espacio donde nos protegemos unos a otros. Las derechas solo quieren nación para excluir, también internamente, y para tener cuerpos armados.
Podemos es la izquierda más reconocible, Sumar es vapor. Pero Podemos no llega a quienes no comparten su ideología y provoca un rechazo amplio en la gente de su ideología. El espacio de Sumar necesita coagularse con el enésimo cambio de nombre y un liderazgo que insinúe concentración. Y que vaya a las cosas. Su meritoria tarea en el gobierno es invisible, porque la tapa la vivienda, y por su estilo: no consiguió ser la voz del malestar, falta hierro, electricidad y autoestima para los propios, desafío, en suma, como decía Víctor Guillot, faltó rock and roll. Rufián y Colau, si podéis hacer, haced. Junts, con un Puigdemont que parece una de esas calcomanías que entraban en los chicles y que se iban decolorando y criando roña en el brazo, sin liderazgo, con Aliança sorbiéndole el tuétano, con el baldón de la compañía de PP y Vox, tendrá un discurso complicado. En Cataluña la cosa pedirá asiento y palomitas. El PP no ofrece más que descalificaciones gruesas y sumisión a Vox. Fuera de eso, lo que dijo Almeida: nada. Ayuso grita que las acampadas preparan la dictadura de Sánchez. Tras el ático y el terror de México, Ayuso parece el zigzag de los globos al deshincharse. El PSOE tiene su oportunidad. Puede situar el debate en cosas reales. Y puede hacer lo que está parando la ola reaccionaria en otros sitios: reafirmación ideológica, claridad, confrontación, programa de pocos puntos punzantes. Por la vivienda y más allá.
Las elecciones tendrían el colorante de las elecciones de EEUU. Trump puede perder las dos cámaras. Habrá detalles. Los hispanos de Texas, que lo apoyaron, desertan en masa al voto demócrata o la abstención. Son más pobres y tienen que esconderse del ICE, dicen. Tomen nota los fachapobres: los fachas trabajan para las oligarquías. Cuando te quiten el médico y la pensión, no te consolará que ataquen a las feministas. Empresarios tejanos se quejan por quedarse sin mano de obra. Tomen nota los que creen que nos invaden. Trump querrá bajar la gasolina y tendrá que abrir el grifo de sus reservas de petróleo, ya en niveles bajos, y de Venezuela. Ph. D. Broughton dice que las piezas apuntan a un desplome del petróleo y que Trump lo acelerará. Explica que un petróleo por debajo de los 60$ arruinará a las refinerías americanas, que si anda por los 40 empezarán otros productores a producir más para paliar las pérdidas y ese aumento de la producción deprimirá más los precios. Dice que Rusia puede entrar en crisis si, cuando pueda exportar su petróleo, está tan bajo (¿queremos en Europa una gran depresión en Rusia?). Arabia aguanta precios bajos, pero produciendo más y puede no tener compradores. China le extiende sus brazos. Un petróleo cuya disponibilidad depende de los bandazos americanos es inseguro. Se disparan las renovables. Todo esto puede estar en los titulares con unas elecciones convocadas ahora. Es un momento de claridad. La atención pública está lo que pasa y no en relatos de ficción y bulos del culo. Es un momento donde las cosas de Ortega son contundentes y condensan el suelo de la izquierda. Es el momento de que los políticos progresistas sean parte de esa condensación y que los resentidos y dolientes no estorben. Los progresistas que pararon el tifón reaccionario lo hicieron con programas de pocos puntos bien elegidos y siempre a las cosas. Así sea, esto arranca. Ya veo el cartel: «¿Y la vivienda, Almeida?».



























